Silencioso

Hasta donde sé el evento no fue trending topic, ni ha saltado a las portadas de los grandes medios internacionales, ni tampoco ha suscitado una adhesión masiva ni la admiración global. La Bendición especial de ayer en la Plaza de San Pedro, la Urbi et Orbi con el Santísimo oficiada por el Papa, fue un acto solitario, íntimo y triste, envuelto en el silencio trémulo de la lluvia y solo roto por los graznidos de las gaviotas. Al mismo tiempo fue lo que tuvo que ser: una adoración desnuda de parafernalia, sin masas entusiastas, con el foco puesto en el único protagonista: Nuestro Señor bendiciéndonos a todos e irradiando su Gracia como una fuerza atómica, invisible pero poderosísima. Fue el estilo de Jesús: darse del todo sin ruido y sin espectáculo. Ese Calvary Style que vivimos en la huracanada Adoración de Cuatro Vientos y que se llevó todo lo accesorio y nos centró en lo único importante: adorar a Jesús.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

Las consecuencias de lo que vivimos anoche desde nuestros hogares, conectados en directo con el Vaticano, tardarán en notarse. Pero se notarán. Los efectos de esta explosión silenciosa y opaca —ese pufff sordo— de la Eucaristía bendiciendo a todos los hombres llegarán como brotes de un mundo nuevo que sucederá a este que agoniza en prime time. Y los notaremos en el momento en que aprendamos la lección: somos criaturas necesitadas de nuestro Padre Dios. No somos autosuficientes. Este mundo cómodo y hedonista, previsible, bajo control aparente, son bambalinas de una sociedad de cartón pluma que creada a medida de nuestra mediocridad.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

Muchas son las imágenes que han corrido de móvil en móvil de esa plaza de san Pedro inmensa, vacía y oscura. Pero si he de escoger una, me quedo con la de la custodia sobre el altar instalado en el hito que conmemora el Concilio Vaticano II, en el atrio de la basílica. Será por deformación profesional, pero me ha parecido un enormemente simbólico que el acto de adoración haya tenido lugar sobre el monumento que conmemora el concilio que puso a la Iglesia en diálogo con el mundo moderno. Un mundo que ahora muere ante nuestros ojos. O al menos eso parece.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

Amén. Gracias, santo Padre.

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