Día del padre

Hoy es san José, padre putativo (qué palabra más fea) de Jesús. De ahí que en tantas naciones de tradición cristiana se celebre hoy el día del padre. El mío nació hace ya unos cuantos años, en 1935, vísperas de la Guerra Civil española. Su infancia la transcurrió entre las ruinas de un país destrozado, que volvía a levantarse desde cero: recuerda el hambre del internado madrileño en que estudió, procedente de un pueblito de Extremadura; los paseos en grupo y enfilados por la Casa de Campo, con su dosis de emoción añadida por las bombas que, según decían, aún se encontraban perdidas por allá; el frío que pasaban viendo las películas en blanco y negro que de los domingos y aquella galleta que les daban como extraordinario.

Luego vino la universidad, su doctorado, la boda con mi madre, sus estancias de investigación en el extranjero, su vuelta a España, el nacimiento de sus hijos, de sus nietos… Recuerdos sin nada en particular ni de extraordinario. Una vida con sus dificultades habituales, con momentos alegres y otros tristes, siempre vividos con serenidad y, eso sí, con mucha fe en Dios y en la Virgen.

De aquellos años duros nunca le hemos oído palabras de rencor o de odio y, sorprendentemente para los hijos de la Logse, los pasó feliz y contento aun con todas las penurias vividas. Eran gente de otra pasta, de otro temple. Disponían de mucho menos bienestar material, pero poseían un bienestar humano y espiritual mucho más grande.

Hoy celebra un nuevo día del padre, en el declinar de su vida. Y lo hace en unas circunstancias nacionales similares a las que vivió: un país colapsando institucional y económicamente, bajo el mando de una izquierda incitando a la división y al enfrentamiento —qué lamentable la cacerolada contra el Rey de ayer—, sin duda para tapar su irresponsabilidad en esta crisis y su ineptitud para gestionarla. Delenda est Estado del bienestar!

Listas

¿No os ha pasado nunca que tenéis tantas cosas de las que hablar que no consigues hablar de ninguna? Pues eso me está pasando hoy… Como estoy en dique seco, es tarde y quiero irme ya a dormir, hago una lista de asuntos pendientes de los que debería hablar próximamente y evitar el coronatema:

-Reseña de la película 1917.
-Reseña de la película Historia de un matrimonio.
-Reseña del libro Los cuarenta días de Musa Dagh, de Franz Werfel.
-Reseña del libro Diplomático en el Madrid Rojo, de Félix Schlayer.
-Reseña del libro Al este del Edén, de John Steinbeck.
-Mis reflexiones sobre los escándalos recientes de Juan Carlos I, símbolo realísimo del auge y caída del sistema democrático español (a ver cómo lo hago).
-Impresiones sobre la santa Margarita del pintor Anibale Carracci, en la iglesia de santa Caterina dei Funari.
-Curiosidad en torno a Scorpo, el Michael Schummacher de las cuádrigas en Roma.
-De cómo he llegado a concluir que los hombres se dividen entre aquellos a los que les gusta la fruta escarchada y aquellos a los que no.
-Despotricar del libro de Paul J. Zak, The trust factor, del que me han pedido una reseña para la revista de la facultad y me ha parecido laxante e hilarante, a partes iguales.
De porqué la frasecilla “es mucho más lo que recibes que lo que das” explica porque los jóvenes hacen tan poco voluntariado, tan mal y tan inconstante.
-Hablar de mis vecinos del barrio.
-Contar chascarrillos de mi tesis en teología. (Que da para mucho)
-Hacer profecías sobre la nueva era que inauguramos, just nowdays.

