Separar

Muchos periodistas reclaman una estricta separación entre la dimensión empresarial de los medios para los que trabajan de lo que constituye propiamente el oficio periodístico. Es algo loable, desde luego. La tarea de servir a la sociedad proporcionando información útil y verdadera no debe estar supeditada por el rédito económico de la empresa editora. Redacción y Junta de accionistas responden, según afirman, a dos esferas diferentes que no deben inmiscuirse una en los asuntos de la otra.

El planteamiento es tan bonito y deseable como difícil de aplicar estrictamente. A fin de cuentas el periodista no solo trabaja para cambiar la sociedad y darnos un mundo mejor, sino también, no nos engañemos, para tener un sueldo con que pagar el traje que le cubre, la mansión que habita, el pan que le alimenta y el lecho donde yace. Claro está que tampoco es un mercenario que deba venderse al mejor postor. Pero el sentido común y la humildad de llamar al pan, pan y al vino, vino saben encontrar el punto de equilibrio para que la “cosa” tire.

Me pregunto si podríamos trasladar esta reflexión al ámbito especialmente espinoso en España de la separación Iglesia y Estado. Si sería posible que los mandatarios reconocieran que el Estado no puede ignorar la condición religiosa de sus ciudadanos ni el servicio que presta la Iglesia, desinteresadamente casi siempre, a la sociedad. Y, cómo no, para recordar asimismo a la jerarquía que fue el propio Cristo quien quiso dejarnos bien claro —precisamente ante un político, Pilatos— que su Reino no es de este mundo. 

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