Arte que golpea

Es probablemente uno de los arranques más memorables de cuantos se han escrito jamás: “No existe, realmente, el Arte. Tan solo hay artistas”. Nueve palabras y dos frases con las que Ernst H. Gombrich inicia su popular Historia del arte. Nueve palabras y dos frases con las que podría haberla terminado ahí mismo si no fuera porque, para llegar a comprender esa tesis, es necesario tomar a Gombrich de la mano y pasear con él las salas-capítulos que componen este larguísimo museo impreso.

Para Gombrich el Arte con a mayúscula no existe. Toda la finalidad de su libro es mostrar que esa palabra ha significado cosas muy diferentes según qué lugares y qué épocas. A fin de cuentas el arte no es algo que nos encontramos ya dado en la naturaleza, como los minerales brillantes, los mares infinitos o las cordilleras blancas, y si decimos que en ella se encierra cierto “arte” —por ejemplo, al referirnos a un bonito paisaje o a un animal majestuoso— lo es por referencia consciente o inconsciente a un Creador. Solo aquello que nace de la libre creación del hombre es susceptible de ser considerado como obra de arte. Y por eso no hay arte sino artistas. Además, resulta un concepto extremadamente amplio y complejo, cuyo reconocimiento depende tanto de factores objetivos como subjetivos, estos últimos tan cambiantes… Hasta el punto de que hoy no sabemos qué es arte y qué no. Únicamente concordamos en que debe darse, como a priori, la intención explícita por parte del artista de crearlo. ¿Basta solo con esto? ¿Puede darse el caso de que lo generemos, por así decirlo, sin darnos cuenta, de manera espontánea? “El arte es un inquieto mundo propio, con sus particulares y extrañas leyes, con sus aventuras propias. Nadie debe creer que lo sabe todo en él, porque nadie ha podido conseguir tal cosa”, dice Gombrich.

Estas preguntas me vienen a la cabeza a cuenta de la foto que encabeza esta entrada. Muestra una cerámica quebrada por el puñetazo de un cliente, en el baño para caballeros de un bar. En vez de repararla, el responsable de ese local decidió elevarla a la categoría de arte. Lo logró rodeando el azulejo roto con un marco y dándole un título: “Fragile Masculinity”. ¿Se trata de una salida humorística al estropicio de un cliente o de una genialidad? No lo sé. Quizá se trate de ambas cosas. El caso es que, en un instante, un sencillo marco y un título brillante son capaces de suscitar con fuerza todo un mundo de evocaciones, sentimientos y reflexiones, como este texto.

Es un gesto que devuelve el golpe recibido y que noquea al cliente iracundo y un poquitín a nosotros. Y eso tiene también su arte.

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