Santa Corona

Cosas sorprendentes que le llegan a uno. Mi hermana María me pone sobre la pista de santa Estefanía, una virgen mártir oriental del siglo IV, venerada especialmente en Osimo, Italia, en cuya catedral reposan sus reliquias. Se le da culto con san Víctor, un soldado romano también mártir. La hagiografía cuenta que estando Víctor en el suplicio, se le acercó Estefanía, una joven de 17 años, para confortarle en un momento de flaqueza. Indignado con el gesto de la muchacha, el juez la llamó a sí para interrogarla y, al declarar ésta que era cristiana y que nada deseaba más en este mundo que morir también por la fe cristiana, el magistrado accedió gustoso. Y como era un animal de bellota, la hizo atar de brazos y piernas a un par de palmeras, dobladas a la fuerza. Cuando los verdugos soltaron los árboles, éstos se enderezaron violentamente y…, bueno, el resultado os lo podéis imaginar.

En esta web se cuentan más detalles de la vida, muerte y veneración posterior de santa Estefanía, cuyo nombre en griego significa “coronada”, de ahí que en occidente pasara a ser conocida como santa Corona. Aunque sus restos se encuentran en Italia, tiene reliquias repartidas por muchos santuarios de Europa. Uno de los más concurridos es el de Weschel, Austria.

Lo que me ha dejado de piedra, y lo que justifica esta entrada, es saber que en estos días muchos alemanes y austriacos acuden a ella porque el Lexicon germano de los santos le atribuye una especial intercesión ante el Altísimo en momentos de pestes y epidemias (también para los negocios y las loterías, ojo).

No encuentro la misteriosa conexión entre la vida y muerte de la santa con su capacidad de frenar los virus pero, por si acaso, De virus coronae, libera nos, sancta Corona!

Insolvencia

Se dice que la sociedad del siglo XXI es la sociedad del conocimiento. Manuel Castells, sociólogo y ministro de Universidades del Gobierno de España, es uno de los grandes expertos en este campo. Él mismo ha acuñado el término “sociedad red” para referirse a la circunstancia de que todos vivimos conectados gracias a los medios de comunicación (en un sentido amplio), que permiten la expansión de un conocimiento compartido. Y parece que es así: disponemos de más herramientas que nunca para convertirnos en ciudadanos de criterio, informados y serenos. Y sin embargo, ¡cuánta desorientación y confusión se esta generando estos días! Sobre todo, ¡cuánto pánico!

El pánico es un terror que nace, precisamente, de la incertidumbre y de la desinformación generadas por parte de quien debería ser una fuente solvente y fiable. En España, esta fuente son sus autoridades, principalmente el Gobierno que preside Pedro Sánchez. Pero cualquiera que esté siguiendo el curso de los acontecimientos allá —yo lo hago desde Italia— se habrá percatado de que la Moncloa está ocupada por personas sin cualificación técnica, humana, intelectual y moral para gestionar una crisis de estas dimensiones. Desde que estalló este drama del coronavirus no dan un palo al agua: informan, contrainforman, desinforman, te zarandean con eslóganes vacuos, te crispan, te ponen de los nervios, donde dijeron digo dicen ahora Diego…

Un rector de una universidad española, en un reciente mensaje a su comunidad universitaria, decía que en momentos como los que estamos viviendo cada uno manifiesta la calidad de la pasta con que está hecho… Al que da todo lo que puede de sí no se le puede exigir que dé más de lo que es capaz o, como mucho, que se retire y que dé paso a otra persona más capacitada, sobre todo si la gravedad de las circunstancias lo reclama… En fin, lo digo claro por si no se pilla la indirecta: Sánchez debe dar un paso atrás e irse. Ahora. El Rey, con la aprobación de una mayoría parlamentaria suficiente, debe nombrar un comisario plenipotenciario que tome las riendas de la situación y mande todo lo que tenga que mandar hasta que la situación se encarrile. Luego, que se convoquen elecciones y que cada cual premie o castigue a quien se lo merezca. Pero hay que hacerlo ahora mismo. Es exactamente una cuestión de vida o muerte para todos los españoles.

