Gallineros

Hará ya casi un mes que una noche, sin previo aviso, vino alguien del ayuntamiento con un carrete gigante de malla plástica naranja, cortó de ella un trozo y bloqueó el tráfico rodado en la calle donde vivo. Luego puso un farolillo de luz intermitente, recogió los bártulos y se fue sin dar explicaciones a nadie.

A la mañana siguiente los vecinos anduvimos atentos por si aparecía algún oficial o peón al que poder preguntar qué se iba a reparar (todo parecía en orden) y cuánto tiempo permanecería cortada la calle, que es bastante estrecha y da acceso a un par de garajes. Pero pasó ese día y no se presentó nadie. Luego pasó otro y luego otro, y otro, y otro… Al cabo de una semana, de noche y con total alevosía, un vecino desmontó el tinglado y lo arrojó contra una esquina. Desde entonces han corrido ya un buen puñado de días, nadie ha vuelto a montar la malla y seguimos sin saber por qué apareció.

Entre medias a tanta intriga, leo en el suplemento local del Corriere que Roma sufre una invasión de pollai o gallineros, que así es como llaman acá, en tono de guasa, a estas redes naranjas. Y la sufre porque al ayuntamiento se le acumulan los desperfectos urbanos, sin que sean reparados. La culpa, al parecer, es la burocracia. Al principio todo parece ir bien: el ciudadano llama para denunciar un bache en la acera, un árbol caído, o una cornisa que se resquebraja. Para curarse en salud, el ayuntamiento envía en seguida a un funcionario a precintar la zona y evitar que nadie, en caso de accidente, les denuncie por no haber advertido del peligro. El problema viene luego, cuando el siguiente paso —la reparación— choca contra una maquinaria municipal que hace complicadísimo determinar qué departamento debe responsabilizarse de los arreglos y qué organismo debe cargar con los gastos. De modo que los procesos se atascan, enmohecen y mueren.

El resultado es que Roma, poco a poco, se va cubriendo de estos lienzos de plástico naranja. Hay ya algunos que los identifican como un elemento más del paisaje urbano de esta ciudad milenaria, ajada, sucia, rota y, a pesar de todo, bella como ninguna otra.

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