Nada nuevo bajo el sol

Ha caído en mis manos el libro “Diplomático en el Madrid rojo”. El tal diplomático es Félix Schlayer, cónsul de Noruega en Madrid, al que la Guerra Civil le sorprendió en la capital española y con su jefe, el embajador, ausente del país. De la noche a la mañana se vio al frente de la  Sus páginas testimonian la brutal violencia que se desató en la zona republicana al inicio de la contienda y profundiza en las causas que empujaron a esta guerra fratricida. Llevo leídas una pequeña parte de sus recuerdos, pero ya en la introducción me engancha una anécdota que me lleva a comprender, un poco más, en las razones de porqué la izquierda populista que gobierna ahora España tiene tantos adeptos.

Para empezar, narraré un corto episodio que, a modo de «flash», revela algo de la tradicional sabiduría vital de la mayor parte de pueblo español. Hace de esto treinta y cinco años [1905]. En un día caluroso llegaba yo a Sevilla, capital de Andalucía, en tren («tren botijo») a primeras horas de la tarde. Esta era, entonces, una ciudad de escasa circulación. La estación estaba fuera de la ciudad, como a un kilómetro de distancia. No se veía un vehículo, ni tampoco aparecía ningún mozo de cuerda. Me di una vuelta, buscando por los alrededores de la estación; tumbado a la sombra de un árbol, descubrí, tendido todo lo largo que era, en la acera, a un pacífico durmiente. La gorra que llevaba delataba su condición de mozo de equipajes, ahora le servía para protegerle la cara del sol. Le toqué con el pie; entonces, cargado de sueño, movió la «gorra de servicio» lo suficiente como para mirarme, con un ojo, por debajo de la misma. Impresionado por la falta manifiesta de impulso activo de aquel hombre, me decidí a tentar su ambición: «te doy tres pesetas si me llevas la maleta a la ciudad». Venía a ser esto el cuádruple de la tarifa corriente. Respuesta: «esta semana ya me he ganado dos pesetas; hoy no hago nada más». Una vez dicho esto, se volvió a tapar los ojos con la gorra y siguió durmiendo.
¿Cómo hacerse con un pueblo así, al que «no hacer nada» le parece más tentador, que el bienestar adquirido mediante el trabajo? Presentándole, como señuelo, el «vivir bien» emparejado con el «no hacer nada». Tal era la consigna tentadora con la que, con habilidad, el comunismo seducía a la masa inculta, carente hasta el presente de ambiciones y hecha ya a la mezquindad de su vida, empujándola a actuaciones fanáticas con un seguimiento ciego: «quitadles todo a los que lo tienen y así podréis ser tan gandules y vivir tan bien como ellos ahora».

Stolperstein

Significa algo así como “piedra puesta en el camino que puede hacer tropezar al caminante”, y como no tenemos en castellano ningún término para condensar este larguísimo concepto utilizamos el original alemán —stolperstein— que, además, es profundamente onomatopéyico y con solo pronunciarlo ya te golpea y te para en seco. Esa es su función, precisamente: un punto para detenerse y recordar a quienes murieron en los campos de exterminio nazis. Aparecieron a comienzos de los noventa, de la mano del artista alemán Gunter Demnig, como recuerdo y homenaje a los cerca de mil gitanos de Colonia asesinados por los nazis. Una plaquita de latón, junto a la puerta de las casas desde las que salieron al matadero, recuerda sus nombres y las fechas de nacimiento y de muerte. Al poco tiempo, lógicamente, comenzaron también a colocarse stolpersteine en honor a las víctimas judías.

