Buzzati

El jueves terminé los Sesenta Relatos de Dino Buzzati. Y así como tengo claro qué cinco no me gustaron mucho (seguramente no los entendí) no sé, en cambio, cuál de los cincuenta y cinco restantes me ha entusiasmado más. Solo estoy seguro de que esos me atraparon, cada uno a su manera, por diferentes ángulos, y que me proporcionaron esa sensación tan rica de sorpresa continua, de no querer parar una vez iniciado uno, de burbujeo ansioso por leer otro, y otro, y otro… Ya hemos hablado por aquí de un par de ellos: El platillo se posó y La peste automovilística. ¡Se podría hablar tanto de los restantes!

¿Qué tienen los cuentos de Buzzati de especial? Yo diría que maneja una fórmula muy personal en la que vuelca una imaginación prodigiosa sobre unas historias siempre asombrosas. Eso por un lado, están armadas en torno a los eternos problemas de la existencia humana y el sentido de la vida, con grandes cargas de profundidad, dejándolas abiertas para que cada uno las continue en su cabeza y saque sus propias consecuencias. Por último, escribe con un lenguaje desnudo de todo ornato superficial, con un estilo directo y sencillo. La naturalidad con que fluyen de los diálogos de los personajes, por ejemplo, es asombrosa. Total, con cada cuento de Buzzati pasas un rato entretenidísimo, te regala un par de ideas para rumiar y todo en un plis plas, sin que te des cuenta, llevándote a volandas. ¿Qué más se puede pedir?

Un dato interesante, y que tiene mucho que ver con el estilo de su narrativa, es que Buzzati era periodista. De hecho, él siempre se consideró “plumilla” antes que literato y, como hombre inquieto, se sumergió con pasión en los grandes debates culturales y filosóficos del mundo que le tocó vivir. Aunque huía de etiquetas, se le sitúa cercano al surrealismo y al existencialismo. Su novela más conocida es El desierto de los tártaros, una historia un tanto opresiva y sin esperanza, escrita en sus años de juventud, y que revela a un Buzzati ateo y pesimista. Sus cuentos, escritos mucho más tarde, comparten con esa novela el gusto por lo onírico y lo fantasioso aunque Dios y la fe está presente trasfondo en muchas ocasiones, así como la necesidad de una trascendencia. ¿Fue un autor creyente o ateo? Es uno de los debates que aún fluctúan en torno al literato. Yo no tengo una respuesta, pero me costaría mucho trabajo afirmar que no creyese, no al menos en sus últimos años. Su biógrafa, Lucia Bellaspiga, recuerda cómo, a punto de morir, el 28 de enero de 1972, el último beso que el autor quiso dar en vida no fue para su esposa sino para un crucifijo. Un gesto elocuente, en cualquier caso.

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