Poca suerte

No estoy teniendo mucha suerte con mis lecturas de la cuarentena. No sé si es porque no he escogido bien los libros o porque la actualidad me tiene enervado, especialmente ahora que se pone en evidencia la ineptitud del Gobierno español. El caso es que no logro conectar con los libros. La crisis me pilló con todos ellos recién comenzados y quizá se me ha cerrado el “estómago” por culpa del trauma inicial: es retomar su lectura y asociarlos inmediatamente a nefastas sensaciones.

Los “desgraciados” son Historia de Roma de Indro Montanelli (totalmente atascado); Diplomático en el Madrid rojo (incapaz de digerir más traumas nacionales en estos momentos); Jonathan Strange y el Señor Norrell (me está resultando un ladrillaco tedioso, un Harry Potter para adultos aburridos); Tor, la montaña maldita (me lo vendieron como el A sangre fría del Truman Capote español y más bien es el a sangre (re)frita.

Les voy a dar veinticuatro horas más. Si no, a galeras a remar. Y a por otra cosa, mariposa.

Nada nuevo bajo el sol

Ha caído en mis manos el libro “Diplomático en el Madrid rojo”. El tal diplomático es Félix Schlayer, cónsul de Noruega en Madrid, al que la Guerra Civil le sorprendió en la capital española y con su jefe, el embajador, ausente del país. De la noche a la mañana se vio al frente de la  Sus páginas testimonian la brutal violencia que se desató en la zona republicana al inicio de la contienda y profundiza en las causas que empujaron a esta guerra fratricida. Llevo leídas una pequeña parte de sus recuerdos, pero ya en la introducción me engancha una anécdota que me lleva a comprender, un poco más, en las razones de porqué la izquierda populista que gobierna ahora España tiene tantos adeptos.

Para empezar, narraré un corto episodio que, a modo de «flash», revela algo de la tradicional sabiduría vital de la mayor parte de pueblo español. Hace de esto treinta y cinco años [1905]. En un día caluroso llegaba yo a Sevilla, capital de Andalucía, en tren («tren botijo») a primeras horas de la tarde. Esta era, entonces, una ciudad de escasa circulación. La estación estaba fuera de la ciudad, como a un kilómetro de distancia. No se veía un vehículo, ni tampoco aparecía ningún mozo de cuerda. Me di una vuelta, buscando por los alrededores de la estación; tumbado a la sombra de un árbol, descubrí, tendido todo lo largo que era, en la acera, a un pacífico durmiente. La gorra que llevaba delataba su condición de mozo de equipajes, ahora le servía para protegerle la cara del sol. Le toqué con el pie; entonces, cargado de sueño, movió la «gorra de servicio» lo suficiente como para mirarme, con un ojo, por debajo de la misma. Impresionado por la falta manifiesta de impulso activo de aquel hombre, me decidí a tentar su ambición: «te doy tres pesetas si me llevas la maleta a la ciudad». Venía a ser esto el cuádruple de la tarifa corriente. Respuesta: «esta semana ya me he ganado dos pesetas; hoy no hago nada más». Una vez dicho esto, se volvió a tapar los ojos con la gorra y siguió durmiendo.
¿Cómo hacerse con un pueblo así, al que «no hacer nada» le parece más tentador, que el bienestar adquirido mediante el trabajo? Presentándole, como señuelo, el «vivir bien» emparejado con el «no hacer nada». Tal era la consigna tentadora con la que, con habilidad, el comunismo seducía a la masa inculta, carente hasta el presente de ambiciones y hecha ya a la mezquindad de su vida, empujándola a actuaciones fanáticas con un seguimiento ciego: «quitadles todo a los que lo tienen y así podréis ser tan gandules y vivir tan bien como ellos ahora».

Buzzati

El jueves terminé los Sesenta Relatos de Dino Buzzati. Y así como tengo claro qué cinco no me gustaron mucho (seguramente no los entendí) no sé, en cambio, cuál de los cincuenta y cinco restantes me ha entusiasmado más. Solo estoy seguro de que esos me atraparon, cada uno a su manera, por diferentes ángulos, y que me proporcionaron esa sensación tan rica de sorpresa continua, de no querer parar una vez iniciado uno, de burbujeo ansioso por leer otro, y otro, y otro… Ya hemos hablado por aquí de un par de ellos: El platillo se posó y La peste automovilística. ¡Se podría hablar tanto de los restantes!

