Ridículo gourmet

Qué sutil es la frontera que sitúa una idea entre la genialidad y el ridículo. El marketing moderno ofrece abundantes ejemplos de estas divisorias nacidas bajo el paraguas del “reinventarse o morir”.

Sucede, por ejemplo, con esa moda “revival” actual capaz, y vamos al caso que nos ocupa, de transformar algo tan rústico y popular (de pueblo-pueblo) como un polvorón en un manjar sofisticado y de lujo.

Un polvorón es lo que es: un dulce sin doblez ni engaño, empalagoso, seco, pobretón y poco refinado. Es un clásico de la repostería navideña de toda la vida, aunque luego se tome preferentemente tras las fiestas, cuando los estómagos andan menos empachados. No vamos a tirarlos a la basura y, curiosamente, apetecen más.

Quizás en un intento de perpetuar su consumo a lo largo del año, un gurú sacó al mercado los mantecados HOP, acrónimo anónimo de House Of Polvoron (que ya hay que ser cutre-hortera), les dio un envoltorio “minimal” y los promocionó con un reclamo tan audaz como petulante: “the way POLVORON should BE”. Me gustaría saber la opinión de los estepeños al respecto.

Como nadie haga algo terminaremos indigestándonos con “cosas” como Churros Factory, Torrezno’s Madness o The Fabada Experience. Tiempo al tiempo.

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