Roma, por desgracia, cuenta también con una larga retahíla de estas tristes “piedras”. Como vivo junto al ghetto judío me tropiezo yo mismo con varias de ellas en mis recorridos romanos. Y si lo cuento hoy es porque ayer descubrí, a pie de un portal en Via dei Portico di Ottavia diecisiete plaquitas reunidas, doce de ellas pertenecientes a una sola familia: los Sabatello. El mayor de sus miembros, Giovanni, tenía 55 años y la menor, Liana, no llegaba al año de edad. Por los datos que uno puede leer (nombre, fechas de nacimiento y de muerte y lugar de ejecución) y por la disposición de los stolpersteine deduzco que se trataba de un matrimonio formado por Abramo Sabatello y Celeste Tagliacozzo, ambos de 51 años de edad. A la izquierda de Abramo está Giovanni Sabatello, que debía ser su hermano. Debajo aparecen los ocho nombres de los, imagino, hijos de Abramo y Celeste: Graziella (27 años), Italia (25), Emma (24), Erica (22), Leticia (20), y Leone (16), el único varón. Junto a ellos, pero en una fila inmediatamente inferior aparecen tres nombres más: Enrica Tagliacozzo (21 años) y Celeste Alba Sabatello (3 años) y la bebé Liana Ornella Sabatello. Supongo que la primera sería hermana de la cabeza de familia y, las chiquitinas, sus nietas. Todos murieron el 23 de octubre de 1943, en Auschwitz, una semana después de la deportación forzosa de 1.023 judíos romanos. Bueno, no todos porque entre los únicos dieciséis sobrevivientes se encontraba Leone. Escalofriante.

La semana pasada fue noticia la apertura a los investigadores de los archivos del pontificado de Pío XII y ésta ha vuelto a sacar a la luz el debate de la supuesta complicidad de este papa con el régimen nazi. Ahora se podrán clarificar posturas y juzgar a la luz de los documentos el verdadero rostro del pontífice, tan vilipendiado. De todas las stolpersteine que nos encontramos en este caminar que es vivir, ninguna otra como la verdad, esa que nos hace libres, también de nuestros prejuicios. Claro que hay que tener la humildad de querer tropezar con ella.

Trabant

Tras leer la entrada de ayer, uno me habla del coche Trabant, fabricado en la Alemania comunista y, prácticamente, único modelo que podía uno comprar allá. Era un vehículo de bajo coste, dotado de un sencillo motor de dos cilindros y una carrocería “ecológica” —hoy se vendería así — a base de conglomerar cartón, fibras naturales y plástico. El coche es recordado hoy con simpatía y cierta nostalgia, como suele suceder con los recuerdos antiguos y los objetos del pasado, al evocar una vida más sencilla, quizá más alegre, pero a la que no volveríamos ni locos.

Y es que tampoco nos vamos a engañar: Con el tiempo a aquel coche —y aquí es adonde quiero llegar, el motivo por el que me hablaron de él— le pasaba algo similar a los vehículos del relato de Buzzati: la carrocería comenzaba a caerse a trozos, a descomponerse, a pudrirse. Y no por efecto de un virus sino por culpa de “ambiente” y sus bacterias que se la zampaban poquito a poco. Por otro lado, el coche fallaba más que una escopeta de feria por lo que, todo sumado, qué ironia, venía a resultar una metáfora rodante de aquel régimen comunista que lo fabricaba.

Kyrie eleison

El pasado jueves, tras estar en la iglesia nacional de los alemanes en Roma me acordé de Las Raíces históricas del Luteranismo de García Villoslada. Una de ellas fue el descontento general de los campesinos alemanes, que vivían en penuria frente al lujo y derroche de las clases superiores. A finales del siglo XV se había generado, por este motivo, un clima de sublevación, en ocasiones violento, muy violento. Proliferaron entonces las revueltas campesinas, acaudilladas generalmente por locos visionarios que prometían traer a los miserables labradores un distorsionado y contradictorio reino de Dios en la tierra, tan feliz como sangriento.

Una de las más conocidas sucedió en 1476, liderada por «el timbalero de Niklashausen», a quien el pueblo sencillo de Baviera reconoció como el profeta, apóstol y reformador que Alemania necesitaba. Era este joven un pastorcillo llamado Hans Bohm que tocaba el tamboril en las fiestas populares y tendía a los efluvios místicos y a dejarse engatusar por historias de santos anacoretas. Un día de marzo de 1476, de pronto, quemó su tamboril y el pequeño santuario de la aldea de Niklashausen, y siguiendo órdenes de la Virgen se puso a predicar el “verdadero” evangelio.

