La grande bellezza

Ayer la vi bajar por via di Porta di San Pancrazio, detenerse alelada un instante y subir los peldaños de ladrillo de la grada junto al muro del Liceo Español como si fuera a hacer una travesura. La intención se le adivinaba de lejos, mucho antes incluso de que sacara el móvil y tomara una panorámica del tramonto romano desparramándose por la ciudad. Nada especial, desde luego. Un turista más de los miles que invaden de continuo Roma, sacando la enésima fotografía del día. Pero es que entonces vi también ese graffiti, precisamente ese graffiti, que señalaba lo que desde ese punto se contemplaba: la grande bellezza. Qué lástima que llegara tarde a capturar ese instante de máxima concentración que antecede al disparo tembloroso de una foto; a ese punto en el que la cámara, a golpe de ‘clic’, insuflaría —es un suponer— una pizca de grande bellezza en la memoria de un celular lleno —es otro suponer— de imágenes insípidas y banales. Y pensé que llegaría un momento —a lo mejor hoy mismo o dentro de unos días o de unos meses o de unos años— en que aquella señora repasaría las fotos de su móvil y que se pararía ante esa para rememorar, con añoranza y emoción, a esta Roma, excesiva y eterna.

Y qué curioso que ahora mismo, escribiendo estas líneas, piense que yo también —a lo mejor hoy mismo o dentro de unos días o de unos meses o de unos años— revisaré las fotos del teléfono y daré con la mía y recordaré a la señora, su móvil, el graffiti y la sorpresa que me produjo todo el conjunto. Y me acordaré también del tiempo tan valioso que se me fue pensando en estas cosas. Un tiempo que no volverá tras irse a ninguna parte en el torbellino de una novela imaginaria y disparatada en el que una anciana turista y un sinsorgo miran, dentro de un tiempo pero en el mismo instante, las fotos que tomaron una tarde soleada de febrero en el Trastévere. Y pensarán cada uno en el otro. Él, en la mujer junto al graffiti y, ella, en cómo la atención se le fue hacia un señor un poco gordito que, sin saber por qué, le retrataba un tanto sofocado cuando, insatisfecha, se disponía a borrar —hubiera sido un error mayúsculo— esta foto de grande bellezza que acababa de tomar.

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