¿Qué tienen los cuentos de Buzzati de especial? Yo diría que maneja una fórmula muy personal en la que vuelca una imaginación prodigiosa sobre unas historias siempre asombrosas. Eso por un lado, están armadas en torno a los eternos problemas de la existencia humana y el sentido de la vida, con grandes cargas de profundidad, dejándolas abiertas para que cada uno las continue en su cabeza y saque sus propias consecuencias. Por último, escribe con un lenguaje desnudo de todo ornato superficial, con un estilo directo y sencillo. La naturalidad con que fluyen de los diálogos de los personajes, por ejemplo, es asombrosa. Total, con cada cuento de Buzzati pasas un rato entretenidísimo, te regala un par de ideas para rumiar y todo en un plis plas, sin que te des cuenta, llevándote a volandas. ¿Qué más se puede pedir?

Un dato interesante, y que tiene mucho que ver con el estilo de su narrativa, es que Buzzati era periodista. De hecho, él siempre se consideró “plumilla” antes que literato y, como hombre inquieto, se sumergió con pasión en los grandes debates culturales y filosóficos del mundo que le tocó vivir. Aunque huía de etiquetas, se le sitúa cercano al surrealismo y al existencialismo. Su novela más conocida es El desierto de los tártaros, una historia un tanto opresiva y sin esperanza, escrita en sus años de juventud, y que revela a un Buzzati ateo y pesimista. Sus cuentos, escritos mucho más tarde, comparten con esa novela el gusto por lo onírico y lo fantasioso aunque Dios y la fe está presente trasfondo en muchas ocasiones, así como la necesidad de una trascendencia. ¿Fue un autor creyente o ateo? Es uno de los debates que aún fluctúan en torno al literato. Yo no tengo una respuesta, pero me costaría mucho trabajo afirmar que no creyese, no al menos en sus últimos años. Su biógrafa, Lucia Bellaspiga, recuerda cómo, a punto de morir, el 28 de enero de 1972, el último beso que el autor quiso dar en vida no fue para su esposa sino para un crucifijo. Un gesto elocuente, en cualquier caso.

La peste automovilística

Por esas casualidades divertidas de la vida me topé ayer con un relato de Dino Buzzati que reproduzco abajo. Viene como anillo al dedo para amenizar esta crisis del coronavirus que a todos nos va volviendo locos, o tontos. Ojalá lo disfrutéis tanto como yo y lleguéis a conclusiones interesantes. Se titula La peste automovilística y forma parte de la colección de relatos breves que estoy ya acabando, muy a mi pesar porque me tiene atrapado desde el principio. Espero publicar pronto por acá una reseña. Dicho esto:

Una mañana de septiembre, en el garaje Iride de la calle Mendoza —casualmente yo estaba allí— entró un coche gris de marca exótica y forma inusitada, con una matrícula extranjera que no se había visto nunca.

El dueño, el viejo mecánico jefe (Celada, gran amigo mío), los otros obreros y yo mismo, estábamos dentro de la oficina. Pero por un ventanal se veía el gran espacio del garaje.

Del coche se bajó un señor cuarentón, rubio, elegantísimo, algo encorvado, que miró a su alrededor con preocupación. No había apagado el motor, que funcionaba al ralentí. Pese a todo, éste hacía un ruido extraño, un chirrido seco, como si los cilindros moliesen piedras.

Vi que Celada se ponía pálido.

—Virgen Santa —murmuró—. Es la peste. Como en México. La recuerdo muy bien.

Luego salió al encuentro del desconocido, que era extranjero y no entendía ni una palabra de italiano. Pero al mecánico le bastó hacer unos cuantos gestos para explicarse, tan ansioso estaba de que el otro se largara. Y el forastero se largó, acompañado de aquel ruido horroroso.

—Qué huevos tienes —le dijo el dueño del garaje al mecánico jefe cuando volvió a la oficina. Todos conocíamos demasiado bien, por haberlos oído cientos de veces, los inverosímiles relatos de Celada, que de joven había hecho las Américas.

El otro no se dio por aludido.

—Ya veréis, ya veréis —dijo—. Esto se pone feo para todos.

Que yo sepa, ésa fue la primera escaramuza del flagelo, la tímida campanada que preludia el toque de difuntos.

Pasaron tres semanas antes de que apareciese otro síntoma. Se trataba de un ambiguo bando del ayuntamiento: para evitar «abusos e irregularidades» se habían formado unas escuadras especiales de policías de tráfico y municipales —decía el comunicado— para comprobar, también en los domicilios y las cocheras, la eficacia de los vehículos públicos y privados y, en su caso, ordenar el inmediato «aislamiento preventivo». Con esos términos tan vagos era imposible adivinar cuáles eran las verdaderas intenciones, por lo que la gente no prestó mucha atención. ¿Cómo iban a sospechar que en realidad esos «inspectores» eran sepultureros especializados en epidemias?

