Ay, Goya

A mí no se me habría ocurrido otro modo mejor de terminar: Tras despedirse y desear las buenas noches, los presentadores de la ceremonia, aparentemente vestidos con trajes de gala, dieron media vuelta y se retiraron mostrando al público sus traseras desnudas con sus panderos atanganados. El efecto provocó un estruendo de risas, aclamaciones y aplausos, lo cual vino a significar que el gesto —soez, chabacano, ordinario— estuvo a la altura de la sensibilidad de los presentes y, de paso, a la altura de esa España inculta y zafia que Goya denunció con sus caprichos y disparates. ¿Un homenaje involuntario al artista que da nombre a los premios de cine español? ¿Una ironía del destino?

En cualquier caso, lo dicho: un modo insuperable de cerrar un evento (¿cultural?) fácilmente superable y absolutamente prescindible.

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