Confinado

Algunos sugieren que este blog dé cuenta diaria de cómo se vive en Roma la crisis del coronavirus, especialmente ahora que las autoridades nos confinan en casa. Pero, ¿qué voy a contar? ¿Que la ciudad está mustia, sumida en un silencio irreconocible? ¿Que los pocos que nos cruzamos por las calles, muertas para los turistas, nos miramos con esa complicidad extraña de disculpa por estar cometiendo un pequeño delito? ¿Que la ansiedad que genera la situación te anula el ánimo para ponerte a hacer descripciones del entorno? It’s very difficult todo esto.

La atención de cada uno se centra en responder a las mismas preguntas: ¿Servirán las medidas? ¿Estamos realmente protegidos? ¿Colapsará la economía? ¿Hasta cuándo estaremos así? Chi lo sa. Más puñeteras e insidiosas son las pequeñas incógnitas del día a día, que te llevan a vivir timorato y en alerta y que te minan poco a poco la moral: ¿habrá pillado el bicho este que a mi lado acaba de estornudar? ¿Me lo habrá traspasado? ¿Podré ir a trabajar mañana? Si lo pillo, ¿podrán atenderme en un hospital? Y luego los rumores y los fake, y esos chistecitos sobre el coronavirus que antes reenviabas con profusión por whatsapp y que de pronto dejan de hacerte gracia…

Se impone un poco de serenidad y de higiene mental para no estar todo el día pensando en esto. También se impone cierta reflexión sobre nuestro modo de vida actual, tan hecho a ciertos estándares de seguridad, de bienestar económico y de confort y que creíamos caídos de la nada, eternos. El bichito está agitando el punto de apoyo de nuestra sociedad capitalista y autosuficiente y nos brinda la oportunidad de pensar cosas interesantes y descubrir, entre otras cosas, que somos criaturas, que somos contingentes, que esto pasa y que lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, ¿sobre la mar o sobre el mar? Que no somos tan guays, que son muy pocas las cosas que necesitamos y de todas ellas, en realidad, solo “Una” basta.

Stolperstein

Significa algo así como “piedra puesta en el camino que puede hacer tropezar al caminante”, y como no tenemos en castellano ningún término para condensar este larguísimo concepto utilizamos el original alemán —stolperstein— que, además, es profundamente onomatopéyico y con solo pronunciarlo ya te golpea y te para en seco. Esa es su función, precisamente: un punto para detenerse y recordar a quienes murieron en los campos de exterminio nazis. Aparecieron a comienzos de los noventa, de la mano del artista alemán Gunter Demnig, como recuerdo y homenaje a los cerca de mil gitanos de Colonia asesinados por los nazis. Una plaquita de latón, junto a la puerta de las casas desde las que salieron al matadero, recuerda sus nombres y las fechas de nacimiento y de muerte. Al poco tiempo, lógicamente, comenzaron también a colocarse stolpersteine en honor a las víctimas judías.

Roma, por desgracia, cuenta también con una larga retahíla de estas tristes “piedras”. Como vivo junto al ghetto judío me tropiezo yo mismo con varias de ellas en mis recorridos romanos. Y si lo cuento hoy es porque ayer descubrí, a pie de un portal en Via dei Portico di Ottavia diecisiete plaquitas reunidas, doce de ellas pertenecientes a una sola familia: los Sabatello. El mayor de sus miembros, Giovanni, tenía 55 años y la menor, Liana, no llegaba al año de edad. Por los datos que uno puede leer (nombre, fechas de nacimiento y de muerte y lugar de ejecución) y por la disposición de los stolpersteine deduzco que se trataba de un matrimonio formado por Abramo Sabatello y Celeste Tagliacozzo, ambos de 51 años de edad. A la izquierda de Abramo está Giovanni Sabatello, que debía ser su hermano. Debajo aparecen los ocho nombres de los, imagino, hijos de Abramo y Celeste: Graziella (27 años), Italia (25), Emma (24), Erica (22), Leticia (20), y Leone (16), el único varón. Junto a ellos, pero en una fila inmediatamente inferior aparecen tres nombres más: Enrica Tagliacozzo (21 años) y Celeste Alba Sabatello (3 años) y la bebé Liana Ornella Sabatello. Supongo que la primera sería hermana de la cabeza de familia y, las chiquitinas, sus nietas. Todos murieron el 23 de octubre de 1943, en Auschwitz, una semana después de la deportación forzosa de 1.023 judíos romanos. Bueno, no todos porque entre los únicos dieciséis sobrevivientes se encontraba Leone. Escalofriante.