Pasaron un par de días más antes de que cundiese la alarma. Luego, con rapidez fulminante, el rumor, por inverosímil que fuera, se propagó de un extremo a otro de la ciudad: había llegado la peste de los automóviles.

Sobre los síntomas y las manifestaciones del misterioso mal se oyeron opiniones para todos los gustos. Decían que la infección daba la cara con una resonancia cavernosa del motor, como si estuviera acatarrado. Luego las juntas se hinchaban con deformidades monstruosas, las superficies se cubrían de incrustaciones amarillas y fétidas, y, finalmente, el bloque del motor se deshacía en un amasijo de ejes, bielas y engranajes rotos.

En cuanto al contagio, decían que se producía a través de los gases de escape, por lo que los automovilistas comenzaron a evitar las carreteras con tráfico; el centro quedó casi desierto y el silencio, antes tan anhelado, se instaló en él como una pesadilla. Oh alegres bocinas, oh ruidosos escapes de los tiempos felices…

La mayoría de los garajes también fueron abandonados por la promiscuidad que comportaban. Los que no tenían un garaje privado preferían dejar el coche en los lugares más solitarios, como los prados de las afueras. Y, al otro lado del hipódromo, el cielo enrojeció con las hogueras de los coches muertos de peste y amontonados para ser quemados en un gran recinto que la gente bautizó como lazareto.

Como era de prever, se cometieron los peores excesos: robos y saqueos de coches sin vigilancia; denuncias anónimas de autos que en realidad estaban sanos pero que por si acaso, ante la duda, eran retirados y quemados; abusos de los «enterradores» encargados del control y los secuestros; inconsciencia delictiva de quienes, a sabiendas de que su coche estaba infectado, seguían circulando y sembrando el contagio; vehículos sospechosos quemados vivos (se oían a distancia sus gritos atroces).

Al principio, en realidad, el pánico fue mayor que el daño. Se calcula que en el primer mes, de los 200.000 automóviles de nuestra provincia, los que sucumbieron a la peste no llegaron a 5000. Después vino algo parecido a una tregua, pero fue peor porque, con la ilusión de que el flagelo casi había terminado, muchos autos volvieron a circular y se multiplicaron las ocasiones de contagio.

Y la enfermedad se reactivó con furia exacerbada. El espectáculo de los coches fulminados por la peste en plena calle acabó siendo normal. El suave zumbido del motor de repente se encrespaba y se resquebrajaba, haciéndose añicos en un estrépito frenético de hierros. Después de varios estremecimientos el vehículo se detenía, chatarra humeante y maldita. Pero aún más horrible era la agonía del camión, cuyas potentes vísceras oponían una resistencia desesperada. Lúgubres crujidos y chasquidos salían entonces de esos monstruos, hasta que una especie de aullido sibilante anunciaba el ignominioso final.

Por aquel entonces yo era chófer de una viuda rica, la marquesa Rosanna Finamore, que vivía con una sobrina en una vieja mansión de su familia. Me encontraba muy a gusto. El sueldo no se podía decir que fuera magnífico, pero, a cambio, el trabajo era muy suave: pocas salidas por el día, casi ninguna por la noche, y el mantenimiento del coche. Se trataba de un gran Rolls-Royce negro, ya veterano pero de aspecto enormemente aristocrático. Estaba orgulloso de él. Por la calle, hasta los deportivos más potentes perdían su arrogancia habitual cuando aparecía aquel sarcófago de sangre azul pasado de moda. El motor, a pesar de su edad, era un milagro. En suma, yo lo quería más que si fuese mío.

De modo que la epidemia a mí también me quitó el sueño. Se decía, es verdad, que los autos de gran cilindrada eran prácticamente inmunes. Pero ¿cómo podía estar seguro? Siguiendo mis consejos, la marquesa dejó de salir de día, cuando el contagio era más fácil, y limitó el uso del coche a unas pocas salidas después de cenar, para ir a conciertos, conferencias o visitas.

Una noche de finales de octubre, en el auge de la peste, regresábamos a casa en nuestro Rolls-Royce, después de una de esas reuniones donde las señoras de cierta edad intercambian tres o cuatro frases para olvidar el rigor de los tiempos, cuando de pronto, justo al entrar en la plaza Bismarck, percibí en el zumbido armonioso del motor un breve carraspeo, un áspero chirrido que duró una fracción de segundo. Se lo comenté a la marquesa.

