Fin del mundo

Tendría su gracia que después de haber imaginado el fin del mundo, durante siglos, como una cadena consecutiva de terremotos, explosiones, tsunamis, tempestades desatadas, hambres feroces y ataques de seres monstruosos éste se produjera lentamente, poco a poco, por un virus microscópico, silencioso y tenaz. Que nos extinguiéranos a suaves barridos, como en un tramonto de la humanidad…

Si así ocurriera, Romano Guardini podría confirmar esa ironía tan propia de nuestro Señor en su modo de actuar…, un quiebro futbolístico genial, una rotura antológica de cintura a todos los hombres. Tras levantar un edificio imponente de progreso, tecnología, bienestar y seguridad, equipado para resistir a todas las fuerzas de la naturaleza en danza, a meteoritos e invasiones alienígenas, a guerras termonucleares de todo tipo carcomido en sus entrañas por un gusanillo miserable.

Y, cómo no, cuadraría con aquello del “no sabéis ni el día ni la hora”, precisamente por no haber sabido adivinar el “cómo”. Pero, claro, entonces ya lo habría adivinado alguien (yo) y, por tanto, tocaría volver a la casilla de salida… Coronavirus, coronavirus…

Estará ella

Lo que se ve es el hospital más famoso de Roma, el “Santo Spirito”. La historia de su fundación nos retrotrae hasta el año 727 cuando se inauguró un albergue —hoy diríamos “visitors center”— para atender los romeros que iban a rezar ante el apóstol san Pedro. En 1198 se convirtió propiamente en hospital y, en 1473, el papa Sixto IV ordenó construir el gran palazzo que hoy vemos, espacioso y agradable para los enfermos que acogería. Quizá porque la Iglesia era la gran fuerza asistencial no hace mucho tiempo, el edificio se asemeja a un templo por fuera, y lo mismo por dentro: una larguísima nave vitriada interrumpida a mitad por un campanario octogonal, lleno de estatuillas de santos y frescos con escenas religiosas. Debajo de él, en 1547, se instaló un órgano cuya música alcanzaba hasta las camas más extremas. Se creía, como de hecho está demostrado, que la música ejercía un influjo positivo sobre el espíritu humano, lo cual ayudaba a la recuperación del enfermo o, también, a preparar su alma a comparecer ante el Altísimo.

En aquel momento, el hospital estaba administrado por una de esas innumerables órdenes religiosas que han surgido y surgen aún en la Iglesia con el fin de atender enfermos, especialmente aquellos repudiados y carentes de medios. El santoral está repleto de campeones de la caridad, muchos de ellos muertos en el cuidado de los demás. Hoy, nuestro sistema europeo de seguridad social ha reemplazado en gran parte a la Iglesia en estas tareas, en parte porque el Estado la ha ido echando a escobazos apropiándose de sus hospitales. Pero la Iglesia continúa prestando este servicio, entre otras cosas, porque no puede dejar de hacerlo. Si algo tiene esta institución —guste o no— es que siempre la encuentras allá donde se la necesita, que suele ser donde nadie quiere ir. Tiene como un “defecto de fábrica” que la lleva a generar continuamente iniciativas de atención a los demás, de suscitar gente que se anima a recoger el guante de su Fundador, el cual dijo una cosa así como que había que amarse los unos a los otros como Él nos había amado.

Total, la imagen la tomé con el móvil el domingo pasado. Como este edificio ya no se usa como hospital sino como sala de congresos y eventos varios, los andamios que se ven me llevaron a pensar en broma que igual, por culpa de la crisis del coronavirus, se estaba acondicionando para volver a su función original. Porque, considerémoslo un momento, ¿qué ocurriría si colapsara nuestra fabulosa seguridad social? Es algo que algunos expertos alertan que ocurrirá, por la imposibilidad de tratar a todos los enfermos a causa de la rapidez con que se expande el bicho, que se lleva al 15% de los infectados a la UCI. Si esto sucediera, si el estado fuera incapaz de atender a sus ciudadanos, si la pandemia terminara por rebasarnos a todos como un tsunami feroz, ¿quién estará entonces ahí para cuidarnos? ¿Los políticos? ¿El Ibex 35? ¿Los medios de comunicación? ¿Los famosos con sus pancartas?

Pues eso.

Jiménez Lozano

Por pura casualidad la muerte de José Jiménez Lozano me ha pillado leyendo el que será uno de sus libros más desconocidos: Meditación española sobre la libertad religiosa. No pertenece a su producción literaria, la más aclamada, sino que se trata de una obra extraña y particularísima: un ensayo breve que escribió de sopetón, al final del Concilio Vaticano II, cuyas impresiones personales volcó en El Norte de Castilla que estaba dirigido entonces por Miguel Delibes. Vaya par. El libro es como un desahogo personal ante las dificultades que encontró en España la aprobación del decreto Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, y le da vueltas a la estrecha relación que hemos tenido los españoles con la defensa de la fe católica y a nuestro (antiguo) celo evangelizador.

