Otro pintor

Antes de que se nos cayera encima el bicho y nos encerrara a todos en nuestras casas, tenía pensado ir a visitar la capella Bombasi, en la iglesia de santa Caterina dei Funari, para ver de cerca el cuadro que preside el altar de esa capilla, que es una representación de santa Margarita pintada por Anibale Carracci. El interés se debe a que me dejó muy pillado una anécdota atribuida a Caravaggio, cuyo primer maestro, Francesco Albani, le dijo que si quería aprender a pintar de verdad debía visitar esa pintura sí o sí. En cuanto llegó a Roma, procedente de su Milán natal, se dirigió a la iglesia en la que se encuentra el cuadro, entro directo a la capilla Bombasi y, mirando el lienzo, exclamó una de sus famosas frases cargadas de modestia y humildad: “Me alegra que en mi tiempo haya al menos otro pintor”.

La primera iglesia en cerrar en Roma fue la de san Luis de los franceses, días antes de que el virus estallara. Ahí, en una capilla, se encuentran tres de las obras más impresionantes de Caravaggio. Otras tantas se encuentran en otras iglesias romanas. Ojalá pase pronto esta pesadilla.

Cuento chino

Cartel alternativo de ChungKong

Hubo por la España de los años setenta un productor audiovisual y realizador llamado Valerio Lazarov que, venido de la Rumanía de Ceaucescu, desembarcó en Radiotelevisión Española y adquirió bastante renombre por sus ideas innovadoras y sus montajes creativos. Todos le recuerdan por sus vertiginosos zooms y sus barridos de panorámica a toda pastilla, que provocó mareos a la mitad de los españoles y, a la otra, espasmos epilépticos. En una entrevista, creo recordar, le preguntaron por el secreto para ser creativo y rompedor en televisión. Respondió tajante: no ver televisión.

Mutans mutandis, un consejo similar se podría dar a quien quisiera hoy rodar un tipo de cine que se salga de lo establecido y que aporte algo de originalidad. Precisamente lo que buscaba anoche al ponerme a ver Parásitos, la archiaclamada y premiadísima cinta coreana en los pasados Óscars. “Caray”, me dije, “muy rompedora debe ser para haber dado semejante campanazo”. Pero no. Me decepcionó. Más de lo mismo. ¿Iba con demasiadas expectavivas? Es posible. Hoy he vuelto hacia atrás para leer tres o cuatro críticas de amigos que la ponen por las nubes (aquí y aquí y aquí; no así Andrés, que se contiene en su valoración), para encontrar en qué me he equivocado y por qué no he visto lo que ellos vieron. El resultado es que me he reafirmado en mi impresión de que para hacer tanta crítica social de seres sin escrúpulos que parasitan hasta su propia destrucción a ricachones bobos no hacía falta ni contar una historia tan inverosímil y retorcida ni pedir al espectador un nivel de tragaderas superior a sus fuerzas.

Un auténtico cuento chino.

The One Pope

Lo primero que diría es que ésta no es una película de Lux Vide, la productora italiana especializada en cine religioso, sino de Netflix. O sea, que nadie se espere dos horas de hagiografías dulzonas. Lo segundo, que es una película desigual. Resulta evidente que Fernando Meirelles, el director de The Two Popes, ha buscado expresamente que el papa Francisco brille muy por encima del papa Benedicto, reducido al rol de secundario antagonista. Quizá hubiera sido más sincero titular su cinta “The One Pope”.

Más cosas. Se trata de una historia muy bien narrada y magníficamente rodada. Y no es poco mérito ya que cintas de este estilo fácilmente caen en el tostón infumable, pero para eso están guionistas como Anthony McCarten, que hila un relato trepidante a base de puro diálogo. Y también, por supuesto, dos actores de primer nivel que caracterizan fabulosamente a los papas, en especial Jonathan Pryce-Bergoglio.

El punto más controvertido tiene que ver con la confusión narrativa que surge de la mezcla de ficción, representaciones verídicas e imágenes de archivo. Como no se distinguen con claridad unas de otras, el pacto de lectura salta por los aires. Aquí hay un poco de trampa. Veamos. La película está inspirada en hechos reales pero un espectador poco puesto en la actualidad vaticana no tiene modo de distinguir si lo que está viendo es realidad, una representación verosímil o una pura invención. Fácilmente se creerá que Benedicto XVI es ese anciano rígido y cascarrabias que se nos muestra, desconectado de la realidad y —manda huevos— arrepentido de encubrir los abusos del Padre Marciel. ¡Si fue precisamente él quien los combatió! Este último punto es, sempre secondo me, el más cabreante, porque técnicamente se trata de una calumnia.