—No he oído nada —me dijo—. Tranquilo, Giovanni, no hagas caso, este viejo cacharro no le teme a nada.

Pero antes de llegar a casa se repitió dos veces más el siniestro crujido, o atoramiento, o frotamiento, no sabría describirlo, llenándome de ansiedad. Una vez aparcada en el pequeño garaje, me quedé un buen rato contemplando la noble máquina, aparentemente dormida. Hasta que unos gemidos indescriptibles procedentes del capó, pese a que el motor llevaba apagado desde hacía un buen rato, me confirmaron lo peor.

¿Qué hacer? Para saber a qué atenerme decidí ir a ver al viejo mecánico Celada que, aparte de su experiencia mexicana, decía que conocía un mejunje especial de aceites minerales con el que se lograban curaciones prodigiosas. Aunque era más de medianoche, llamé por teléfono al bar donde solía echar la partida por las noches. Allí estaba.

—Celada —le dije—, tú siempre has sido amigo mío.

—Eso espero.

—Siempre hemos estado de acuerdo.

—Gracias a Dios.

—¿Me puedo fiar de ti?

—¡Qué cosas tienes!

—Entonces, ven. Quiero que le eches un vistazo al Rolls-Royce.

—Voy inmediatamente.

Y me pareció oír una risita antes de que colgara.

Me quedé sentado en un banco, esperando, mientras desde las profundidades del motor salían estertores cada vez más frecuentes. Con la imaginación contaba los pasos de Celada, calculaba el tiempo; llegaría de un momento a otro. Aguzaba los oídos en espera del mecánico cuando de pronto oí en el patio un ruido de pisadas, pero no eran de un solo hombre. Me asaltó una horrible sospecha.

Se abrió la puerta del garaje y aparecieron dos sucias batas marrones, dos caras patibularias, dos enterradores, en una palabra, que avanzaron. También vi media cara de Celada, que se había quedado espiando detrás de la puerta.

—¡Ah, sucios canallas…! ¡Largo de aquí, malditos! —Y buscaba afanosamente un arma, una llave inglesa, una barra de metal, un palo. Pero ellos se me echaron encima y me sujetaron con sus fuertes brazos.

—¡Sinvergüenza! —gritaban, con muecas de rabia y al mismo tiempo de burla—, ¡así que te rebelas contra los inspectores del ayuntamiento, contra los funcionarios públicos! ¡Contra quienes trabajan por el bien de la ciudad!

Y me ataron al banco después de meterme en el bolsillo, supremo escarnio, el impreso reglamentario del «aislamiento preventivo». Después pusieron en marcha el Rolls-Royce, que se alejó con un gruñido doloroso pero lleno de dignidad soberana. Como si quisiera decirme adiós.

Cuando, tras media hora de enormes esfuerzos, conseguí desatarme, me lancé en la noche, sin avisar siquiera de lo ocurrido a la señora, y corrí como un loco hacia el lazareto, más allá del hipódromo, esperando llegar a tiempo.

Pero justo cuando yo llegaba, Celada estaba saliendo del recinto con los dos enterradores, y pasó de largo como si no me hubiese visto nunca, alejándose en la oscuridad.

No logré alcanzarlo, no logré entrar en el recinto, no logré que suspendieran la destrucción del Rolls-Royce. Me quedé allí un buen rato: con el ojo pegado a una rendija de la empalizada, veía la hoguera de los desdichados autos, siluetas oscuras que se retorcían de sufrimiento entre las llamas. ¿Dónde estaba el mío? En ese infierno era imposible distinguirlo. Sólo un instante, por encima del mugido salvaje de las llamas, me pareció reconocer su querida voz. Un grito altísimo, desgarrador, que pronto se desvaneció en la nada.

El PP en la luna

La entrada de ayer me trae a la memoria un descubrimiento gracioso que hice tiempo ha: el de la serie de microrrelatos y relatos de ciencia ficción “Nuevas Generaciones”, ambientados en el universo de la “Saga de los Aznar”. Dicho así, a palo seco, parece que se trata de una coña política, pero no. Son reales. Su autor es George H. White, pseudónimo del valenciano Pascual Enguídanos Usach (1923-2006), considerado como padre de la novela española de ciencia ficción.

Nunca he tenido el gusto de leerlos (ni creo que llegue a tenerlo), pero picado por la curiosidad busco entre los títulos de la saga alguna concomitancia malévola tipo “La gaviota extraterrestre”, “Hacia el planeta de los Gürtel” o “El retorno de Aznar”…, pero nada. Todo resulta un tanto convencional: “Embajadores en Venus”, “Muerte en la estratosfera” o “Piratería sideral”.

