¡Se stenten, coño!

“Traduttore, traditore”, dicen los italianos. “Traduttore, risatore”, digo yo abbastanza libremente, sobre todo cuando te topas con joyitas como esta nota de un área de servicio italiana. Es divertido comprobar cómo más allá de la errata (piénsese en el teniente coronel Tejero) el traductor logra plasmar con dos formas verbales —un imperativo contundente seguido de una forma impersonal— el fuerte carácter español. Solo le falta el taco final.

Traducir no es nada fácil. Un idioma es, sobre todo, la expresión de un modo colectivo de pensar y de entender el mundo. Primero somos como somos y, después, buscamos las palabras, los sonidos y las construcciones para expresarnos. Por algo decía Unamuno que “la sangre de mi espíritu es mi lengua” y por algo aprender un nuevo idioma es más bien asimilar una cultura nueva. De ahí que sea tan difícil para un adulto: más allá de las dificultades de educar la pronunciación o de memorizar vocabulario (que se dan, claro) lo que se requiere es una apertura de mente hacia otros modos de ser y una capacidad de absorción que se pierde con los años. Si no se está atento, el traductor fácilmente se convierte en traidor.

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