Sigrid en Via Frattina

Hasta ayer desconocía que la escritora noruega Sigrid Undset, premio Nobel de Literatura en 1928, había vivido en Roma. Lo hizo en dos momentos diferentes. La primera entre 1909 y 1910 y, la segunda, entre 1912 y 1913. Y lo he sabido porque ayer, cuando me dirigía junto a un amigo hacia Villa Borghese, cruzando Via Frattina, me encontré por casualidad con una placa que señala il palazzo donde se alojó. Me ha hecho una ilusión especial pues dos de sus novelas —Cristina, hija de Lavrans y Olav Aundunssön— me impresionaron enormemente cuando las leí, hace un par de años. Por eso tomé la foto, tras esperar unos instantes a que la señora —que tanto se parece a Undset, por cierto, hasta el punto que podría tratarse de ella misma o de su fantasma—, se metiera dentro. Pero nada. Así queda mejor.

Luego, una vez en casa, intrigado, quise saber más de las estancias de Undset en Roma. La primera de ellas duró nueve meses, de diciembre de 1909 a septiembre de 1910, y fue posible gracias a una beca de estudios para conocer el arte italiano. Ella tenía 27 años y empezaba a hacer realidad su sueño de convertirse en escritora. Para lograrlo había recorrido un camino lleno de obstáculos, como renunciar a los estudios: la mala economía familiar —acababa de morir su padre— la obligó a trabajar desde los 16 años. También supe que en Roma conoció al pintor noruego Anders Castus Svarstad con el que se casó tres años más tarde, poco antes de volver, por segunda vez, a la capital italiana. Aquí nació el primer hijo de ambos (Anders ya había tenido otros tres de un anterior matrimonio fallido). Ya de vuelta en Noruega, vinieron dos hijos más, uno de ellos retrasado profundo. Ella siguió escribiendo mientras se ocupaba exclusivamente de los seis chiquillos porque Anders, mujeriego e inestable de carácter, se desentendió de ellos (y de ella). Otra espina fue aceptar el divorcio tras una década de sufriente convivencia.

Para entonces, estamos hablando de 1925, curtida por las asperezas de la vida, no temió las consecuencias dolorosas que le acarrearía su conversión al catolicismo, como fueron el desprecio y el ostracismo de sus conciudadanos noruegos. Lo curioso es que no despertera en Roma a la fe católica, sino en su Noruega natal, luterana y fría, tras una fuerte crisis de fe (¿mejor decir de ateísmo?) durante la I Guerra Mundial. Quizá fue así por aquello de Roma veduta, fede perduta. Como ella no tenía entonces fede alguna que perder, tampoco experimentó ninguna inquietud religiosa.

Lo que me parece interesante resaltar es que la vida de Undset no fue un camino de rosas. Las pasó, como se dice, canutas, siempre con mil contratiempos. Esto explicaría en buena medida de dónde procede el temple y la sólida personalidad de los personajes de sus novelas: solo tuvo que tomarla prestada del cajón de sus recuerdos y experiencias. Por alguna razón se dice aquello de que nadie da de lo que no tiene, ¿no? Pues eso.

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