Fin del mundo

Tendría su gracia que después de haber imaginado el fin del mundo, durante siglos, como una cadena consecutiva de terremotos, explosiones, tsunamis, tempestades desatadas, hambres feroces y ataques de seres monstruosos éste se produjera lentamente, poco a poco, por un virus microscópico, silencioso y tenaz. Que nos extinguiéranos a suaves barridos, como en un tramonto de la humanidad…

Si así ocurriera, Romano Guardini podría confirmar esa ironía tan propia de nuestro Señor en su modo de actuar…, un quiebro futbolístico genial, una rotura antológica de cintura a todos los hombres. Tras levantar un edificio imponente de progreso, tecnología, bienestar y seguridad, equipado para resistir a todas las fuerzas de la naturaleza en danza, a meteoritos e invasiones alienígenas, a guerras termonucleares de todo tipo carcomido en sus entrañas por un gusanillo miserable.

Y, cómo no, cuadraría con aquello del “no sabéis ni el día ni la hora”, precisamente por no haber sabido adivinar el “cómo”. Pero, claro, entonces ya lo habría adivinado alguien (yo) y, por tanto, tocaría volver a la casilla de salida… Coronavirus, coronavirus…

Estará ella

Lo que se ve es el hospital más famoso de Roma, el “Santo Spirito”. La historia de su fundación nos retrotrae hasta el año 727 cuando se inauguró un albergue —hoy diríamos “visitors center”— para atender los romeros que iban a rezar ante el apóstol san Pedro. En 1198 se convirtió propiamente en hospital y, en 1473, el papa Sixto IV ordenó construir el gran palazzo que hoy vemos, espacioso y agradable para los enfermos que acogería. Quizá porque la Iglesia era la gran fuerza asistencial no hace mucho tiempo, el edificio se asemeja a un templo por fuera, y lo mismo por dentro: una larguísima nave vitriada interrumpida a mitad por un campanario octogonal, lleno de estatuillas de santos y frescos con escenas religiosas. Debajo de él, en 1547, se instaló un órgano cuya música alcanzaba hasta las camas más extremas. Se creía, como de hecho está demostrado, que la música ejercía un influjo positivo sobre el espíritu humano, lo cual ayudaba a la recuperación del enfermo o, también, a preparar su alma a comparecer ante el Altísimo.

En aquel momento, el hospital estaba administrado por una de esas innumerables órdenes religiosas que han surgido y surgen aún en la Iglesia con el fin de atender enfermos, especialmente aquellos repudiados y carentes de medios. El santoral está repleto de campeones de la caridad, muchos de ellos muertos en el cuidado de los demás. Hoy, nuestro sistema europeo de seguridad social ha reemplazado en gran parte a la Iglesia en estas tareas, en parte porque el Estado la ha ido echando a escobazos apropiándose de sus hospitales. Pero la Iglesia continúa prestando este servicio, entre otras cosas, porque no puede dejar de hacerlo. Si algo tiene esta institución —guste o no— es que siempre la encuentras allá donde se la necesita, que suele ser donde nadie quiere ir. Tiene como un “defecto de fábrica” que la lleva a generar continuamente iniciativas de atención a los demás, de suscitar gente que se anima a recoger el guante de su Fundador, el cual dijo una cosa así como que había que amarse los unos a los otros como Él nos había amado.

Total, la imagen la tomé con el móvil el domingo pasado. Como este edificio ya no se usa como hospital sino como sala de congresos y eventos varios, los andamios que se ven me llevaron a pensar en broma que igual, por culpa de la crisis del coronavirus, se estaba acondicionando para volver a su función original. Porque, considerémoslo un momento, ¿qué ocurriría si colapsara nuestra fabulosa seguridad social? Es algo que algunos expertos alertan que ocurrirá, por la imposibilidad de tratar a todos los enfermos a causa de la rapidez con que se expande el bicho, que se lleva al 15% de los infectados a la UCI. Si esto sucediera, si el estado fuera incapaz de atender a sus ciudadanos, si la pandemia terminara por rebasarnos a todos como un tsunami feroz, ¿quién estará entonces ahí para cuidarnos? ¿Los políticos? ¿El Ibex 35? ¿Los medios de comunicación? ¿Los famosos con sus pancartas?