Adoptó un programa de reforma radical basado en la igualdad fraternal de todos, sin diferencia de clases sociales, de ricos y pobres, en el rechazo de toda autoridad (incluyendo al emperador y al papa), la supresión de diezmos y todo tipo de impuestos y poner a trabajar a los mandatarios para ganarse el jornal necesario para vivir. Por último, y como quizá le pareciera que su programa le faltara algo de sustancia, añadió a su proyecto el matar a todos los sacerdotes y repartir sus bienes entre la comunidad.

Quizá exista algo en el adn del pueblo germano que les lleva, en tiempo de desventuras, a lanzarse de modo irracional en brazos del primer visionario que les promete el oro y el moro. El caso es que entonces, como en 1933,  miles y miles corrieron fascinados a escuchar a aquel «jovencito santo», a quien le despojaban de sus vestidos para besarlas como reliquias. A las gentes de Baviera se añadieron multitudes de toda Alemania. Todos se llamaban entre sí hermanos y hermanas, y enarbolando banderas y entonando cánticos se agrupaban en torno al antiguo pastorcillo, que no siempre eran del todo piadosos:

Nos lamentamos ante el Dios del cielo,
Kyrie eleison,
de no poder dar muerte a todos los curas:
Kyrie eleison.

La revolución social terminó pronto. El obispo de Würzburgo mandó unos caballeros armados para tomar preso al loco visionario y encerrarlo en el castillo de Marienberg. Al enterarse del suceso, millares de fanáticos se concentraron ante la fortaleza donde estaba aprisionado su profeta, esperando a que sus muros cayeran como antiguamente los de Jericó. Esto, naturalmente, no llegó a suceder pero al menos los que no fueron dispersados por el ejercito del obispo pudieron ver cómo el joven timbalero de Niklashausen era quemado vivo.

Inescrutable

Ayer pasaba junto a la iglesia de santa María dell’Anima y me animé, valga la redundancia, a entrar para rezar un Rosario por los católicos alemanes, que andan bastante desnortados los pobres. Se da la circunstancia de que es la iglesia nacional de los alemanes en Roma, cosa que ya se nota nada más entrar pues no existe otro templo más reluciente y mejor conservado en toda la ciudad. Resulta evidente que quieren dejar alto el pabellón patrio manteniendo impoluta y brillante hasta la más recóndita voluta del capitel más inaccesible. También se nota que no andan faltos de dinero. En cualquier caso, es un sitio en el que da gusto entrar… y rezar. Las cosas como son.

Al terminar me he dado una vuelta y he reparado por primera vez que junto al altar, en un lateral del presbiterio, está enterrado el papa Adriano VI en un fabuloso mausoleo de Baldassarre Peruzzi. Muchos piensan erróneamente que todos los papas fallecidos se encuentran en el Vaticano, cuando la realidad es que los hay que ni tan siquiera reposan en Roma. Aquí, como digo, lo hace Adriano VI que era originario de los Países Bajos, donde nació Carlos V, emperador del sacro imperio germánico. Adriano VI había sido su tutor cuando era un chavalillo y Carlos le debió pillar mucho cariño y confianza pues, una vez coronado rey de España y siendo Adriano cardenal, lo nombró regente de Castilla.

Un día estaba en Vitoria preparando la defensa de Navarra de una posible invasión de Francia, cuando le llegó el aviso de que sus colegas cardenales le había elegido papa. Según cuentan, no tenía el menor interés en serlo —de hecho no fue al cónclave— ni le hizo la menor gracia la elección. Pero a lo hecho pecho y confiando en la ayuda de Dios se vino hasta acá dispuesto a hacer todas las reformas que necesitaba la Iglesia, que no eran pocas en aquel entonces (1522). Para empezar, impuso un régimen de vida austero y sobrio, lo que provocó no pocos sarpullidos en la curia, lo mismo que su “rara manía” de celebrar misa ¡todos los días! Como se ve, tenía mucho trabajo por delante, pero apenas pudo iniciarlo porque falleció al año de su pontificado.

