Acabar bien el año

Tim Gautreaux es un escritor estadounidense de ascendencia francesa. Por su apellido, podría pasar por detective privado experto en crímenes raros. Y te lo parecería aún más si vieras una foto suya y te fijaras, ante todo, en su mirada punzante pero indefinida, como a punto de reír o llorar. Pero lo que le va a Gautreaux es contar historias. Contar historias extraordinarias. Y contarlas extraordinariamente bien, con un estilo a la altura de su abundante bigote blanco, tan llamativo precisamente por su perfecta simplicidad y contundencia, como un cepillo sin estrenar.

Con él he despedido, literalmente, el año 2019. Poco antes de que acabara, Pandi me pasó El mismo sitio, las mismas cosas, una colección de relatos breves que es el género que domina. “Tienes que leerlo”, me dijo, “es espectacular”. A alguien con quien has compartido horas y horas de lectura no se le dice que no. “Hoy mismo lo empiezo”, le contesté. Y por no faltar a mi palabra, aparqué un momento Muerte con pingüino de Andrei Kurkov (ya hablaremos de él otro día) y ya no pude parar hasta terminarlo, a pocos minutos de empezar el año nuevo.

Disfruté de su lectura tanto como con los Cuentos Completos de Flannery O’Connor. De hecho, las historias de Gautreaux tienen mucho en común con los de ella. Ambos son del sur de Estados Unidos, ambos comparten una cosmovisión católica de la existencia, y los dos construyen sus cuentos en torno a personajes sencillos, sufrientes, que tienen que responder ante fuertes dilemas morales que se presentan inesperadamente y que interpelan poderosamente al lector.

Con Gautreaux sucede exactamente aquello que decía O’Connor de las grandes novelas: “una buena pieza literaria lo es porque tras su lectura notamos que nos ha sucedido algo”. Y una de las cosas que suceden es que a uno le entran unas ganas terribles de leer más del autor y de ser capaz de escribir con tanta delicadeza, respeto y cariño por los personajes.

De los doce relatos que componen el libro, señalo tres que me han gustado especialmente. El primero es “Esperando las noticias de la tarde” en el que Jesse McNeil, un maquinista que conduce borracho un tren de productos químicos extremadamente peligrosos, sufre un calamitoso accidente y emprende un estrafalaria huida. El segundo es “Volver”, que habla de cómo un matrimonio sobrelleva la inesperada muerte de su único hijo, heredero de la granja familiar. Tiene un final precioso.

El tercero, para mí el mejor de los doce, es “El fumigador”. Cuenta un suceso en la vida de Felix Robichaux, el mejor “matabichos” de todo Lafayette (Luisiana), casado desde hace diez años con Clarisse. Se diría que son un matrimonio totalmente feliz de no ser por el hecho de que no pueden tener hijos, situación que les pesa enormemente.

Robichaux es un tipo sensible y delicado, que es lo último que te esperarías de alguien que se dedica profesionalmente a matar cucarachas. También es un gran profesional y cumple con su oficio de manera eficiente y discreta. Ambas cualidades le hacen ganarse el aprecio de los clientes. Mientras fumiga, Robichaux observa sus vidas, analiza sus problemas, les sonríe y, por su bondad —que él atribuye a su religiosidad católica—, se convierte en una especie de confidente para muchos de ellos.

Entre estos últimos se encuentra la señora Malone, una mujer viuda, un poco triste, de cierto nivel económico y que aún conserva la belleza que le condujo a ser Miss Luisiana. Robichaux siente una gran compasión por su soledad. Un día es contratado por un próspero abogado que acaba de mudarse a la ciudad, tras un divorcio. Robichaux le ve descolocado y piensa que haría buena pareja con la viuda Malone. Descubre entonces su dotes de celestino. La relación parece funcionar hasta que ella se queda embarazada y el abogado amenaza con abandonarla si no se deshace del niño.

Robichaux se entera de la situación porque ella se lo cuenta todo un día que acude a desinfectar su cocina. Y él, que se cuida mucho de no tomarse excesivas confianzas con sus clientes, caza la oportunidad al vuelo y plantea adoptar al niño a la señora Malone . Y no cuento más porque vale la pena leerlo cada uno por su cuenta.

Gautreaux, vaya campanazo de fin de año.

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