Inescrutable

Ayer pasaba junto a la iglesia de santa María dell’Anima y me animé, valga la redundancia, a entrar para rezar un Rosario por los católicos alemanes, que andan bastante desnortados los pobres. Se da la circunstancia de que es la iglesia nacional de los alemanes en Roma, cosa que ya se nota nada más entrar pues no existe otro templo más reluciente y mejor conservado en toda la ciudad. Resulta evidente que quieren dejar alto el pabellón patrio manteniendo impoluta y brillante hasta la más recóndita voluta del capitel más inaccesible. También se nota que no andan faltos de dinero. En cualquier caso, es un sitio en el que da gusto entrar… y rezar. Las cosas como son.

Al terminar me he dado una vuelta y he reparado por primera vez que junto al altar, en un lateral del presbiterio, está enterrado el papa Adriano VI en un fabuloso mausoleo de Baldassarre Peruzzi. Muchos piensan erróneamente que todos los papas fallecidos se encuentran en el Vaticano, cuando la realidad es que los hay que ni tan siquiera reposan en Roma. Aquí, como digo, lo hace Adriano VI que era originario de los Países Bajos, donde nació Carlos V, emperador del sacro imperio germánico. Adriano VI había sido su tutor cuando era un chavalillo y Carlos le debió pillar mucho cariño y confianza pues, una vez coronado rey de España y siendo Adriano cardenal, lo nombró regente de Castilla.

Un día estaba en Vitoria preparando la defensa de Navarra de una posible invasión de Francia, cuando le llegó el aviso de que sus colegas cardenales le había elegido papa. Según cuentan, no tenía el menor interés en serlo —de hecho no fue al cónclave— ni le hizo la menor gracia la elección. Pero a lo hecho pecho y confiando en la ayuda de Dios se vino hasta acá dispuesto a hacer todas las reformas que necesitaba la Iglesia, que no eran pocas en aquel entonces (1522). Para empezar, impuso un régimen de vida austero y sobrio, lo que provocó no pocos sarpullidos en la curia, lo mismo que su “rara manía” de celebrar misa ¡todos los días! Como se ve, tenía mucho trabajo por delante, pero apenas pudo iniciarlo porque falleció al año de su pontificado.

Y yo me vuelvo a pasmar pensando en cómo de inescrutables son los caminos del Señor. Justo cuando aparece un fiel vicario suyo, bien dispuesto, piadoso y reformador; un papa alemán que podría haber resuelto el entuerto luterano en su primeros vahídos, va y decide llevárselo a su seno.

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