La semana pasada fue noticia la apertura a los investigadores de los archivos del pontificado de Pío XII y ésta ha vuelto a sacar a la luz el debate de la supuesta complicidad de este papa con el régimen nazi. Ahora se podrán clarificar posturas y juzgar a la luz de los documentos el verdadero rostro del pontífice, tan vilipendiado. De todas las stolpersteine que nos encontramos en este caminar que es vivir, ninguna otra como la verdad, esa que nos hace libres, también de nuestros prejuicios. Claro que hay que tener la humildad de querer tropezar con ella.

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Nihil novum sub sole…

Había preparado ayer otra entrada para hoy pero al caer en la cuenta de que es 29 de febrero y que la próxima vez que publique algo en un día así será, Dios mediante, en 2024, pensé que la ocasión merecía algo especial.

Mientras le daba al bolo para dar con ese “algo” diferente me vino la curiosidad de saber cómo íbamos por acá de Coronavirus y me llevé un susto al nivel del dato, mondo y lirondo y orondo: ochocientos ochenta y ocho infectados ya. Suma y sigue. Al poco de digerir la cifra me llamaron para confirmarme lo que ya temía: se suspende una actividad para la cual venía trabajando todo el año y a la que acuden universitarios de todo el mundo. Una faena gorda. Se me cortaron las ganas de escribir y me retiré a mis aposentos.

Acostado repaso mentalmente el sacco de memes e imágenes divertidas o curiosas sobre el bicho de marras que me han llegado hoy por buasap. Una de ellas es la que ilustra esta entrada, que pertenece a un cómic publicado en 2017. El cabreo me empuja a hacer el primer spoiler de mi vida: Coronavirus no gana.

A la expectativa

El coronavirus sigue su lenta pero progresiva escalada italiana. De momento no termina de extenderse por la península y se concentra en el norte del país. En Roma estamos a la expectativa pero la impresión es de absoluta normalidad. Los turistas danzan por las calles, los negocios están abiertos, la gente sale a trabajar… Pero se palpa la incertidumbre y el temor: se acercan las vacaciones de Semana Santa, que es uno de los momentos fuertes del año para quienes viven del turismo. Sobre todo, uno percibe que ha caído el buen humor callejero, tan característico en Roma.

Pero, en fin, ante la falta de alegría en el ambiente el humor se hace presente por otras vías, especialmente digitales. Los grupos del WhatsApp me bullen con barzellete de todo tipo. Y es justo en este punto donde veo congeniar mi alma española con el carácter italiano y verme de pronto como en casa, precisamente, por nuestra capacidad de reírnos ante la calamidad y ver el lado cómico de los reveses.

Coronavirus

Y de pronto irrumpe el coronavirus alla grande en el norte de Italia. Anteayer eran 60 los contagiados; ayer, 132. ¿Hoy? De momento dicen que son más de 160 los infectados y 4 los muertos. Se trata, no lo olvidemos, de un virus con un índice medio-bajo de mortalidad. Pero las autoridades toman medidas urgentes: pueblos enteros en cuarentena, cancelación de macroeventos como el carnaval de Venecia, cierre de colegios, etc., etc. La diócesis de Milán y el patriarcado de Venecia han suspendido las misas públicas hasta nuevo aviso. En las farmacias se agotan las mascarillas y los geles desinfectantes. La gente se lanza a los supermercados a hacer acopio de alimentos por si han de encerrarse en casa. No hay pánico por el momento pero sí mucha inquietud.

