Nada nuevo bajo el sol

Ha caído en mis manos el libro “Diplomático en el Madrid rojo”. El tal diplomático es Félix Schlayer, cónsul de Noruega en Madrid, al que la Guerra Civil le sorprendió en la capital española y con su jefe, el embajador, ausente del país. De la noche a la mañana se vio al frente de la  Sus páginas testimonian la brutal violencia que se desató en la zona republicana al inicio de la contienda y profundiza en las causas que empujaron a esta guerra fratricida. Llevo leídas una pequeña parte de sus recuerdos, pero ya en la introducción me engancha una anécdota que me lleva a comprender, un poco más, en las razones de porqué la izquierda populista que gobierna ahora España tiene tantos adeptos.

Para empezar, narraré un corto episodio que, a modo de «flash», revela algo de la tradicional sabiduría vital de la mayor parte de pueblo español. Hace de esto treinta y cinco años [1905]. En un día caluroso llegaba yo a Sevilla, capital de Andalucía, en tren («tren botijo») a primeras horas de la tarde. Esta era, entonces, una ciudad de escasa circulación. La estación estaba fuera de la ciudad, como a un kilómetro de distancia. No se veía un vehículo, ni tampoco aparecía ningún mozo de cuerda. Me di una vuelta, buscando por los alrededores de la estación; tumbado a la sombra de un árbol, descubrí, tendido todo lo largo que era, en la acera, a un pacífico durmiente. La gorra que llevaba delataba su condición de mozo de equipajes, ahora le servía para protegerle la cara del sol. Le toqué con el pie; entonces, cargado de sueño, movió la «gorra de servicio» lo suficiente como para mirarme, con un ojo, por debajo de la misma. Impresionado por la falta manifiesta de impulso activo de aquel hombre, me decidí a tentar su ambición: «te doy tres pesetas si me llevas la maleta a la ciudad». Venía a ser esto el cuádruple de la tarifa corriente. Respuesta: «esta semana ya me he ganado dos pesetas; hoy no hago nada más». Una vez dicho esto, se volvió a tapar los ojos con la gorra y siguió durmiendo.
¿Cómo hacerse con un pueblo así, al que «no hacer nada» le parece más tentador, que el bienestar adquirido mediante el trabajo? Presentándole, como señuelo, el «vivir bien» emparejado con el «no hacer nada». Tal era la consigna tentadora con la que, con habilidad, el comunismo seducía a la masa inculta, carente hasta el presente de ambiciones y hecha ya a la mezquindad de su vida, empujándola a actuaciones fanáticas con un seguimiento ciego: «quitadles todo a los que lo tienen y así podréis ser tan gandules y vivir tan bien como ellos ahora».

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