Y yo me vuelvo a pasmar pensando en cómo de inescrutables son los caminos del Señor. Justo cuando aparece un fiel vicario suyo, bien dispuesto, piadoso y reformador; un papa alemán que podría haber resuelto el entuerto luterano en su primeros vahídos, va y decide llevárselo a su seno.

Madera de santo

San Jerónimo fue un Padre de la Iglesia con un coco y una capacidad de trabajo a la altura de su santidad: enormes. Entre otras cosas, le debemos la traducción de toda la Biblia del griego al latín, la llamada “Vulgata”, lo cual es de mucho admirar ya que debió invertir un empeño titánico, si consideramos que fue realizada por él solo y con los medios limitados del siglo IV. San Jerónimo, desde luego, no fue un tipo del montón y no dejó a nadie indiferente. Brilló con luz propia siendo uno de esos tipos extraordinarios, con un empuje fuera de lo común gracias, entre otras cosas, a la posesión de un carácter recio y decidido. Jerónimo fue tenido por muchos como alguien “especialito”, esto es, dotado de un temperamento para echar a comer aparte, por sus malas pulgas. La correspondencia que nos ha llegado muestra jugosos ejemplos de su facilidad para la explosión airosa, que vertía no con contra cualquier chisgarabís de turno sino hacia otros padres de la Iglesia tan venerables y santos e inteligentes como san Agustín, si bien éste última se tomaba con paciente comprensión las invectivas de Jerónimo.

Si no le tocabas las narices, era un hombre pacífico y bueno pero saltaba con facilidad al primer embiste. También hay que decir, en honor a la verdad, que el pobre sufrió bastantes decepciones y amarguras y que sobrellevaba mal las puñetas que le hicieron otros en vida. Por ejemplo, estando en Roma se ganó la antipatía del clero local que, la verdad sea dicha, dejaba muchísimo que desear por su vida y costumbres vergonzosas. San Jerónimo sufría con impaciencia el mal ejemplo que daban y desde su pequeño monasterio, ubicado sobre el lugar donde trabajo, denunciaba esta situación con furor —por palabra y por escrito— ante sus discípulas, como la viuda santa Paula, o bien ante el papa, a la sazón san Dámaso, que compartía la misma preocupación que san Jerónimo aunque con más serenidad.  

A san Jerónimo le perdían el sarcasmo y el estilo mordaz e irónico. Era impetuoso, explosivo, incontinente, y probablemente le faltó la compañía de algún secretario templado que le ayudara a rebajar la acidez de sus epístolas. Por ejemplo, a Onaso Segestano, un presbítero romano que no aprobaba las denuncias de Jerónimo contra el clero de Roma, le dirige una carta a través de su discípula Marcela, en la que le recuerda que él se limita a hacer como los buenos cirujanos, que no dudan en empuñar el bisturí, por muy dolorosa que resulte la operación, si la salud del enfermo lo requiere. A continuación le recuerda aquello de que quien se pica ajos come, por lo que le anima a hacérselo mirar si tan duras le parecen sus denuncias. “Me decido a cortar una nariz hedionda, y tiembla uno que sufre de paperas. Quiero criticas a una cornejilla parlera, y entiende la corneja que también ella está ronca (…), ¿qué tienes tú que ver con eso, tú que te consideras inocente?” Poquico a poco se le va calentando el ánimo — “Cualquier palabra que yo diga la consideras dicha contra ti (…). Ya puedo yo reírme de las larvas, de la lechuza, del búho, de los monstruos del Nilo: cualquier palabra que yo diga la consideras dicha contra ti”. Y se le contagia el tintero de la bilis ácida — “¿Es qué te crees guapo porque llevas nombre de buen agüero?”— hasta explotar: “Te voy a dar, sin embargo, un consejo sobre lo que tienes que esconder para parecer más guapo: que nadie vea tu nariz en tu cara y que jamás abras la boca para hablar; así podrás parecer hermoso y elocuente”. (40. A Marcela a propósito de Onaso, Epistolario).