Desde Roma se siguen las noticias con expectación. Todos sabemos que es cuestión de días que termine llegando acá. Hay mucho ruido mediático y confusión de datos. ¿Qué hacer? ¿Qué sucederá? De pronto caemos en la cuenta de que somos simples criaturas. 

Italia se está muriendo”, llega a decir un titular que me pasan. Pico y pincho pero…, no habla del coronavirus sino de algo mucho más preocupante, ante lo cual se pasa de puntillas: la pandemia de la baja natalidad. El año pasado hubo 647.000 defunciones en Italia frente a 435.000 nacimientos. No nos encontramos, desde luego, ante una crisis tan urgente y mediática pero sí de una mucho más importante y necesitada de soluciones.

Villa Livia

El Palazzo Massimo de Roma es una de las muchas sedes del Museo Nazionale Romano, dedicado al arte de los etruscos y del imperio. Ahí, en un espacio a medida, se exponen unos frescos del 30 a.C. —unos años más, unos años menos— traídos de la Villa de Livia Drusa, la tercera mujer del emperador Augusto.

Hasta ese lugar, situado al norte de Roma en la vía Flaminia, huía de la canícula veraniega de la ciudad la que fue la primera de las familias imperiales romanas. En 1863, y en el transcurso de unas excavaciones, se descubrió una estancia subterránea recubierta de estas pinturas. Reproducen un jardín exhuberante, con todo tipo de árboles y plantas que empiezan a agitarse por efecto de los primeros compases de una tempestad, cuya aproximación se intuye. Tanto entonces como ahora estos frescos sorprenden por su excelente conservación y por su asombroso realismo naturalístico. Los estudiosos del arte lo visitan maravillados por la calidad de las pinturas, la refinada técnica y la riqueza de su contenido: se han identificado 23 especies vegetales y 69 de aves. El Museo ha tenido el acierto de intentar recrear el ambiente que se respiraría en su ubicación original.

Como se ha dicho ya, estas pinturas se encontraban en un semisótano sin iluminación natural por lo que se piensa que decoraban una habitación de recreo, ideal para pasar las tardes de verano por su frescura. La representación de un espacio abierto y vegetal reforzaría el efecto. Pero además, clausurada como estaría a los oídos indiscretos, estimularía las confidencias de Augusto con su camarilla. Entre sus miembros se encontraría sin duda la misma Julia, una mujer fascinante por su inteligencia y su olfato político, cualidades que apreció mucho su marido, necesitado de afianzar su estrenada condición de emperador.

Por esto mismo, lo que más impresiona de esta sala, más allá de su valor artístico, es pensar en el número incontable de conversaciones decisivas para la república, primero, y para el imperio, después, que se habrá tenido a la sombra de esta arboleda pintada; qué secretos de estado se habrán perdido entre el susurrar de sus ramas, cuántas estrategias, condenas, decisiones de guerra, traiciones, dramas, esperanzas, celebraciones, alegrías, lloros e iras piarían las aves que revolotean por sus paredes y que, de alguna manera misteriosa, impregnan esos muros ya no hechos solo de yeso sino sobre todo de historia.

Impresiona, sobre todo, poner la mirada en los mismos detalles que vieron los ojos pensativos y conspiradores de Augusto, hace ya más de dos mil años. Y sentir el vértigo de imaginar que mientras ambos perdíamos la vista tras los pétalos de una flor naciente o en el picoteo de un pichón, uno proyectaba los pilares del mayor imperio habido jamás y otro, en cambio, solo lograba a pergeñar estas tontas reflexiones.