Hubiera sido demasiada coincidencia. O no.

Crónicas terrícolas

Acabo de terminar Crónicas Marcianas, una novela que no va ni de extraterrestes, ni del espacio, ni de aventuras siderales sino de ese misterio universal e insondable que es el alma humana, con sus miserias y sus grandezas. Por eso es un clásico y por eso continúa editándose, aunque hayan quedado tan desfasadas sus descripciones del mundo exterior. Pero bueno, Ray Bradbury, el autor, era escritor y no profeta y no se le puede pedir que, en 1950 y apenas comenzaba la carrera espacial, atinara demasiado.

Pero ya digo: eso es lo de menos, porque éste no es un libro de ciencia ficción al uso sino una colección de relatos en torno a la colonización de Marte que conforman una gran denuncia de la sociedad norteamericana de 1950, del afán dominador del hombre, de su ambición tantas veces destructiva, del racismo, de la intolerancia… De modo que la conquista espacial que narra es solo una excusa para reflexionar sobre el rumbo de nuestra civilización y para hacer, ya hacia al final, un alegato en favor de una nueva humanidad.

Por lo demás, el libro está escrito de maravilla y ofrece numerosos extractos para enmarcar. Uno de ellos es precisamente el párrafo que concluye la última crónica, el de una familia —los padres y los nilos Timothy, Michael y Robert— que llega clandestinamente a Marte, huyendo de una terrible guerra nuclear que envuelve a toda la Tierra. El planeta rojo lleva un tiempo descolonizado forzosamente, precisamente por la necesidad de efectivos para la terrible contienda. Los padres quieren comenzar de nuevo la civilización en Marte, mientras los niños solo piensan en conocer a los marcianos (no saben que éstos fueron exterminados hace tiempo por un virus llevado desde la tierra). Este deseo de conocer a los marcianos se convierte en una obsesión omnipresente que sólo al final se verá satisfecha, marcando el inicio de una nueva era para el planeta y para la humanidad.

Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.
—Siempre quise ver un marciano —dijo Michael—. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
—Ahí están -dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.
Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.
Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada…

Sigrid en Via Frattina

Hasta ayer desconocía que la escritora noruega Sigrid Undset, premio Nobel de Literatura en 1928, había vivido en Roma. Lo hizo en dos momentos diferentes. La primera entre 1909 y 1910 y, la segunda, entre 1912 y 1913. Y lo he sabido porque ayer, cuando me dirigía junto a un amigo hacia Villa Borghese, cruzando Via Frattina, me encontré por casualidad con una placa que señala il palazzo donde se alojó. Me ha hecho una ilusión especial pues dos de sus novelas —Cristina, hija de Lavrans y Olav Aundunssön— me impresionaron enormemente cuando las leí, hace un par de años. Por eso tomé la foto, tras esperar unos instantes a que la señora —que tanto se parece a Undset, por cierto, hasta el punto que podría tratarse de ella misma o de su fantasma—, se metiera dentro. Pero nada. Así queda mejor.

Luego, una vez en casa, intrigado, quise saber más de las estancias de Undset en Roma. La primera de ellas duró nueve meses, de diciembre de 1909 a septiembre de 1910, y fue posible gracias a una beca de estudios para conocer el arte italiano. Ella tenía 27 años y empezaba a hacer realidad su sueño de convertirse en escritora. Para lograrlo había recorrido un camino lleno de obstáculos, como renunciar a los estudios: la mala economía familiar —acababa de morir su padre— la obligó a trabajar desde los 16 años. También supe que en Roma conoció al pintor noruego Anders Castus Svarstad con el que se casó tres años más tarde, poco antes de volver, por segunda vez, a la capital italiana. Aquí nació el primer hijo de ambos (Anders ya había tenido otros tres de un anterior matrimonio fallido). Ya de vuelta en Noruega, vinieron dos hijos más, uno de ellos retrasado profundo. Ella siguió escribiendo mientras se ocupaba exclusivamente de los seis chiquillos porque Anders, mujeriego e inestable de carácter, se desentendió de ellos (y de ella). Otra espina fue aceptar el divorcio tras una década de sufriente convivencia.

Para entonces, estamos hablando de 1925, curtida por las asperezas de la vida, no temió las consecuencias dolorosas que le acarrearía su conversión al catolicismo, como fueron el desprecio y el ostracismo de sus conciudadanos noruegos. Lo curioso es que no despertera en Roma a la fe católica, sino en su Noruega natal, luterana y fría, tras una fuerte crisis de fe (¿mejor decir de ateísmo?) durante la I Guerra Mundial. Quizá fue así por aquello de Roma veduta, fede perduta. Como ella no tenía entonces fede alguna que perder, tampoco experimentó ninguna inquietud religiosa.