Si en aquel tiempo su palabra fogosa le granjeó pocos amigos, también es verdad que sirvió para corregir abusos del momento, sentar doctrina sana y, aun sin desearlo, momentos memorables para quien se acerca a conocer su obra. En cualquier caso, poco tiempo estuvo en Roma y, en cuanto pudo, se volvió a Jerusalén para llevar una vida monacal y dedicarse a sus estudios bíblicos, que es lo que más deseaba en la vida. Por otro lado, qué consuelo más grande ver que los santos no han sido diferentes a nosotros y que también se vieron adornados de defectos patentes e innegables.

Se tocan

Más notas de Política, cultura y sociedad en la España de Franco (1939-1975), en esta ocasión a cuenta de la interpretación que Redondo hace de la figura del padre Llanos. Pocos se acuerdan hoy de quién fue este sacerdote jesuita que en su momento renunció al cargo de capellán en el Frente de Juventudes y en las Congregaciones Marianas para irse  a vivir a las chabolas del Pozo del Tío Raimundo, en los suburbios de Madrid.

Nada hubiera tenido de particular este cambio —son muchas las vocaciones a lo “san Francisco” que han brotado dentro de la Iglesia— de no ser porque el padre Llanos, otrora “una de las encarnaciones acabadas” del nacional-catolicismo como señala Redondo, terminó abrazando con revolucionario entusiasmo los postulados del Partido Comunista. ¿A qué se debió tan radical cambio? Redondo ofrece esta explicación:

“Es posible que, muy de acuerdo con su talante decididamente tradicionalista —y al margen de posibles problemas personales, que no son del caso—, se propusiera conseguir la cristianización de las estructuras, más que la de cada uno de los jóvenes integrados en ellas. Era imprescindible aprovechar la ocasión. El tiempo huía. Y, en su impaciencia, hubo de ver como sus intentos diversos se le fueron quebrando una vez y otra, entre las manos. Lo que él entendió como falta de conciencia social de los jóvenes españoles, intentó compensarlo con el salto al Pozo del Tío Raimundo, en Vallecas. Una decisión —como ya se ha dicho— respetable. Pero que la acometió sin perder un ápice del planteamiento colectivista que le había hecho fracasar en los intentos anteriores. También aquí intentaría la conversión cristiana de las masas obreras en su conjunto —por así decir, de un día para otro—. Fue su respuesta a la denuncia constante de los Papas de la apostasía de la clase obrera, uno de los grandes escándalos del siglo. Y si en los años anteriores es posible que, en algún momento, el P. Llanos, S.J. pudiera ser manipulado, manipulado fue —y bastante a fondo— en los años siguientes”.

Impaciencia, radicalismo y tendencia a la generalidad: las cualidades de quien va dando bandazos por la vida, pasando de un extremo a otro. Bien dice el dicho popular, que los extremos se tocan… Y vaya si se tocan.

Villa Livia

El Palazzo Massimo de Roma es una de las muchas sedes del Museo Nazionale Romano, dedicado al arte de los etruscos y del imperio. Ahí, en un espacio a medida, se exponen unos frescos del 30 a.C. —unos años más, unos años menos— traídos de la Villa de Livia Drusa, la tercera mujer del emperador Augusto.

Hasta ese lugar, situado al norte de Roma en la vía Flaminia, huía de la canícula veraniega de la ciudad la que fue la primera de las familias imperiales romanas. En 1863, y en el transcurso de unas excavaciones, se descubrió una estancia subterránea recubierta de estas pinturas. Reproducen un jardín exhuberante, con todo tipo de árboles y plantas que empiezan a agitarse por efecto de los primeros compases de una tempestad, cuya aproximación se intuye. Tanto entonces como ahora estos frescos sorprenden por su excelente conservación y por su asombroso realismo naturalístico. Los estudiosos del arte lo visitan maravillados por la calidad de las pinturas, la refinada técnica y la riqueza de su contenido: se han identificado 23 especies vegetales y 69 de aves. El Museo ha tenido el acierto de intentar recrear el ambiente que se respiraría en su ubicación original.

