Fin del mundo

Tendría su gracia que después de haber imaginado el fin del mundo, durante siglos, como una cadena consecutiva de terremotos, explosiones, tsunamis, tempestades desatadas, hambres feroces y ataques de seres monstruosos éste se produjera lentamente, poco a poco, por un virus microscópico, silencioso y tenaz. Que nos extinguiéranos a suaves barridos, como en un tramonto de la humanidad…

Si así ocurriera, Romano Guardini podría confirmar esa ironía tan propia de nuestro Señor en su modo de actuar…, un quiebro futbolístico genial, una rotura antológica de cintura a todos los hombres. Tras levantar un edificio imponente de progreso, tecnología, bienestar y seguridad, equipado para resistir a todas las fuerzas de la naturaleza en danza, a meteoritos e invasiones alienígenas, a guerras termonucleares de todo tipo carcomido en sus entrañas por un gusanillo miserable.

Y, cómo no, cuadraría con aquello del “no sabéis ni el día ni la hora”, precisamente por no haber sabido adivinar el “cómo”. Pero, claro, entonces ya lo habría adivinado alguien (yo) y, por tanto, tocaría volver a la casilla de salida… Coronavirus, coronavirus…

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