Lo que me parece interesante resaltar es que la vida de Undset no fue un camino de rosas. Las pasó, como se dice, canutas, siempre con mil contratiempos. Esto explicaría en buena medida de dónde procede el temple y la sólida personalidad de los personajes de sus novelas: solo tuvo que tomarla prestada del cajón de sus recuerdos y experiencias. Por alguna razón se dice aquello de que nadie da de lo que no tiene, ¿no? Pues eso.

Un puente sobre el Drina

Fue hace muchos años que oí hablar por primera vez de Un puente sobre el Drina. Estudiaba periodismo en Pamplona y durante una acalorada discusión en clase sobre el conflicto kosovar, el profesor —creo que era Paco Gómez Antón (q.e.p.d.)— nos recomendó leerla. Según nos dijo, esta novela —del serbio Ivo Andric— mostraba las nudosas raíces de las guerras que han golpeado a la antigua Yugoslavia, algunas de ellas recientemente. Tomé nota del título y del autor, luego me olvidé y, veinte años después, me he animado a leerla.

Comprobé que se trata, efectivamente, de un relato de corte histórico que forma parte de una trilogía que Andric dedicó a los Balcanes. A Un puente sobre el Drina le antecede Crónica de Travnik y le sigue La Señorita. Las tres fueron publicadas en 1945, al terminar la II Guerra Mundial como un homenaje al sufrimiento de los pueblos que habitan esa zona.

Pero quedarse en que se trata de una novela histórica es decir muy poco de ella. El paso del tiempo en los Balcanes no es sino una excusa para reflexionar en mil aspectos del alma humana, sus glorias y sus miserias, que son las mismas para todos los hombres. Solo en este sentido puedo decir que valió la pena retrasar su lectura pues hay situaciones que se plantean en el libro que a un joven de 20 años se le escapan. La experiencia de vida es siempre un valor que facilita el disfrute de las buenas novelas.

El gran protagonista de este libro es, cómo no, el puente. Un puente que es real y que puede visitarse en Visegrado, Bosnia. Al lector le pasará, me imagino como a mí, que al terminar la lectura le sobrevendrá el deseo de visitar ese lugar, del que Google ofrece unas imágenes realmente hermosas.

Temporalmente el libro recorre tres siglos largos, los que van desde la construcción del puente, en 1577, hasta su voladura en la I Guerra Mundial. El inicio es toda una declaración de intenciones del autor. Firme defensor de la pacífica convivencia entre los habitantes de la antigua Yugoslavia, narra cómo el gran visir del imperio Otomano, Mehmed Pasa Sokolovic, ordenó levantar este puente, el más grandioso y bello jamás visto. Se proyectó con el fin de unir las dos orillas de Visegrado, su pueblo natal, y también a los vecinos cristianos y musulmanes.

Mehmed Pasa, cristiano de nacimiento, quería saldar una deuda con su madre y con su pueblo, de cuyos brazos fue arrebatado siendo niño para ser convertido (¿es eso posible?) en musulmán y en soldado de élite al servicio del sultán. Con el tiempo llegó a ser un visir rico y poderoso y regaló de su bolsillo un puente para restañar la herida de la separación y fomentar la concordia entre los vecinos de su villa natal. Por este último motivo dispuso que a mitad se edificara una gran espacio de reunión al aire libre que los turcos llaman kapia. Se diseñó espacioso y con grandes bancos de piedra para invitar al encuentro. Esta kapia será el corazón de la novela y el escenario de momentos memorables, alegres unos y trágicos, muy trágicos, otros.

Destaco del libro un extracto del final. Forma parte de un largo soliloquio de uno de los últimos personajes en aparecer: un anciano musulmán descolocado por la rápida transformación de la sociedad a inicios del siglo XX, y que es testigo doloroso e incrédulo de la destrucción del puente durante un bombardeo en el curso de la Primera Guerra Mundial.

