Para qué sirven

Además de escribir novelones como El desierto de los tártaros, Dino Buzzati nos dejó varios cuentos fantásticos. Uno de ellos es especialmente fabuloso. Se titula “el platillo se posó” (aquí, en un blog de ovnis, he encontrado el original en italiano) y narra la llegada de unos extraterrestres a nuestro planeta y su encuentro con el párroco de una iglesia rural, sobre cuyo tejado han posado la nave para inspeccionar la cruz del campanario. El cura los sorprende en plena faena.

“Hace mucho que giramos alrededor de vosotros, que os observamos, que escuchamos vuestras radios, ya hemos aprendido casi todo”, le explica el marciano. “Cuando tú hablas, por ejemplo, yo te entiendo. Sólo hay una cosa que no hemos descifrado. Y precisamente por eso hemos bajado. ¿Qué son estas antenas? (y señalaba la cruz). Las tenéis por todas partes, en lo alto de las torres y de los campanarios, en las cimas de las montañas, y luego tenéis montones de ellas aquí y allá, rodeadas de muros, como en viveros. ¿Puedes decirme, oh humano, para qué sirven?”

Y entonces tiene lugar un diálogo maravilloso, conmovedor. Se le puede sacar tanta miga espiritual que sorprende que Buzzati se declarara un escritor ateo. Claro que hay que situarse en la Italia de los años sesenta —lugar y momento en que escribió el cuento— y en el clima cultural cristiano imperante, tan cargado de referencias religiosas y sobrenaturales…

Ahora, todo ese trasfondo cristiano va desapareciendo y, con él, las claves para entender y para disfrutar del arte multisecular que han generado los artistas de occidente. Artistas, por cierto, que no por declararse ateos —como Buzzati— dejaban de tener una mirada y un trasfondo cristianos por la educación recibida. ¡Quién sabe si no es precisamente esa educación la causa de que sus relatos penetren con tanta fuerza en el alma!

Por eso, aparte y ante todo de una desgracia espiritual, no conocer la doctrina cristiana es, y mucho, una desgracia intelectual y humana. No permitir que se conozca, una canallada.

Pobres nuevas generaciones. Me pregunto si sabrán que son esas “antenas” de nuestros campanarios y para qué “servirán”. Ellos, los nuevos marcianos.

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