Madera de santo

San Jerónimo fue un Padre de la Iglesia con un coco y una capacidad de trabajo a la altura de su santidad: enormes. Entre otras cosas, le debemos la traducción de toda la Biblia del griego al latín, la llamada “Vulgata”, lo cual es de mucho admirar ya que debió invertir un empeño titánico, si consideramos que fue realizada por él solo y con los medios limitados del siglo IV. San Jerónimo, desde luego, no fue un tipo del montón y no dejó a nadie indiferente. Brilló con luz propia siendo uno de esos tipos extraordinarios, con un empuje fuera de lo común gracias, entre otras cosas, a la posesión de un carácter recio y decidido. Jerónimo fue tenido por muchos como alguien “especialito”, esto es, dotado de un temperamento para echar a comer aparte, por sus malas pulgas. La correspondencia que nos ha llegado muestra jugosos ejemplos de su facilidad para la explosión airosa, que vertía no con contra cualquier chisgarabís de turno sino hacia otros padres de la Iglesia tan venerables y santos e inteligentes como san Agustín, si bien éste última se tomaba con paciente comprensión las invectivas de Jerónimo.

Si no le tocabas las narices, era un hombre pacífico y bueno pero saltaba con facilidad al primer embiste. También hay que decir, en honor a la verdad, que el pobre sufrió bastantes decepciones y amarguras y que sobrellevaba mal las puñetas que le hicieron otros en vida. Por ejemplo, estando en Roma se ganó la antipatía del clero local que, la verdad sea dicha, dejaba muchísimo que desear por su vida y costumbres vergonzosas. San Jerónimo sufría con impaciencia el mal ejemplo que daban y desde su pequeño monasterio, ubicado sobre el lugar donde trabajo, denunciaba esta situación con furor —por palabra y por escrito— ante sus discípulas, como la viuda santa Paula, o bien ante el papa, a la sazón san Dámaso, que compartía la misma preocupación que san Jerónimo aunque con más serenidad.  

A san Jerónimo le perdían el sarcasmo y el estilo mordaz e irónico. Era impetuoso, explosivo, incontinente, y probablemente le faltó la compañía de algún secretario templado que le ayudara a rebajar la acidez de sus epístolas. Por ejemplo, a Onaso Segestano, un presbítero romano que no aprobaba las denuncias de Jerónimo contra el clero de Roma, le dirige una carta a través de su discípula Marcela, en la que le recuerda que él se limita a hacer como los buenos cirujanos, que no dudan en empuñar el bisturí, por muy dolorosa que resulte la operación, si la salud del enfermo lo requiere. A continuación le recuerda aquello de que quien se pica ajos come, por lo que le anima a hacérselo mirar si tan duras le parecen sus denuncias. “Me decido a cortar una nariz hedionda, y tiembla uno que sufre de paperas. Quiero criticas a una cornejilla parlera, y entiende la corneja que también ella está ronca (…), ¿qué tienes tú que ver con eso, tú que te consideras inocente?” Poquico a poco se le va calentando el ánimo — “Cualquier palabra que yo diga la consideras dicha contra ti (…). Ya puedo yo reírme de las larvas, de la lechuza, del búho, de los monstruos del Nilo: cualquier palabra que yo diga la consideras dicha contra ti”. Y se le contagia el tintero de la bilis ácida — “¿Es qué te crees guapo porque llevas nombre de buen agüero?”— hasta explotar: “Te voy a dar, sin embargo, un consejo sobre lo que tienes que esconder para parecer más guapo: que nadie vea tu nariz en tu cara y que jamás abras la boca para hablar; así podrás parecer hermoso y elocuente”. (40. A Marcela a propósito de Onaso, Epistolario).

Si en aquel tiempo su palabra fogosa le granjeó pocos amigos, también es verdad que sirvió para corregir abusos del momento, sentar doctrina sana y, aun sin desearlo, momentos memorables para quien se acerca a conocer su obra. En cualquier caso, poco tiempo estuvo en Roma y, en cuanto pudo, se volvió a Jerusalén para llevar una vida monacal y dedicarse a sus estudios bíblicos, que es lo que más deseaba en la vida. Por otro lado, qué consuelo más grande ver que los santos no han sido diferentes a nosotros y que también se vieron adornados de defectos patentes e innegables.

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