Di con este ensayito por pura casualidad, sondeando bibliografía para la tesis. No sé si le daré mucho juego pero desde luego ofrece reflexiones muy jugosas, con las que se podrá estar o no de acuerdo, pero que no dejan indiferente. Recojo aquí algunas de las citas que he tomado:

“Desde la escuela llevamos bien metida en la cabeza y en el corazón la identificación de nuestra Patria con el catolicismo y un irreprimible orgullo de ser españoles y católicos, incluso de no poder ser otra cosa. La idea, en suma, de una especie de catolicismo biológico, así como la idea de la total fusión entre Iglesia y Estado”. (p. 59)

“Sin embargo, ¿cómo llegar de repente a la convicción y vividura [sic] de la libertad o del amor a los hebreos o a los protestantes, cuando faltan esa experiencia pacífica del pluralismo religioso e ideológico y esa convivencia directa y fraternal con el judío o el protestante de carne y hueso y sobra el terrible recuerdo de su viejo fantasma? Por eso es quizá demasiado lo que se pide a los católicos tradicionales españoles y solamente su gran amor a la Iglesia puede arrancarles la generosidad de la aceptación de lo que se les pide”. (p. 104)

“Es verdad que hoy no existe la Inquisición y a nadie se le va a encarcelar por representar el espíritu conciliar. Pero está esa otra Inquisición, no menos terrible, que coloca los nuevos sambenitos de los motes religioso-políticos, de manera que, para muchas mentes estrechas y gentes no avisadas, la etiqueta de católico conciliar partidario de la reforma litúrgica y el entendimiento con protestantes y judíos, o de la libertad religiosa y el Estado no confesional, por ejemplo, equivale a la condición de “católico progresista” en connivencia con todas las fuerzas del mal históricamente adversas a nuestra casta de “cristianos viejos” y a nuestra Patria. Terrible tribunal éste de la buena fe y la conciencia e inteligencia mal formadas que nos abrasa en la hoguera de la incomprensión”. (p. 109)

Algo en lo que pensar estos días de confinamiento forzoso.

Confinado

Algunos sugieren que este blog dé cuenta diaria de cómo se vive en Roma la crisis del coronavirus, especialmente ahora que las autoridades nos confinan en casa. Pero, ¿qué voy a contar? ¿Que la ciudad está mustia, sumida en un silencio irreconocible? ¿Que los pocos que nos cruzamos por las calles, muertas para los turistas, nos miramos con esa complicidad extraña de disculpa por estar cometiendo un pequeño delito? ¿Que la ansiedad que genera la situación te anula el ánimo para ponerte a hacer descripciones del entorno? It’s very difficult todo esto.

La atención de cada uno se centra en responder a las mismas preguntas: ¿Servirán las medidas? ¿Estamos realmente protegidos? ¿Colapsará la economía? ¿Hasta cuándo estaremos así? Chi lo sa. Más puñeteras e insidiosas son las pequeñas incógnitas del día a día, que te llevan a vivir timorato y en alerta y que te minan poco a poco la moral: ¿habrá pillado el bicho este que a mi lado acaba de estornudar? ¿Me lo habrá traspasado? ¿Podré ir a trabajar mañana? Si lo pillo, ¿podrán atenderme en un hospital? Y luego los rumores y los fake, y esos chistecitos sobre el coronavirus que antes reenviabas con profusión por whatsapp y que de pronto dejan de hacerte gracia…

Se impone un poco de serenidad y de higiene mental para no estar todo el día pensando en esto. También se impone cierta reflexión sobre nuestro modo de vida actual, tan hecho a ciertos estándares de seguridad, de bienestar económico y de confort y que creíamos caídos de la nada, eternos. El bichito está agitando el punto de apoyo de nuestra sociedad capitalista y autosuficiente y nos brinda la oportunidad de pensar cosas interesantes y descubrir, entre otras cosas, que somos criaturas, que somos contingentes, que esto pasa y que lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, ¿sobre la mar o sobre el mar? Que no somos tan guays, que son muy pocas las cosas que necesitamos y de todas ellas, en realidad, solo “Una” basta.

Día de la mujer

La foto es de 1965 y fue tomada en un laboratorio de microbiología de la Universidad de Madison, Wisconsin. La chica que se ve, unos meses atrás, había llegado a Estados Unidos tras acabar sus estudios en medicina en la Universidad de Navarra y tras casarse con otro médico recién doctorado con una tesis sobre la brucela.