“Quizá, pensó, aquí se destruye y en otros sitios se edifica. Tal vez existan todavía regiones apacibles y gentes razonables que respeten la voluntad de Dios. Si Él ha abandonado a esta desdichada ciudad, probablemente no habrá dejado de su mano al mundo entero. Y estos seres no seguirán haciendo lo mismo hasta el fin de los siglos. Pero, ¡quién sabe! (…) ¡Quién sabe! Puede ser que esta fe impura que se pone a ordenar, que limpia, que repara y perfecciona para, a continuación, devorarlo y destruirlo todo de un golpe, puede ser que esta fe impura llegue a extenderse por la tierra, puede ser que convierta este mundo de Dios en un campo desierto aniquilado por sus construcciones insensatas y por sus ruinas dignas de un verdugo; puede ser que transforme el suelo en pasto para saciar su hambre sin fin y sus apetitos incomprensibles. Todo es posible, pero hay una cosa que no lo es: no llegarán a desaparecer del todo y para siempre los hombres grandes, prudentes y de alma elevada que construyen en honor a Dios monumentos eternos con los que se embellece la tierra y el hombre alcanza una vida mejor y más fácil. Si esos hombres desapareciesen significaría que el amor de Dios se habría extinguido y borrado del mundo. Eso es un absurdo.”

Para qué sirven

Además de escribir novelones como El desierto de los tártaros, Dino Buzzati nos dejó varios cuentos fantásticos. Uno de ellos es especialmente fabuloso. Se titula “el platillo se posó” (aquí, en un blog de ovnis, he encontrado el original en italiano) y narra la llegada de unos extraterrestres a nuestro planeta y su encuentro con el párroco de una iglesia rural, sobre cuyo tejado han posado la nave para inspeccionar la cruz del campanario. El cura los sorprende en plena faena.

“Hace mucho que giramos alrededor de vosotros, que os observamos, que escuchamos vuestras radios, ya hemos aprendido casi todo”, le explica el marciano. “Cuando tú hablas, por ejemplo, yo te entiendo. Sólo hay una cosa que no hemos descifrado. Y precisamente por eso hemos bajado. ¿Qué son estas antenas? (y señalaba la cruz). Las tenéis por todas partes, en lo alto de las torres y de los campanarios, en las cimas de las montañas, y luego tenéis montones de ellas aquí y allá, rodeadas de muros, como en viveros. ¿Puedes decirme, oh humano, para qué sirven?”

Y entonces tiene lugar un diálogo maravilloso, conmovedor. Se le puede sacar tanta miga espiritual que sorprende que Buzzati se declarara un escritor ateo. Claro que hay que situarse en la Italia de los años sesenta —lugar y momento en que escribió el cuento— y en el clima cultural cristiano imperante, tan cargado de referencias religiosas y sobrenaturales…

Ahora, todo ese trasfondo cristiano va desapareciendo y, con él, las claves para entender y para disfrutar del arte multisecular que han generado los artistas de occidente. Artistas, por cierto, que no por declararse ateos —como Buzzati— dejaban de tener una mirada y un trasfondo cristianos por la educación recibida. ¡Quién sabe si no es precisamente esa educación la causa de que sus relatos penetren con tanta fuerza en el alma!

Por eso, aparte y ante todo de una desgracia espiritual, no conocer la doctrina cristiana es, y mucho, una desgracia intelectual y humana. No permitir que se conozca, una canallada.

Pobres nuevas generaciones. Me pregunto si sabrán que son esas “antenas” de nuestros campanarios y para qué “servirán”. Ellos, los nuevos marcianos.

Sigue escribiendo

De no ser porque la muerte nos lo arrebató antes de tiempo, estoy convencido de que Jon, mi primo, hubiera llegado a ser un gran literato. Dotes no le faltaban, desde luego. Y a las pruebas me remito con el relato que muestro abajo, mi favorito. Hasta donde sé fueron solo unos poquitos los cuentos que llegó a escribir. Los mostraba con mucho pudor y expectación a su círculo más cercano, porque no quería sacarlos del horno antes de tiempo y no aprecieras así todo el sabor que quería imprimirles. Claro está que tampoco quería que se quemaran… Era tremendamente perfeccionista. Comprensiblemente perfeccionista. Y, al final, al igual que se hace con las tesis doctorales, no los terminaba y se conformaba con abandonarlos, aunque siempre a su punto.

A mí me causaban una gran admiración porque eran historias muy ingeniosas, con arranques explosivos y finales sorprendentes. Además, tenía un manejo proverbial del vocabulario; una habilidad que desarrolló bajo la sombra de su padre, un poeta en sus ratos libres (pocos pero fecundos). Jon ganó concursos e incluso alguno salió publicado, como el que muestro a continuación y que, como ya he dicho, es el que más me gusta.

Estos días en Pamplona, entre encuentros familiares, me ha venido a la cabeza su recuerdo. He pensado que sería bonito dedicarle este post para animarle a seguir escribiendo desde el cielo.