Como se ha dicho ya, estas pinturas se encontraban en un semisótano sin iluminación natural por lo que se piensa que decoraban una habitación de recreo, ideal para pasar las tardes de verano por su frescura. La representación de un espacio abierto y vegetal reforzaría el efecto. Pero además, clausurada como estaría a los oídos indiscretos, estimularía las confidencias de Augusto con su camarilla. Entre sus miembros se encontraría sin duda la misma Julia, una mujer fascinante por su inteligencia y su olfato político, cualidades que apreció mucho su marido, necesitado de afianzar su estrenada condición de emperador.

Por esto mismo, lo que más impresiona de esta sala, más allá de su valor artístico, es pensar en el número incontable de conversaciones decisivas para la república, primero, y para el imperio, después, que se habrá tenido a la sombra de esta arboleda pintada; qué secretos de estado se habrán perdido entre el susurrar de sus ramas, cuántas estrategias, condenas, decisiones de guerra, traiciones, dramas, esperanzas, celebraciones, alegrías, lloros e iras piarían las aves que revolotean por sus paredes y que, de alguna manera misteriosa, impregnan esos muros ya no hechos solo de yeso sino sobre todo de historia.

Impresiona, sobre todo, poner la mirada en los mismos detalles que vieron los ojos pensativos y conspiradores de Augusto, hace ya más de dos mil años. Y sentir el vértigo de imaginar que mientras ambos perdíamos la vista tras los pétalos de una flor naciente o en el picoteo de un pichón, uno proyectaba los pilares del mayor imperio habido jamás y otro, en cambio, solo lograba a pergeñar estas tontas reflexiones.

Ellos no

Joachim Fest (1926-2006) fue un periodista e historiador alemán que hizo del nazismo su obsesión particular. Razones no le faltaron: de pequeño sufrió en su propia familia el rechazo social, la opresión y el escarnio porque su padre, Johannes —profesor, católico y defensor de la república de Weimar—, no quiso plegarse a la irracionalidad y violencia del régimen de Hitler. De ahí que titulara Yo no el libro en el que rememora esos años oscuros. Y él no porque, a diferencia de las élites culturales del momento, incapaces de hacer frente al nazismo por ceguera, por miedo, por comodidad, por cobardía, por mirar a otro lado, por conveniencia o vaya usted a saber por qué, no quiso tragar con los atropellos y tropelías de un régimen inhumano que llegó al poder, no lo olvidemos, legitimado por las urnas. ¿Las consecuencias? Las que se narran en las más de trescientas páginas del libro.

El libro es un heroico testimonio que merece la pena ser leído, junto con otras obras como la de José María García Pelegrín que narra la lucha de la Rosa Blanca contra el nazismo, un movimiento de estudiantes universitarios cuyos cabecillas terminaron ejecutados por orden de un juez tan nazi como inicuo. En esta misma línea llega ahora a los cines la historia del beato Franz Jägerstätter, de la mano de Terence Malick.

Todas estas historias tienen en común un testimonio personal de oposición a la injusticia, de nobleza y de heroísmo que nos llenan de admiración y nos reconcilian con la humanidad. Quien siga la actualidad política de ese país aún llamado España y sepa de las leyes que anuncian el Gobierno sabrá por qué me vienen a la cabeza. Vivimos hoy tiempos propicios para futuros héroes. Solo han de seguir el consejo de Fest: “La lección que me enseñaron los años del nacionalsocialismo se resume en oponerme a las corrientes de opinión y no dejarme llevar por ellas”. Una lección aprendida de labios de su padre: “Aunque todos participen, yo no”.

Ojalá nosotros tampoco.

