Sigue escribiendo

De no ser porque la muerte nos lo arrebató antes de tiempo, estoy convencido de que Jon, mi primo, hubiera llegado a ser un gran literato. Dotes no le faltaban, desde luego. Y a las pruebas me remito con el relato que muestro abajo, mi favorito. Hasta donde sé fueron solo unos poquitos los cuentos que llegó a escribir. Los mostraba con mucho pudor y expectación a su círculo más cercano, porque no quería sacarlos del horno antes de tiempo y no aprecieras así todo el sabor que quería imprimirles. Claro está que tampoco quería que se quemaran… Era tremendamente perfeccionista. Comprensiblemente perfeccionista. Y, al final, al igual que se hace con las tesis doctorales, no los terminaba y se conformaba con abandonarlos, aunque siempre a su punto.

A mí me causaban una gran admiración porque eran historias muy ingeniosas, con arranques explosivos y finales sorprendentes. Además, tenía un manejo proverbial del vocabulario; una habilidad que desarrolló bajo la sombra de su padre, un poeta en sus ratos libres (pocos pero fecundos). Jon ganó concursos e incluso alguno salió publicado, como el que muestro a continuación y que, como ya he dicho, es el que más me gusta.

Estos días en Pamplona, entre encuentros familiares, me ha venido a la cabeza su recuerdo. He pensado que sería bonito dedicarle este post para animarle a seguir escribiendo desde el cielo.

LA GRAMÁTICA CONSTRUYE MI REALIDAD

Si no hubiera aprendido a hacer análisis sintácticos, no sabría desmontar mis estados de ánimo y echaría la culpa de todo lo que me pasa al portero, al jefe o al Gobierno. Ahora, tras aprobar el bachillerato, ingresar en la Facultad de Filología y hacer un brillante doctorado en Lingüística, puedo afirmar con total precisión y en el más correcto castellano que me cago en la puta de oros, que siento que la vida se me escapa entre los dedos, que sólo he llegado a ser una caricatura de mí mismo, que me pesan y mucho las bolsas de los ojos. Y el mérito es sólo mío.

Acabo de emplear una enumeración, recurso expresivo que consiste en recapitular las razones o partes de un discurso. He apuntalado la enunciación con un periodo breve, de gran economía comunicativa. Siento molestarles con esta observación, pero no he podido evitarlo. Tampoco puedo evitar que mi vida sea un martirio, ni que lo sea por el hecho de que me paso el día traduciendo la realidad en sintagmas y sufriendo al escuchar los brutales anacolutos que mis familiares, personas poco gentilicias, perpetran en la mesa y en complementos circunstanciales semejantes.

La gramática construye mi realidad. Un muro categórico-lingüístico se erige infranqueable entre mi triste sujeto y el de quienes me rodean. Hoy he llegado a esa conclusión.
Estábamos comiendo, sentados a la mesa, como formando una oración yuxtapuesta. Todo marchaba bien. La miscelánea de frutas, con genitivo incluido, era un postre digno para un almuerzo digno.

Pero, al llegar la cuarta cucharada, cometí el error de levantar la vista del plato, y advertí que mi suegra, una mujer posesiva, que domina como pocos la forma verbal imperativa, que me trata como a una oración subordinada, que me fuerza a responder a sus monólogos con mis más sumisos monosílabos, dirigía hacia mí su nariz, esa falta ortográfica que le cruza la cara. Decidí romper el hielo:

– Superlativo. Este postre es superlativo. Merecería inscribirse, con caracteres mayúsculos, en la antología de la exquisitez culinaria. Es un prodigio de composición y parasíntesis.

– Jorge, eres un caso.

Mi mujer acababa de compararme con las variaciones flexionales que, en algunas lenguas, experimentan las palabras en virtud de la función que desempeñan en la oración. Al parecer, no compartía mi punto de vista.

– Querida, lamento que no te guste la miscelánea de frutas.

– Querrás decir macedonia. Ma-ce-do-nia. Jorge, desde luego, eres…

– Sí, ya lo sé: una variación flexional.

En ese momento, un colectivo de género femenino y número plural, susceptible de ser adjetivado con calificativos de polaridad negativa, empezaba a mofarse de mí. Eran mis sobrinas.

Mis sobrinas tienen la curiosa habilidad de intrigar continuamente aquí y allá, en todos los adverbios que cabe imaginar, pero siempre tan unidas como el más inseparable de los diptongos. Yo les hago poco caso (o, si se prefiere, escasa variación flexional). Al fin y al cabo, pertenecen a la familia de mi querida mujer, y ya se sabe que la familia de mi querida mujer es de extracción humilde, palatal, y que padecen una disfunción afásica que sólo les permite decir vulgarismos.

Por eso, en principio, lo que puedan opinar sobre mí es insignificante (esto es, su opinión -en terminología saussureana- no lleva asociada referente alguno), pero lo cierto es que me neutraliza, y me lleva a sentirme tan prescindible como la anotación al margen de algún copista al margen de algún monasterio marginal.

Habrán podido constatar que la vida me es adversativa. Que tengo un problema prepositivo: que la gente se ríe de mí, y no conmigo. Que, dadas las circunstancias, puedo ser considerado un sujeto pasivo. Que soy un hombre solitario, intransitivo. Que llevo una vida sin complementos, una existencia carente de semántica. Que es como si hubiesen decidido ponerme entre paréntesis (o entre incisos, que es peor, pues son más discretos pero también más afilados y dañinos). Que de mí no se predican más que barbarismos. Que se permiten excesivas licencias retóricas conmigo, y que me veo incapaz de contestar a los insultos que me atributan. Que estoy ocupado en analizar lo que me dicen, lo cual sólo es posible cuando he conseguido vertebrarlo con los signos de puntuación pertinentes, ardua labor que me obsesiona y que está provocando que poco a poco me vaya deprimiendo, que es gerundio. Y punto.

Jon Gutiérrez Dorronsoro (Madrid, 1999)
VVAA, “Arrójame a las llamas y otros relatos”, Ediciones Palabra, Madrid, 2001

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