Pues eso.

Jiménez Lozano

Por pura casualidad la muerte de José Jiménez Lozano me ha pillado leyendo el que será uno de sus libros más desconocidos: Meditación española sobre la libertad religiosa. No pertenece a su producción literaria, la más aclamada, sino que se trata de una obra extraña y particularísima: un ensayo breve que escribió de sopetón, al final del Concilio Vaticano II, cuyas impresiones personales volcó en El Norte de Castilla que estaba dirigido entonces por Miguel Delibes. Vaya par. El libro es como un desahogo personal ante las dificultades que encontró en España la aprobación del decreto Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, y le da vueltas a la estrecha relación que hemos tenido los españoles con la defensa de la fe católica y a nuestro (antiguo) celo evangelizador.

Di con este ensayito por pura casualidad, sondeando bibliografía para la tesis. No sé si le daré mucho juego pero desde luego ofrece reflexiones muy jugosas, con las que se podrá estar o no de acuerdo, pero que no dejan indiferente. Recojo aquí algunas de las citas que he tomado:

“Desde la escuela llevamos bien metida en la cabeza y en el corazón la identificación de nuestra Patria con el catolicismo y un irreprimible orgullo de ser españoles y católicos, incluso de no poder ser otra cosa. La idea, en suma, de una especie de catolicismo biológico, así como la idea de la total fusión entre Iglesia y Estado”. (p. 59)

“Sin embargo, ¿cómo llegar de repente a la convicción y vividura [sic] de la libertad o del amor a los hebreos o a los protestantes, cuando faltan esa experiencia pacífica del pluralismo religioso e ideológico y esa convivencia directa y fraternal con el judío o el protestante de carne y hueso y sobra el terrible recuerdo de su viejo fantasma? Por eso es quizá demasiado lo que se pide a los católicos tradicionales españoles y solamente su gran amor a la Iglesia puede arrancarles la generosidad de la aceptación de lo que se les pide”. (p. 104)

“Es verdad que hoy no existe la Inquisición y a nadie se le va a encarcelar por representar el espíritu conciliar. Pero está esa otra Inquisición, no menos terrible, que coloca los nuevos sambenitos de los motes religioso-políticos, de manera que, para muchas mentes estrechas y gentes no avisadas, la etiqueta de católico conciliar partidario de la reforma litúrgica y el entendimiento con protestantes y judíos, o de la libertad religiosa y el Estado no confesional, por ejemplo, equivale a la condición de “católico progresista” en connivencia con todas las fuerzas del mal históricamente adversas a nuestra casta de “cristianos viejos” y a nuestra Patria. Terrible tribunal éste de la buena fe y la conciencia e inteligencia mal formadas que nos abrasa en la hoguera de la incomprensión”. (p. 109)

Algo en lo que pensar estos días de confinamiento forzoso.

Confinado

Algunos sugieren que este blog dé cuenta diaria de cómo se vive en Roma la crisis del coronavirus, especialmente ahora que las autoridades nos confinan en casa. Pero, ¿qué voy a contar? ¿Que la ciudad está mustia, sumida en un silencio irreconocible? ¿Que los pocos que nos cruzamos por las calles, muertas para los turistas, nos miramos con esa complicidad extraña de disculpa por estar cometiendo un pequeño delito? ¿Que la ansiedad que genera la situación te anula el ánimo para ponerte a hacer descripciones del entorno? It’s very difficult todo esto.

