Trabant

Tras leer la entrada de ayer, uno me habla del coche Trabant, fabricado en la Alemania comunista y, prácticamente, único modelo que podía uno comprar allá. Era un vehículo de bajo coste, dotado de un sencillo motor de dos cilindros y una carrocería “ecológica” —hoy se vendería así — a base de conglomerar cartón, fibras naturales y plástico. El coche es recordado hoy con simpatía y cierta nostalgia, como suele suceder con los recuerdos antiguos y los objetos del pasado, al evocar una vida más sencilla, quizá más alegre, pero a la que no volveríamos ni locos.

Y es que tampoco nos vamos a engañar: Con el tiempo a aquel coche —y aquí es adonde quiero llegar, el motivo por el que me hablaron de él— le pasaba algo similar a los vehículos del relato de Buzzati: la carrocería comenzaba a caerse a trozos, a descomponerse, a pudrirse. Y no por efecto de un virus sino por culpa de “ambiente” y sus bacterias que se la zampaban poquito a poco. Por otro lado, el coche fallaba más que una escopeta de feria por lo que, todo sumado, qué ironia, venía a resultar una metáfora rodante de aquel régimen comunista que lo fabricaba.

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