Villa Livia

El Palazzo Massimo de Roma es una de las muchas sedes del Museo Nazionale Romano, dedicado al arte de los etruscos y del imperio. Ahí, en un espacio a medida, se exponen unos frescos del 30 a.C. —unos años más, unos años menos— traídos de la Villa de Livia Drusa, la tercera mujer del emperador Augusto.

Hasta ese lugar, situado al norte de Roma en la vía Flaminia, huía de la canícula veraniega de la ciudad la que fue la primera de las familias imperiales romanas. En 1863, y en el transcurso de unas excavaciones, se descubrió una estancia subterránea recubierta de estas pinturas. Reproducen un jardín exhuberante, con todo tipo de árboles y plantas que empiezan a agitarse por efecto de los primeros compases de una tempestad, cuya aproximación se intuye. Tanto entonces como ahora estos frescos sorprenden por su excelente conservación y por su asombroso realismo naturalístico. Los estudiosos del arte lo visitan maravillados por la calidad de las pinturas, la refinada técnica y la riqueza de su contenido: se han identificado 23 especies vegetales y 69 de aves. El Museo ha tenido el acierto de intentar recrear el ambiente que se respiraría en su ubicación original.

Como se ha dicho ya, estas pinturas se encontraban en un semisótano sin iluminación natural por lo que se piensa que decoraban una habitación de recreo, ideal para pasar las tardes de verano por su frescura. La representación de un espacio abierto y vegetal reforzaría el efecto. Pero además, clausurada como estaría a los oídos indiscretos, estimularía las confidencias de Augusto con su camarilla. Entre sus miembros se encontraría sin duda la misma Julia, una mujer fascinante por su inteligencia y su olfato político, cualidades que apreció mucho su marido, necesitado de afianzar su estrenada condición de emperador.

Por esto mismo, lo que más impresiona de esta sala, más allá de su valor artístico, es pensar en el número incontable de conversaciones decisivas para la república, primero, y para el imperio, después, que se habrá tenido a la sombra de esta arboleda pintada; qué secretos de estado se habrán perdido entre el susurrar de sus ramas, cuántas estrategias, condenas, decisiones de guerra, traiciones, dramas, esperanzas, celebraciones, alegrías, lloros e iras piarían las aves que revolotean por sus paredes y que, de alguna manera misteriosa, impregnan esos muros ya no hechos solo de yeso sino sobre todo de historia.

Impresiona, sobre todo, poner la mirada en los mismos detalles que vieron los ojos pensativos y conspiradores de Augusto, hace ya más de dos mil años. Y sentir el vértigo de imaginar que mientras ambos perdíamos la vista tras los pétalos de una flor naciente o en el picoteo de un pichón, uno proyectaba los pilares del mayor imperio habido jamás y otro, en cambio, solo lograba a pergeñar estas tontas reflexiones.

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