Crónicas terrícolas

Acabo de terminar Crónicas Marcianas, una novela que no va ni de extraterrestes, ni del espacio, ni de aventuras siderales sino de ese misterio universal e insondable que es el alma humana, con sus miserias y sus grandezas. Por eso es un clásico y por eso continúa editándose, aunque hayan quedado tan desfasadas sus descripciones del mundo exterior. Pero bueno, Ray Bradbury, el autor, era escritor y no profeta y no se le puede pedir que, en 1950 y apenas comenzaba la carrera espacial, atinara demasiado.

Pero ya digo: eso es lo de menos, porque éste no es un libro de ciencia ficción al uso sino una colección de relatos en torno a la colonización de Marte que conforman una gran denuncia de la sociedad norteamericana de 1950, del afán dominador del hombre, de su ambición tantas veces destructiva, del racismo, de la intolerancia… De modo que la conquista espacial que narra es solo una excusa para reflexionar sobre el rumbo de nuestra civilización y para hacer, ya hacia al final, un alegato en favor de una nueva humanidad.

Por lo demás, el libro está escrito de maravilla y ofrece numerosos extractos para enmarcar. Uno de ellos es precisamente el párrafo que concluye la última crónica, el de una familia —los padres y los nilos Timothy, Michael y Robert— que llega clandestinamente a Marte, huyendo de una terrible guerra nuclear que envuelve a toda la Tierra. El planeta rojo lleva un tiempo descolonizado forzosamente, precisamente por la necesidad de efectivos para la terrible contienda. Los padres quieren comenzar de nuevo la civilización en Marte, mientras los niños solo piensan en conocer a los marcianos (no saben que éstos fueron exterminados hace tiempo por un virus llevado desde la tierra). Este deseo de conocer a los marcianos se convierte en una obsesión omnipresente que sólo al final se verá satisfecha, marcando el inicio de una nueva era para el planeta y para la humanidad.

Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.
—Siempre quise ver un marciano —dijo Michael—. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
—Ahí están -dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.
Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.
Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s