La grande bellezza

Ayer la vi bajar por via di Porta di San Pancrazio, detenerse alelada un instante y subir los peldaños de ladrillo de la grada junto al muro del Liceo Español como si fuera a hacer una travesura. La intención se le adivinaba de lejos, mucho antes incluso de que sacara el móvil y tomara una panorámica del tramonto romano desparramándose por la ciudad. Nada especial, desde luego. Un turista más de los miles que invaden de continuo Roma, sacando la enésima fotografía del día. Pero es que entonces vi también ese graffiti, precisamente ese graffiti, que señalaba lo que desde ese punto se contemplaba: la grande bellezza. Qué lástima que llegara tarde a capturar ese instante de máxima concentración que antecede al disparo tembloroso de una foto; a ese punto en el que la cámara, a golpe de ‘clic’, insuflaría —es un suponer— una pizca de grande bellezza en la memoria de un celular lleno —es otro suponer— de imágenes insípidas y banales. Y pensé que llegaría un momento —a lo mejor hoy mismo o dentro de unos días o de unos meses o de unos años— en que aquella señora repasaría las fotos de su móvil y que se pararía ante esa para rememorar, con añoranza y emoción, a esta Roma, excesiva y eterna.

Y qué curioso que ahora mismo, escribiendo estas líneas, piense que yo también —a lo mejor hoy mismo o dentro de unos días o de unos meses o de unos años— revisaré las fotos del teléfono y daré con la mía y recordaré a la señora, su móvil, el graffiti y la sorpresa que me produjo todo el conjunto. Y me acordaré también del tiempo tan valioso que se me fue pensando en estas cosas. Un tiempo que no volverá tras irse a ninguna parte en el torbellino de una novela imaginaria y disparatada en el que una anciana turista y un sinsorgo miran, dentro de un tiempo pero en el mismo instante, las fotos que tomaron una tarde soleada de febrero en el Trastévere. Y pensarán cada uno en el otro. Él, en la mujer junto al graffiti y, ella, en cómo la atención se le fue hacia un señor un poco gordito que, sin saber por qué, le retrataba un tanto sofocado cuando, insatisfecha, se disponía a borrar —hubiera sido un error mayúsculo— esta foto de grande bellezza que acababa de tomar.

Gallineros

Hará ya casi un mes que una noche, sin previo aviso, vino alguien del ayuntamiento con un carrete gigante de malla plástica naranja, cortó de ella un trozo y bloqueó el tráfico rodado en la calle donde vivo. Luego puso un farolillo de luz intermitente, recogió los bártulos y se fue sin dar explicaciones a nadie.

A la mañana siguiente los vecinos anduvimos atentos por si aparecía algún oficial o peón al que poder preguntar qué se iba a reparar (todo parecía en orden) y cuánto tiempo permanecería cortada la calle, que es bastante estrecha y da acceso a un par de garajes. Pero pasó ese día y no se presentó nadie. Luego pasó otro y luego otro, y otro, y otro… Al cabo de una semana, de noche y con total alevosía, un vecino desmontó el tinglado y lo arrojó contra una esquina. Desde entonces han corrido ya un buen puñado de días, nadie ha vuelto a montar la malla y seguimos sin saber por qué apareció.

Entre medias a tanta intriga, leo en el suplemento local del Corriere que Roma sufre una invasión de pollai o gallineros, que así es como llaman acá, en tono de guasa, a estas redes naranjas. Y la sufre porque al ayuntamiento se le acumulan los desperfectos urbanos, sin que sean reparados. La culpa, al parecer, es la burocracia. Al principio todo parece ir bien: el ciudadano llama para denunciar un bache en la acera, un árbol caído, o una cornisa que se resquebraja. Para curarse en salud, el ayuntamiento envía en seguida a un funcionario a precintar la zona y evitar que nadie, en caso de accidente, les denuncie por no haber advertido del peligro. El problema viene luego, cuando el siguiente paso —la reparación— choca contra una maquinaria municipal que hace complicadísimo determinar qué departamento debe responsabilizarse de los arreglos y qué organismo debe cargar con los gastos. De modo que los procesos se atascan, enmohecen y mueren.

El resultado es que Roma, poco a poco, se va cubriendo de estos lienzos de plástico naranja. Hay ya algunos que los identifican como un elemento más del paisaje urbano de esta ciudad milenaria, ajada, sucia, rota y, a pesar de todo, bella como ninguna otra.

