Kyrie eleison

El pasado jueves, tras estar en la iglesia nacional de los alemanes en Roma me acordé de Las Raíces históricas del Luteranismo de García Villoslada. Una de ellas fue el descontento general de los campesinos alemanes, que vivían en penuria frente al lujo y derroche de las clases superiores. A finales del siglo XV se había generado, por este motivo, un clima de sublevación, en ocasiones violento, muy violento. Proliferaron entonces las revueltas campesinas, acaudilladas generalmente por locos visionarios que prometían traer a los miserables labradores un distorsionado y contradictorio reino de Dios en la tierra, tan feliz como sangriento.

Una de las más conocidas sucedió en 1476, liderada por «el timbalero de Niklashausen», a quien el pueblo sencillo de Baviera reconoció como el profeta, apóstol y reformador que Alemania necesitaba. Era este joven un pastorcillo llamado Hans Bohm que tocaba el tamboril en las fiestas populares y tendía a los efluvios místicos y a dejarse engatusar por historias de santos anacoretas. Un día de marzo de 1476, de pronto, quemó su tamboril y el pequeño santuario de la aldea de Niklashausen, y siguiendo órdenes de la Virgen se puso a predicar el “verdadero” evangelio.

Adoptó un programa de reforma radical basado en la igualdad fraternal de todos, sin diferencia de clases sociales, de ricos y pobres, en el rechazo de toda autoridad (incluyendo al emperador y al papa), la supresión de diezmos y todo tipo de impuestos y poner a trabajar a los mandatarios para ganarse el jornal necesario para vivir. Por último, y como quizá le pareciera que su programa le faltara algo de sustancia, añadió a su proyecto el matar a todos los sacerdotes y repartir sus bienes entre la comunidad.

Quizá exista algo en el adn del pueblo germano que les lleva, en tiempo de desventuras, a lanzarse de modo irracional en brazos del primer visionario que les promete el oro y el moro. El caso es que entonces, como en 1933,  miles y miles corrieron fascinados a escuchar a aquel «jovencito santo», a quien le despojaban de sus vestidos para besarlas como reliquias. A las gentes de Baviera se añadieron multitudes de toda Alemania. Todos se llamaban entre sí hermanos y hermanas, y enarbolando banderas y entonando cánticos se agrupaban en torno al antiguo pastorcillo, que no siempre eran del todo piadosos:

Nos lamentamos ante el Dios del cielo,
Kyrie eleison,
de no poder dar muerte a todos los curas:
Kyrie eleison.

La revolución social terminó pronto. El obispo de Würzburgo mandó unos caballeros armados para tomar preso al loco visionario y encerrarlo en el castillo de Marienberg. Al enterarse del suceso, millares de fanáticos se concentraron ante la fortaleza donde estaba aprisionado su profeta, esperando a que sus muros cayeran como antiguamente los de Jericó. Esto, naturalmente, no llegó a suceder pero al menos los que no fueron dispersados por el ejercito del obispo pudieron ver cómo el joven timbalero de Niklashausen era quemado vivo.

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