Estará ella

Lo que se ve es el hospital más famoso de Roma, el “Santo Spirito”. La historia de su fundación nos retrotrae hasta el año 727 cuando se inauguró un albergue —hoy diríamos “visitors center”— para atender los romeros que iban a rezar ante el apóstol san Pedro. En 1198 se convirtió propiamente en hospital y, en 1473, el papa Sixto IV ordenó construir el gran palazzo que hoy vemos, espacioso y agradable para los enfermos que acogería. Quizá porque la Iglesia era la gran fuerza asistencial no hace mucho tiempo, el edificio se asemeja a un templo por fuera, y lo mismo por dentro: una larguísima nave vitriada interrumpida a mitad por un campanario octogonal, lleno de estatuillas de santos y frescos con escenas religiosas. Debajo de él, en 1547, se instaló un órgano cuya música alcanzaba hasta las camas más extremas. Se creía, como de hecho está demostrado, que la música ejercía un influjo positivo sobre el espíritu humano, lo cual ayudaba a la recuperación del enfermo o, también, a preparar su alma a comparecer ante el Altísimo.

En aquel momento, el hospital estaba administrado por una de esas innumerables órdenes religiosas que han surgido y surgen aún en la Iglesia con el fin de atender enfermos, especialmente aquellos repudiados y carentes de medios. El santoral está repleto de campeones de la caridad, muchos de ellos muertos en el cuidado de los demás. Hoy, nuestro sistema europeo de seguridad social ha reemplazado en gran parte a la Iglesia en estas tareas, en parte porque el Estado la ha ido echando a escobazos apropiándose de sus hospitales. Pero la Iglesia continúa prestando este servicio, entre otras cosas, porque no puede dejar de hacerlo. Si algo tiene esta institución —guste o no— es que siempre la encuentras allá donde se la necesita, que suele ser donde nadie quiere ir. Tiene como un “defecto de fábrica” que la lleva a generar continuamente iniciativas de atención a los demás, de suscitar gente que se anima a recoger el guante de su Fundador, el cual dijo una cosa así como que había que amarse los unos a los otros como Él nos había amado.

Total, la imagen la tomé con el móvil el domingo pasado. Como este edificio ya no se usa como hospital sino como sala de congresos y eventos varios, los andamios que se ven me llevaron a pensar en broma que igual, por culpa de la crisis del coronavirus, se estaba acondicionando para volver a su función original. Porque, considerémoslo un momento, ¿qué ocurriría si colapsara nuestra fabulosa seguridad social? Es algo que algunos expertos alertan que ocurrirá, por la imposibilidad de tratar a todos los enfermos a causa de la rapidez con que se expande el bicho, que se lleva al 15% de los infectados a la UCI. Si esto sucediera, si el estado fuera incapaz de atender a sus ciudadanos, si la pandemia terminara por rebasarnos a todos como un tsunami feroz, ¿quién estará entonces ahí para cuidarnos? ¿Los políticos? ¿El Ibex 35? ¿Los medios de comunicación? ¿Los famosos con sus pancartas?

Pues eso.

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