La atención de cada uno se centra en responder a las mismas preguntas: ¿Servirán las medidas? ¿Estamos realmente protegidos? ¿Colapsará la economía? ¿Hasta cuándo estaremos así? Chi lo sa. Más puñeteras e insidiosas son las pequeñas incógnitas del día a día, que te llevan a vivir timorato y en alerta y que te minan poco a poco la moral: ¿habrá pillado el bicho este que a mi lado acaba de estornudar? ¿Me lo habrá traspasado? ¿Podré ir a trabajar mañana? Si lo pillo, ¿podrán atenderme en un hospital? Y luego los rumores y los fake, y esos chistecitos sobre el coronavirus que antes reenviabas con profusión por whatsapp y que de pronto dejan de hacerte gracia…

Se impone un poco de serenidad y de higiene mental para no estar todo el día pensando en esto. También se impone cierta reflexión sobre nuestro modo de vida actual, tan hecho a ciertos estándares de seguridad, de bienestar económico y de confort y que creíamos caídos de la nada, eternos. El bichito está agitando el punto de apoyo de nuestra sociedad capitalista y autosuficiente y nos brinda la oportunidad de pensar cosas interesantes y descubrir, entre otras cosas, que somos criaturas, que somos contingentes, que esto pasa y que lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, ¿sobre la mar o sobre el mar? Que no somos tan guays, que son muy pocas las cosas que necesitamos y de todas ellas, en realidad, solo “Una” basta.

Stolperstein

Significa algo así como “piedra puesta en el camino que puede hacer tropezar al caminante”, y como no tenemos en castellano ningún término para condensar este larguísimo concepto utilizamos el original alemán —stolperstein— que, además, es profundamente onomatopéyico y con solo pronunciarlo ya te golpea y te para en seco. Esa es su función, precisamente: un punto para detenerse y recordar a quienes murieron en los campos de exterminio nazis. Aparecieron a comienzos de los noventa, de la mano del artista alemán Gunter Demnig, como recuerdo y homenaje a los cerca de mil gitanos de Colonia asesinados por los nazis. Una plaquita de latón, junto a la puerta de las casas desde las que salieron al matadero, recuerda sus nombres y las fechas de nacimiento y de muerte. Al poco tiempo, lógicamente, comenzaron también a colocarse stolpersteine en honor a las víctimas judías.

Roma, por desgracia, cuenta también con una larga retahíla de estas tristes “piedras”. Como vivo junto al ghetto judío me tropiezo yo mismo con varias de ellas en mis recorridos romanos. Y si lo cuento hoy es porque ayer descubrí, a pie de un portal en Via dei Portico di Ottavia diecisiete plaquitas reunidas, doce de ellas pertenecientes a una sola familia: los Sabatello. El mayor de sus miembros, Giovanni, tenía 55 años y la menor, Liana, no llegaba al año de edad. Por los datos que uno puede leer (nombre, fechas de nacimiento y de muerte y lugar de ejecución) y por la disposición de los stolpersteine deduzco que se trataba de un matrimonio formado por Abramo Sabatello y Celeste Tagliacozzo, ambos de 51 años de edad. A la izquierda de Abramo está Giovanni Sabatello, que debía ser su hermano. Debajo aparecen los ocho nombres de los, imagino, hijos de Abramo y Celeste: Graziella (27 años), Italia (25), Emma (24), Erica (22), Leticia (20), y Leone (16), el único varón. Junto a ellos, pero en una fila inmediatamente inferior aparecen tres nombres más: Enrica Tagliacozzo (21 años) y Celeste Alba Sabatello (3 años) y la bebé Liana Ornella Sabatello. Supongo que la primera sería hermana de la cabeza de familia y, las chiquitinas, sus nietas. Todos murieron el 23 de octubre de 1943, en Auschwitz, una semana después de la deportación forzosa de 1.023 judíos romanos. Bueno, no todos porque entre los únicos dieciséis sobrevivientes se encontraba Leone. Escalofriante.

La semana pasada fue noticia la apertura a los investigadores de los archivos del pontificado de Pío XII y ésta ha vuelto a sacar a la luz el debate de la supuesta complicidad de este papa con el régimen nazi. Ahora se podrán clarificar posturas y juzgar a la luz de los documentos el verdadero rostro del pontífice, tan vilipendiado. De todas las stolpersteine que nos encontramos en este caminar que es vivir, ninguna otra como la verdad, esa que nos hace libres, también de nuestros prejuicios. Claro que hay que tener la humildad de querer tropezar con ella.