Es comprensible que muchos, llegados a este punto, se paren y rechacen de plano la película. Pero una vez salvado este escollo el director cambia de mirada y asistimos a la transformación de Benedicto XVI hacia un anciano humilde y comprensivo. Esto no deja de ser otra falacia —siempre fue humilde y comprensivo— pero la cuestión es que acabas con buen sabor de boca. Más allá de las caricaturas, el mensaje que se ofrece es el de la existencia de una gran sintonía entre los dos papas, que va in crescendo al final de la cinta. Aun partiendo de experiencias vitales muy diferentes y poseyendo personalidades antagónicas, a ambos les une el deseo de cumplir siempre la voluntad de Dios y, muy por encima del poder, el deseo de servir a la Iglesia y a los hombres de su tiempo. Esta idea me parece sumamente positiva y poderosa.

PS. He comenzado diciendo que The Two Popes va, sobre todo, del papa Francisco y he acabado escribiendo principalmente del papa Benedicto. Quizá no esté tan mal escogido el título…

Arte que golpea

Es probablemente uno de los arranques más memorables de cuantos se han escrito jamás: “No existe, realmente, el Arte. Tan solo hay artistas”. Nueve palabras y dos frases con las que Ernst H. Gombrich inicia su popular Historia del arte. Nueve palabras y dos frases con las que podría haberla terminado ahí mismo si no fuera porque, para llegar a comprender esa tesis, es necesario tomar a Gombrich de la mano y pasear con él las salas-capítulos que componen este larguísimo museo impreso.

Para Gombrich el Arte con a mayúscula no existe. Toda la finalidad de su libro es mostrar que esa palabra ha significado cosas muy diferentes según qué lugares y qué épocas. A fin de cuentas el arte no es algo que nos encontramos ya dado en la naturaleza, como los minerales brillantes, los mares infinitos o las cordilleras blancas, y si decimos que en ella se encierra cierto “arte” —por ejemplo, al referirnos a un bonito paisaje o a un animal majestuoso— lo es por referencia consciente o inconsciente a un Creador. Solo aquello que nace de la libre creación del hombre es susceptible de ser considerado como obra de arte. Y por eso no hay arte sino artistas. Además, resulta un concepto extremadamente amplio y complejo, cuyo reconocimiento depende tanto de factores objetivos como subjetivos, estos últimos tan cambiantes… Hasta el punto de que hoy no sabemos qué es arte y qué no. Únicamente concordamos en que debe darse, como a priori, la intención explícita por parte del artista de crearlo. ¿Basta solo con esto? ¿Puede darse el caso de que lo generemos, por así decirlo, sin darnos cuenta, de manera espontánea? “El arte es un inquieto mundo propio, con sus particulares y extrañas leyes, con sus aventuras propias. Nadie debe creer que lo sabe todo en él, porque nadie ha podido conseguir tal cosa”, dice Gombrich.

Estas preguntas me vienen a la cabeza a cuenta de la foto que encabeza esta entrada. Muestra una cerámica quebrada por el puñetazo de un cliente, en el baño para caballeros de un bar. En vez de repararla, el responsable de ese local decidió elevarla a la categoría de arte. Lo logró rodeando el azulejo roto con un marco y dándole un título: “Fragile Masculinity”. ¿Se trata de una salida humorística al estropicio de un cliente o de una genialidad? No lo sé. Quizá se trate de ambas cosas. El caso es que, en un instante, un sencillo marco y un título brillante son capaces de suscitar con fuerza todo un mundo de evocaciones, sentimientos y reflexiones, como este texto.

Es un gesto que devuelve el golpe recibido y que noquea al cliente iracundo y un poquitín a nosotros. Y eso tiene también su arte.

Joker

Joker. Poster alternativo de Ram Gore.

Tras ver la película Joker me viene a la mente aquello que el cantautor argentino Atahualpa Yupanqui decía de los Beatles: “Sus aciertos musicales no compensan el daño que causan”. Pues eso. Joker es una magnífica película en todos sus aspectos técnicos: actuación, fotografía, guión, rodaje, etc., etc., etc. Pero tramposa y maniquea.

Tramposa. Mezclar realidad con alucinaciones, como sucede con la relación de Joker con su vecina, lleva a dudar del film en su conjunto al no tener pistas para diferenciar unas situaciones de otras. ¿No será todo lo que se nos cuenta una enorme paranoia en la mente disfórica del protagonista?

Maniquea. Eso de que “yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así” que cantaba Jeanette no cuela. Tampoco que la única respuesta posible a la inverosímil cadena de desgracias que golpea al Joker en tan poco tiempo sea la violencia contra el “sistema”. Además molesta que el director te empuje a simpatizar con un degenerado y que te inocule el odio que le consume para que apruebes la violencia desatada, sin posibilitar otras salidas más dignas. Siempre existe un espacio para la libertad y para “ahogar el mal en abundancia de bien”. (Aquí algunos ejemplos).

Joker es una película que te invita a ser peor persona.