Jiménez Lozano

Por pura casualidad la muerte de José Jiménez Lozano me ha pillado leyendo el que será uno de sus libros más desconocidos: Meditación española sobre la libertad religiosa. No pertenece a su producción literaria, la más aclamada, sino que se trata de una obra extraña y particularísima: un ensayo breve que escribió de sopetón, al final del Concilio Vaticano II, cuyas impresiones personales volcó en El Norte de Castilla que estaba dirigido entonces por Miguel Delibes. Vaya par. El libro es como un desahogo personal ante las dificultades que encontró en España la aprobación del decreto Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, y le da vueltas a la estrecha relación que hemos tenido los españoles con la defensa de la fe católica y a nuestro (antiguo) celo evangelizador.

Di con este ensayito por pura casualidad, sondeando bibliografía para la tesis. No sé si le daré mucho juego pero desde luego ofrece reflexiones muy jugosas, con las que se podrá estar o no de acuerdo, pero que no dejan indiferente. Recojo aquí algunas de las citas que he tomado:

“Desde la escuela llevamos bien metida en la cabeza y en el corazón la identificación de nuestra Patria con el catolicismo y un irreprimible orgullo de ser españoles y católicos, incluso de no poder ser otra cosa. La idea, en suma, de una especie de catolicismo biológico, así como la idea de la total fusión entre Iglesia y Estado”. (p. 59)

“Sin embargo, ¿cómo llegar de repente a la convicción y vividura [sic] de la libertad o del amor a los hebreos o a los protestantes, cuando faltan esa experiencia pacífica del pluralismo religioso e ideológico y esa convivencia directa y fraternal con el judío o el protestante de carne y hueso y sobra el terrible recuerdo de su viejo fantasma? Por eso es quizá demasiado lo que se pide a los católicos tradicionales españoles y solamente su gran amor a la Iglesia puede arrancarles la generosidad de la aceptación de lo que se les pide”. (p. 104)

“Es verdad que hoy no existe la Inquisición y a nadie se le va a encarcelar por representar el espíritu conciliar. Pero está esa otra Inquisición, no menos terrible, que coloca los nuevos sambenitos de los motes religioso-políticos, de manera que, para muchas mentes estrechas y gentes no avisadas, la etiqueta de católico conciliar partidario de la reforma litúrgica y el entendimiento con protestantes y judíos, o de la libertad religiosa y el Estado no confesional, por ejemplo, equivale a la condición de “católico progresista” en connivencia con todas las fuerzas del mal históricamente adversas a nuestra casta de “cristianos viejos” y a nuestra Patria. Terrible tribunal éste de la buena fe y la conciencia e inteligencia mal formadas que nos abrasa en la hoguera de la incomprensión”. (p. 109)

Algo en lo que pensar estos días de confinamiento forzoso.

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