1956

Con vistas a una tesis en torno a la cobertura de la prensa española del Concilio Vaticano leo estos días cuanto puedo sobre la España y la Iglesia de mitad del siglo XX. Como muchos de los redactores enviados a Roma por la prensa española eran curas con dotes periodísticas, trato de hacerme cargo de su imaginario espiritual, cultural, humano, educativo, etcétera, etcétera. Sobre todo quiero saber cómo pensaban y con qué animo afrontaron el concilio. Es algo fundamental para interpretar correctamente los textos que leeré.

Ahora tengo en mis manos la mastodóntica obra de Gonzalo Redondo Política, cultura y sociedad en la España de Franco. 1939-1975, que dejó inconclusa pues la muerte le pilló a mitad de camino. Y es una pena porque los tres primeros tomos —de mil páginas cada uno, a gran formato y letra chiquitica—, son un capolavoro de fuentes, contexto e historia relatada. Redondo no se dejaba nada en el tintero. Ni daba punzada sin hilo. Pena que no incidiera en la interpretación de los acontecimientos porque era un agudo analista, tal y como pude comprobar en Pamplona cuando estudiaba periodismo,

Leo con especial atención lo que escribe en torno al año 1956, que en España estuvo marcado por los sucesos universitarios que llevaron a las primeras fisuras del régimen franquista. En ese momento “mis” curas estaban en el seminario, y sus amigos de instituto en la universidad. Resumiendo pronto y mal lo que pasó es que ante la prohibición de un homenaje póstumo a Ortega y Gasset —que acaba de fallecer en Madrid, tras volver de su exilio— hubo algunas protestas en la universidad madrileña.

Franco considero aquello como o una simple algarada juvenil promovida por unos pocos comunistas. Pero Redondo hace notar que evidenciaba algo mucho más profundo. La revuelta puso de manifiesto la desconexión de los jóvenes —entre los cuales se encontraban muchos seminaristas— con las ideas que fundaban la nueva España surgida del trauma de la Guerra Civil pues ésta empezaba a ser considerada como algo muy del pasado, que poco tenía que ver con ellos. La contienda fratricida “no les aplastaba como había hecho con sus predecesores en las aulas universitarias. Por eso mismo, no resultaba fácil entender en virtud de qué razón las opciones tomadas en la inmediata postguerra —que hasta podían admitirse como inevitables— debían seguir imperantes más de tres lustros después del final de la Guerra Civil; y, además, intentar el condicionamiento del futuro. En el mundo de la Universidad, la cuestión de Monarquía o República, al margen de las legítimas preferencias individuales, resultaba irrelevante. No así la decisión de contribuir a que la vida social descansara sobre la libertad y respeto para todos. “(…) Importaba el futuro. En él se desplegarían las vidas de los que, en 1956, se encontraban en la Universidad y en tantos otros lugares. Y se deseaba que fuera lo más justo y en libertad posible. A esa tarea todos estaban, en líneas generales, dispuestos a contribuir”.

Estas palabras me dan luz para entender algunas de las desconexiones emocionales que detecto en las nuevas generaciones de españoles, sobre todo hacia realidades dolorosas que he vivido en primera persona y que me evocan fuertes sentimientos. En concreto me ayuda a comprender que a los nuevos españoles no les diga absolutamente nada traumas como el terrorismo nacionalista de ETA, ya superado en su aspecto más violento. ETA, para ellos, les evoca lo mismo que para los de mi generación la Guerra Civil o, si se quiere ir más lejos, las guerras carlistas.

Entiendo que los jóvenes tienen derecho a construir el futuro del país sin lastres de un pasado del que no son responsables. Los hijos, a fin de cuentas, no deben cargar con los pecados de sus padres. Pero me preocupa que en la raíz de este desentenderse se encuentren las mentiras que distorsionan la realidad de lo que ocurrió y que se desvirtúe el dolor las víctimas del terrorismo y el heroísmo vertido. Sobre todo, y esto es lo importante, me inquieta que no aprendamos la lección de la historia.