1956

Con vistas a una tesis en torno a la cobertura de la prensa española del Concilio Vaticano leo estos días cuanto puedo sobre la España y la Iglesia de mitad del siglo XX. Como muchos de los redactores enviados a Roma por la prensa española eran curas con dotes periodísticas, trato de hacerme cargo de su imaginario espiritual, cultural, humano, educativo, etcétera, etcétera. Sobre todo quiero saber cómo pensaban y con qué animo afrontaron el concilio. Es algo fundamental para interpretar correctamente los textos que leeré.

Ahora tengo en mis manos la mastodóntica obra de Gonzalo Redondo Política, cultura y sociedad en la España de Franco. 1939-1975, que dejó inconclusa pues la muerte le pilló a mitad de camino. Y es una pena porque los tres primeros tomos —de mil páginas cada uno, a gran formato y letra chiquitica—, son un capolavoro de fuentes, contexto e historia relatada. Redondo no se dejaba nada en el tintero. Ni daba punzada sin hilo. Pena que no incidiera en la interpretación de los acontecimientos porque era un agudo analista, tal y como pude comprobar en Pamplona cuando estudiaba periodismo,

Leo con especial atención lo que escribe en torno al año 1956, que en España estuvo marcado por los sucesos universitarios que llevaron a las primeras fisuras del régimen franquista. En ese momento “mis” curas estaban en el seminario, y sus amigos de instituto en la universidad. Resumiendo pronto y mal lo que pasó es que ante la prohibición de un homenaje póstumo a Ortega y Gasset —que acaba de fallecer en Madrid, tras volver de su exilio— hubo algunas protestas en la universidad madrileña.

Franco considero aquello como o una simple algarada juvenil promovida por unos pocos comunistas. Pero Redondo hace notar que evidenciaba algo mucho más profundo. La revuelta puso de manifiesto la desconexión de los jóvenes —entre los cuales se encontraban muchos seminaristas— con las ideas que fundaban la nueva España surgida del trauma de la Guerra Civil pues ésta empezaba a ser considerada como algo muy del pasado, que poco tenía que ver con ellos. La contienda fratricida “no les aplastaba como había hecho con sus predecesores en las aulas universitarias. Por eso mismo, no resultaba fácil entender en virtud de qué razón las opciones tomadas en la inmediata postguerra —que hasta podían admitirse como inevitables— debían seguir imperantes más de tres lustros después del final de la Guerra Civil; y, además, intentar el condicionamiento del futuro. En el mundo de la Universidad, la cuestión de Monarquía o República, al margen de las legítimas preferencias individuales, resultaba irrelevante. No así la decisión de contribuir a que la vida social descansara sobre la libertad y respeto para todos. “(…) Importaba el futuro. En él se desplegarían las vidas de los que, en 1956, se encontraban en la Universidad y en tantos otros lugares. Y se deseaba que fuera lo más justo y en libertad posible. A esa tarea todos estaban, en líneas generales, dispuestos a contribuir”.

Estas palabras me dan luz para entender algunas de las desconexiones emocionales que detecto en las nuevas generaciones de españoles, sobre todo hacia realidades dolorosas que he vivido en primera persona y que me evocan fuertes sentimientos. En concreto me ayuda a comprender que a los nuevos españoles no les diga absolutamente nada traumas como el terrorismo nacionalista de ETA, ya superado en su aspecto más violento. ETA, para ellos, les evoca lo mismo que para los de mi generación la Guerra Civil o, si se quiere ir más lejos, las guerras carlistas.

Entiendo que los jóvenes tienen derecho a construir el futuro del país sin lastres de un pasado del que no son responsables. Los hijos, a fin de cuentas, no deben cargar con los pecados de sus padres. Pero me preocupa que en la raíz de este desentenderse se encuentren las mentiras que distorsionan la realidad de lo que ocurrió y que se desvirtúe el dolor las víctimas del terrorismo y el heroísmo vertido. Sobre todo, y esto es lo importante, me inquieta que no aprendamos la lección de la historia.

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