Sigrid en Via Frattina

Hasta ayer desconocía que la escritora noruega Sigrid Undset, premio Nobel de Literatura en 1928, había vivido en Roma. Lo hizo en dos momentos diferentes. La primera entre 1909 y 1910 y, la segunda, entre 1912 y 1913. Y lo he sabido porque ayer, cuando me dirigía junto a un amigo hacia Villa Borghese, cruzando Via Frattina, me encontré por casualidad con una placa que señala il palazzo donde se alojó. Me ha hecho una ilusión especial pues dos de sus novelas —Cristina, hija de Lavrans y Olav Aundunssön— me impresionaron enormemente cuando las leí, hace un par de años. Por eso tomé la foto, tras esperar unos instantes a que la señora —que tanto se parece a Undset, por cierto, hasta el punto que podría tratarse de ella misma o de su fantasma—, se metiera dentro. Pero nada. Así queda mejor.

Luego, una vez en casa, intrigado, quise saber más de las estancias de Undset en Roma. La primera de ellas duró nueve meses, de diciembre de 1909 a septiembre de 1910, y fue posible gracias a una beca de estudios para conocer el arte italiano. Ella tenía 27 años y empezaba a hacer realidad su sueño de convertirse en escritora. Para lograrlo había recorrido un camino lleno de obstáculos, como renunciar a los estudios: la mala economía familiar —acababa de morir su padre— la obligó a trabajar desde los 16 años. También supe que en Roma conoció al pintor noruego Anders Castus Svarstad con el que se casó tres años más tarde, poco antes de volver, por segunda vez, a la capital italiana. Aquí nació el primer hijo de ambos (Anders ya había tenido otros tres de un anterior matrimonio fallido). Ya de vuelta en Noruega, vinieron dos hijos más, uno de ellos retrasado profundo. Ella siguió escribiendo mientras se ocupaba exclusivamente de los seis chiquillos porque Anders, mujeriego e inestable de carácter, se desentendió de ellos (y de ella). Otra espina fue aceptar el divorcio tras una década de sufriente convivencia.

Para entonces, estamos hablando de 1925, curtida por las asperezas de la vida, no temió las consecuencias dolorosas que le acarrearía su conversión al catolicismo, como fueron el desprecio y el ostracismo de sus conciudadanos noruegos. Lo curioso es que no despertera en Roma a la fe católica, sino en su Noruega natal, luterana y fría, tras una fuerte crisis de fe (¿mejor decir de ateísmo?) durante la I Guerra Mundial. Quizá fue así por aquello de Roma veduta, fede perduta. Como ella no tenía entonces fede alguna que perder, tampoco experimentó ninguna inquietud religiosa.

Lo que me parece interesante resaltar es que la vida de Undset no fue un camino de rosas. Las pasó, como se dice, canutas, siempre con mil contratiempos. Esto explicaría en buena medida de dónde procede el temple y la sólida personalidad de los personajes de sus novelas: solo tuvo que tomarla prestada del cajón de sus recuerdos y experiencias. Por alguna razón se dice aquello de que nadie da de lo que no tiene, ¿no? Pues eso.

Buscando a Bmo

Bmo es un lorito azurro de cuello blanco y cabeza negra que acaba de fugarse de casa sin avisar. Su dueño lo busca desesperado por todo el centro de Roma y ha llenado de cartelitos con su foto los alrededores del Panteón de Agripa, que es donde desapareció. No ofrece recompensa alguna pero sí bastantes datos interesantes sobre Bmo, para reconocerlo en caso de encontrarse con él. Por ejemplo, obedece a los silbidos, cualidad que debe ser muy notable pues se destaca por duplicado. También se dice que es un “compagnone”, o sea, un “colegazo”, sociable y cariñoso. Si te encuentra, muy probablemente se te acercará amigable. No en vano, a este tipo de pájaros los llaman lovebirds o inseparables. Por algo será.

Total, esperemos que aparezca pronto y que no caiga bajo los picos de las aves invasoras de Roma, especialmente agresivas y voraces con otras especies. Cada minuto que pasa disiminuyen las posibilidades de supervivencia para Bmo. Vamos, Bmo, no seas tonto y vuelve a casa.