Entre esa foto y el día de hoy, 8 de marzo de 2020, median una tesis doctoral, más estancias investigadores en universidades fuera de España, varias publicaciones y participaciones en congresos, docencia e investigación universitarias, la dirección del departamento de microbiología del hospital público de Navarra (la primera mujer que dirigió un gran departamento de ese centro) y el empeño por sacar adelante otros tantos proyectos. Todo lo hizo sin quejarse, sin reclamar ningún trato de favor, sin enarbolar ninguna bandera partidista. Sabía que era mujer, sabía que no eran tiempos fáciles para abrirse profesionalmente y sabía que si algo alcanzaba en el terreno profesional se debería a méritos propios.

Hoy todos estos logros profesionales le salen por una friolera y de lo único que se siente realmente orgullosa es de todas las horas que ha dedicado a cocinar, cambiar pañales, limpiar, fregar y esas otras mil tareas domésticas inagotables que implica traer al mundo diez hijos; y dedicarles luego otras mil atenciones para educarlos y lanzarlos a los cuatro vientos con sus títulos universitarios bajo el brazo. Todo, insisto, lo hizo sin una sola ayuda pública, ahogada por la falta de dinero y tragándose a escondidas tantas lágrimas que luego volvían a aflorar en —¡oh, sorpresa!— paz, muchas risas y alegría, que ése es el gran regalo que Dios da a quien gasta la vida en aquello que en verdad vale la pena.

Ps. No hace falta decir que la chica de la foto contó con el apoyo de un marido que se implicó con igual generosidad. Pero, ¿existe un día internacional del hombre para rendirle homenaje?

Liderazgo

Tras un mes sin mentar la bicha, esta semana la revista 7 del Corriere vuelve a sacar en portada uno de sus temas favoritos: el (no) miedo. Ya no se trata de un temor a algo concreto, contante y sonante. Ahora los editores suben las apuestas y nos presentan a alguien que, simplemente, no tiene miedo. Punto pelota. Si fuera de Bilbao no necesitaría más explicaciones pero resulta que es de Moscú. Y que se llama Olga y que tiene 18 años y que, aquí es donde empezamos a ver la luz, es una activista contra Putin y su gobierno.

En una ocasión estudiaron el cerebro del alpinista Alex Honnold, famoso por haber conseguido escalar la pared del Gran Capitán sin ninguna protección, o sea, en la modalidad solo integral. Fue realizado por la Universidad de Carolina del Sur y las pruebas a las que le sometieron confirmaron lo que todos sospechaban: Honnold carece ese instinto universal de protección que nos pone en alerta ante las situaciones de peligro. Él nunca se bloquea ni se pone mínimamente nervioso, por lo que mantiene siempre los nervios de acero en los momentos más arriesgados de sus escaladas. Aquí se ofrecen más detalles.

A mí me parece que Honnold es un temerario, pero reconozco que en lo suyo hay algo noble que despierta mi admiración. En cambio, ante lo de Olga percibo un algo postizo y exagerado: una adolescente rusa —para mí desconocida hasta ahora— idolatrada por el stablishment burgués acomodado de occidente porque una vez se sentó frente a la policía en una manifestación antiPutin, se sacó una foto y las redes la catapultaron al gretismo, la neoreligión occidental. Ya digo: se viene cierto tufillo raro detrás de esta promoción artificial de niños activistas, nietos del sorismo.

No sé. Me aburren estos jóvenes convertidos en referentes morales de ideas de pastaflora. Son el paradigma de un liderazgo convencional y previsible, de un liderazgo teledirigido. Me entusiasman, en cambio, el liderazgo oculto pero transformador de esos otros jóvenes que llevan una vida normal preocupándose de los más cercanos, cumpliendo sus deberes y preparándose para ser útiles a la sociedad aportando su creatividad. Esos jóvenes que viven sin miedo a ir contra la corriente de las modas, de lo políticamente correcto y de los referentes vacíos. Ese no miedo que tanto miedo provoca y que por eso nunca saldrá en una portada de ningún semanario de ningún diario de masas.

Fatalidad

Romano Prodi fue un primer ministro italiano de carrera tan brillante como fugaz, algo que viene siendo habitual en la política de este país (lo de la fugacidad). En 1996 ganó las elecciones siendo líder de una nueva coalición de centro izquierda, heredera del sector socialdemócrata de la Democracia Cristiana, que se llamaba El Olivo. Esta victoria se debió en gran medida a la inteligente gestión de la campaña electoral, dirigida por Roberto Grandi, profesor especialista en comunicación de la Universidad Bolonia.

El Gobierno de Prodi, en inestable minoría, duró solo dos años. Fue reemplazado por Massimo D’Alema y dio el salto a la política europea para presidir la Comisión Europea desde 1999 hasta 2004. Por su parte, Grandi volvió a las aulas. A partir de aquí, cual continuó su camino.