LA GRAMÁTICA CONSTRUYE MI REALIDAD

Si no hubiera aprendido a hacer análisis sintácticos, no sabría desmontar mis estados de ánimo y echaría la culpa de todo lo que me pasa al portero, al jefe o al Gobierno. Ahora, tras aprobar el bachillerato, ingresar en la Facultad de Filología y hacer un brillante doctorado en Lingüística, puedo afirmar con total precisión y en el más correcto castellano que me cago en la puta de oros, que siento que la vida se me escapa entre los dedos, que sólo he llegado a ser una caricatura de mí mismo, que me pesan y mucho las bolsas de los ojos. Y el mérito es sólo mío.

Acabo de emplear una enumeración, recurso expresivo que consiste en recapitular las razones o partes de un discurso. He apuntalado la enunciación con un periodo breve, de gran economía comunicativa. Siento molestarles con esta observación, pero no he podido evitarlo. Tampoco puedo evitar que mi vida sea un martirio, ni que lo sea por el hecho de que me paso el día traduciendo la realidad en sintagmas y sufriendo al escuchar los brutales anacolutos que mis familiares, personas poco gentilicias, perpetran en la mesa y en complementos circunstanciales semejantes.

La gramática construye mi realidad. Un muro categórico-lingüístico se erige infranqueable entre mi triste sujeto y el de quienes me rodean. Hoy he llegado a esa conclusión.
Estábamos comiendo, sentados a la mesa, como formando una oración yuxtapuesta. Todo marchaba bien. La miscelánea de frutas, con genitivo incluido, era un postre digno para un almuerzo digno.

Pero, al llegar la cuarta cucharada, cometí el error de levantar la vista del plato, y advertí que mi suegra, una mujer posesiva, que domina como pocos la forma verbal imperativa, que me trata como a una oración subordinada, que me fuerza a responder a sus monólogos con mis más sumisos monosílabos, dirigía hacia mí su nariz, esa falta ortográfica que le cruza la cara. Decidí romper el hielo:

– Superlativo. Este postre es superlativo. Merecería inscribirse, con caracteres mayúsculos, en la antología de la exquisitez culinaria. Es un prodigio de composición y parasíntesis.

– Jorge, eres un caso.

Mi mujer acababa de compararme con las variaciones flexionales que, en algunas lenguas, experimentan las palabras en virtud de la función que desempeñan en la oración. Al parecer, no compartía mi punto de vista.

– Querida, lamento que no te guste la miscelánea de frutas.

– Querrás decir macedonia. Ma-ce-do-nia. Jorge, desde luego, eres…

– Sí, ya lo sé: una variación flexional.

En ese momento, un colectivo de género femenino y número plural, susceptible de ser adjetivado con calificativos de polaridad negativa, empezaba a mofarse de mí. Eran mis sobrinas.

Mis sobrinas tienen la curiosa habilidad de intrigar continuamente aquí y allá, en todos los adverbios que cabe imaginar, pero siempre tan unidas como el más inseparable de los diptongos. Yo les hago poco caso (o, si se prefiere, escasa variación flexional). Al fin y al cabo, pertenecen a la familia de mi querida mujer, y ya se sabe que la familia de mi querida mujer es de extracción humilde, palatal, y que padecen una disfunción afásica que sólo les permite decir vulgarismos.

Por eso, en principio, lo que puedan opinar sobre mí es insignificante (esto es, su opinión -en terminología saussureana- no lleva asociada referente alguno), pero lo cierto es que me neutraliza, y me lleva a sentirme tan prescindible como la anotación al margen de algún copista al margen de algún monasterio marginal.

Habrán podido constatar que la vida me es adversativa. Que tengo un problema prepositivo: que la gente se ríe de mí, y no conmigo. Que, dadas las circunstancias, puedo ser considerado un sujeto pasivo. Que soy un hombre solitario, intransitivo. Que llevo una vida sin complementos, una existencia carente de semántica. Que es como si hubiesen decidido ponerme entre paréntesis (o entre incisos, que es peor, pues son más discretos pero también más afilados y dañinos). Que de mí no se predican más que barbarismos. Que se permiten excesivas licencias retóricas conmigo, y que me veo incapaz de contestar a los insultos que me atributan. Que estoy ocupado en analizar lo que me dicen, lo cual sólo es posible cuando he conseguido vertebrarlo con los signos de puntuación pertinentes, ardua labor que me obsesiona y que está provocando que poco a poco me vaya deprimiendo, que es gerundio. Y punto.

Jon Gutiérrez Dorronsoro (Madrid, 1999)
VVAA, “Arrójame a las llamas y otros relatos”, Ediciones Palabra, Madrid, 2001