14 días

Pocos sabrán qué fue aquella regla británica de los “14 días”. Estuvo vigente en Reino Unido muy poquito tiempo, desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1957. Se aprobó por acuerdo de los dos partidos abrumadoramente dominantes en Westminster (conservadores y laboristas) para impedir que la BBC informara de los asuntos que el Parlamento británico tuviera programado debatir en los próximos 14 días. La corporación protestó enérgicamente, como es natural. Pero el Primer Ministro Winston Churchill la defendió con vigor: “Sería indignante que los debates en la Cámara se vieran afectados, una y otra vez, por las opiniones de personas que no tienen el estatus o la responsabilidad de los diputados”.

Interesante reflexión. No hace falta decir que entonces, por lo general, los diputados eran personas de más categoría que los de ahora y que accedían al cargo mejor preparados. Pero como sucede como con todo hijo de vecino, la mucha preparación no vacuna absolutamente de la presión de la opinión pública. Y ésta, lo vemos hoy, es tan voluble como caprichosa y, a la vez, tan gritona como agresiva. Con la regla de los “14 días” se quería proteger los parlamentarios de votar contra el bien común general y a favor la moda del momento. O sea, de votar populismo. A su vez, se protegían así mismos de tener gobernantes gobernados por escrutadores sin escrúpulos de la opinión pública, tan volátil, caprichosa, gritona y agresiva. Se protegían, en definitiva, de los asesores políticos.

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