El pasado fin de semana el destino volvió a unirlos, pero esta vez de un modo trágico, irremediable y permanente. En una de esas fatalidades del destino, un bisnieto del ex primer ministro italiano, de solo 19 años, fue atropellado mortalmente por Grandi, en un accidente tonto de circulación, una especie de accidente colateral del coronavirus: al cerrarse los liceos de Bolonia por la alerta sanitaria, el joven estaba aprovechando la ocasión para salir en bicicleta.

El ragazzo se llamaba Matteo. Dios lo tenga en su gloria. La vida a veces te la juega bien jugada.

Coronavirus

Y de pronto irrumpe el coronavirus alla grande en el norte de Italia. Anteayer eran 60 los contagiados; ayer, 132. ¿Hoy? De momento dicen que son más de 160 los infectados y 4 los muertos. Se trata, no lo olvidemos, de un virus con un índice medio-bajo de mortalidad. Pero las autoridades toman medidas urgentes: pueblos enteros en cuarentena, cancelación de macroeventos como el carnaval de Venecia, cierre de colegios, etc., etc. La diócesis de Milán y el patriarcado de Venecia han suspendido las misas públicas hasta nuevo aviso. En las farmacias se agotan las mascarillas y los geles desinfectantes. La gente se lanza a los supermercados a hacer acopio de alimentos por si han de encerrarse en casa. No hay pánico por el momento pero sí mucha inquietud.

Desde Roma se siguen las noticias con expectación. Todos sabemos que es cuestión de días que termine llegando acá. Hay mucho ruido mediático y confusión de datos. ¿Qué hacer? ¿Qué sucederá? De pronto caemos en la cuenta de que somos simples criaturas. 

Italia se está muriendo”, llega a decir un titular que me pasan. Pico y pincho pero…, no habla del coronavirus sino de algo mucho más preocupante, ante lo cual se pasa de puntillas: la pandemia de la baja natalidad. El año pasado hubo 647.000 defunciones en Italia frente a 435.000 nacimientos. No nos encontramos, desde luego, ante una crisis tan urgente y mediática pero sí de una mucho más importante y necesitada de soluciones.

Separar

Muchos periodistas reclaman una estricta separación entre la dimensión empresarial de los medios para los que trabajan de lo que constituye propiamente el oficio periodístico. Es algo loable, desde luego. La tarea de servir a la sociedad proporcionando información útil y verdadera no debe estar supeditada por el rédito económico de la empresa editora. Redacción y Junta de accionistas responden, según afirman, a dos esferas diferentes que no deben inmiscuirse una en los asuntos de la otra.

El planteamiento es tan bonito y deseable como difícil de aplicar estrictamente. A fin de cuentas el periodista no solo trabaja para cambiar la sociedad y darnos un mundo mejor, sino también, no nos engañemos, para tener un sueldo con que pagar el traje que le cubre, la mansión que habita, el pan que le alimenta y el lecho donde yace. Claro está que tampoco es un mercenario que deba venderse al mejor postor. Pero el sentido común y la humildad de llamar al pan, pan y al vino, vino saben encontrar el punto de equilibrio para que la “cosa” tire.

Me pregunto si podríamos trasladar esta reflexión al ámbito especialmente espinoso en España de la separación Iglesia y Estado. Si sería posible que los mandatarios reconocieran que el Estado no puede ignorar la condición religiosa de sus ciudadanos ni el servicio que presta la Iglesia, desinteresadamente casi siempre, a la sociedad. Y, cómo no, para recordar asimismo a la jerarquía que fue el propio Cristo quien quiso dejarnos bien claro —precisamente ante un político, Pilatos— que su Reino no es de este mundo. 

Idea(l) de Universidad

Lo que natura no da, e-campus no presta.

Dice el cardenal Newman en su ensayo La idea de la universidad: “Declaro ante ustedes, caballeros, que si tuviera que escoger entre una presunta Universidad que prescindiera de la residencia y de la supervisión tutorial y diera sus títulos a cualquier persona que aprobase un examen sobre un amplio arco de asignaturas, y una Universidad que no tuviera en absoluto profesores o exámenes, sino que simplemente reuniera a un grupo de jóvenes durante 3-4 años y luego los despidiera, como se dice que ha venido haciendo la Universidad de Oxford desde hace unos 60 años, (…). Si tengo que decidir cuál logra educar, modelar y ensanchar mejor la mente; cuál forma hombres más preparados para sus obligaciones mundanas, cuál produce mejores hombres públicos, hombres del mundo, hombres cuyos nombres pasaran a la posteridad, no vacilaría en dar preferencia a este modelo de Universidad sobre la que exige de sus miembros una familiaridad con absolutamente todas las ciencias”.

Educación vs e-learning. Convivencia culta vs dispersión superficial. Newman vs Cristiano Ronaldo.