No pasarán…

Los italianos son propensos a incorporar neologismos extranjeros. En la adaptación cinematográfica de Il mio fratello rincorre i dinosauri, salen numerosas alusiones a movimientos estudiantiles adolescentes de izquierdas, saturados de tópicos tomados del Che Guevara —”¡Hasta la victoria!”, suelta uno de los protagonistas en un momento dado— y de la Guerra Civil española. Tras ver la peli (no merece una reseña) me acuerdo de este cartel visto en Nápoles las Navidades pasadas, cuando aún podíamos salir de casa.

Las corrientes de “izquierdas” tienen un don especial para generar marcas, iconos y eslóganes de éxito. Paradójicamente siguen las mismas técnicas con que la sociedad de consumo burguesa se promociona. De ahí que esos movimientos, supuestamente revolucionarios, sean solo simples promociones de logos y lemas a escala mundial que a nadie inquietan realmente; y que sus estrategias de marketing respondan a las de las grandes multinacionales como Coca-Cola, Nike o Apple.

Es algo efectivo y decepcionante al mismo tiempo. Pero considerado desde otro punto de vista tranquiliza mucho saber que idolillos como el Che Guevara hayan sido reducidos a una camiseta de diseño y que frasecillas del estilo “No pasaran” sean simples lemas para encabezar carteles que ganarían un concurso de diseño pero no la batalla de las ideas. Donde no hay mata no hay patata.

No. No pasarán.

¡Se stenten, coño!

“Traduttore, traditore”, dicen los italianos. “Traduttore, risatore”, digo yo abbastanza libremente, sobre todo cuando te topas con joyitas como esta nota de un área de servicio italiana. Es divertido comprobar cómo más allá de la errata (piénsese en el teniente coronel Tejero) el traductor logra plasmar con dos formas verbales —un imperativo contundente seguido de una forma impersonal— el fuerte carácter español. Solo le falta el taco final.

Traducir no es nada fácil. Un idioma es, sobre todo, la expresión de un modo colectivo de pensar y de entender el mundo. Primero somos como somos y, después, buscamos las palabras, los sonidos y las construcciones para expresarnos. Por algo decía Unamuno que “la sangre de mi espíritu es mi lengua” y por algo aprender un nuevo idioma es más bien asimilar una cultura nueva. De ahí que sea tan difícil para un adulto: más allá de las dificultades de educar la pronunciación o de memorizar vocabulario (que se dan, claro) lo que se requiere es una apertura de mente hacia otros modos de ser y una capacidad de absorción que se pierde con los años. Si no se está atento, el traductor fácilmente se convierte en traidor.

La befana me ha traído un blog

En España el carbón y/o los caramelos me lo traían los Reyes Magos. En Italia, donde no son muy monárquicos, se encarga de estos menesteres una bruja: La Befana. Qué personaje éste el de la befana. Una vieja pelleja, bruja entera, fea de arriba abajo y antipática a rabiar que lleva dulces a los niños del país de la grande belleza, del arte, de la moda y de la Sofía Loren…

Curioso.

Tan curioso como el hecho de que me haya traído un blog. ¿A quién se le ocurre regalar un blog en plena efervescencia de la comunicación instantánea, de la impresión breve y del slogan efectivo? ¡Abuela: que lo que se lleva ahora son las redes sociales! Pero, ¿¿¿un blog??? ¡Qué cosa más viejuna! Casi tanto como la Befana. Me diréis que ya no se estila. Sí. Ya sé que no se estila y que es como ponerse para cenar jazmines en el ojal.

Pero el caso es que la Befana me ha traído un blog, en vez de caramelos o carbón. Y me pregunto si no será una forma de premiar y castigar al mismo tiempo: un caramelo carbonizado o un carbón dulce. Pero esto no podré saberlo hasta que avancemos con esto. Vamos a darle una salida digna.

Se admiten sugerencias y consejos.