Excesiva

Gracias al Premio Roma, Anthony Doerr pudo disfrutar de un año sabático en la capital de Italia, junto a su mujer y sus dos hijos recién nacidos. El premio consistía en un año de alquiler gratuito de un pisito en el Janículo, sobre el barrio del Trastévere, y una mensualidad de 1.300 dólares. Se lo concedió la Academia Americana de las Artes y de las Letras con la condición de que no se dedicara a otra cosa más que a escribir lo que le viniera en gana. Non c’è male. El resultado fue una novela y Un año en Roma, donde narra cómo fue la experiencia.

Doerr se suma así a una lista larga —aunque no sé cuánto— de autores que han vivido en la capital italiana y escrito sus recuerdos. “No puedo afirmar haberme convertido, ni siquiera en el sentido más modesto, en romano. Y sin embargo no puedo reprimirme: un bolígrafo, un cuaderno, la necesidad de circunscribir la experiencia”, dirá al final. Es algo bien comprensible pues como dice él mismo en un momento dado, Roma es una ciudad “excesiva”. Yo no sabría definirla mejor, sinceramente. Esta urbe te sobrepasa en mil modos: te enamora y te cabrea, te sorprende y te harta, te inspira y te empalaga. Y todo al mismo tiempo, en una constante espiral. Si has vivido en Roma dividirás tu biografía en un antes y en un después. Es así.

Por eso también es comprensible que este tipo de libros gusten mucho a quienes vivimos aquí, por la curiosidad de comprobar en qué modo la mirada del autor coincide con la tuya. De saber, digamos, qué impresiones se llevó de las grandes basílicas, de los museos y dei palazzi y delle piazze, del arte omnipresente y de las ruinas grandiosas, de los aromas, de los artistas callejeros, del tramonto junto al Tíber o del sabor de la porchetta y las carciofi.

Pero también, cómo no, del ruido, de los continuos atascos de tráfico, de la suciedad omnipresente, de las gaviotas carroñeras, las calles de sampietrini traicioneros y de los grafitis callejeros. Porque Roma es probablemente la única ciudad del mundo donde la mugre y el caos juegan un papel protagonista, recordándonos que no es un simple museo histórico. Por derecho propio ella es la ciudad eterna, siempre viva, siempre esplendorosa, y siempre activa. Ergo, siempre sucia. Si alguna vez faltara esta suciedad, ¿seguiría Roma siendo Roma?

“Roma es preciosa, Roma es fea. Hay algo en esta ciudad que exacerba los contrastes, las incongruencias y las contradicciones, un enorme anuncio de Levi’s que ondea en la fachada de una iglesia de cuatrocientos años de antigüedad, un borracho dormido en el tranvía con zapatos de 300 dólares. Una mañana hace cuatro días vi a un hombre charlar cinco minutos con el panadero mientras subía a un Mercedes y arrancaba a ochenta kilómetros por hora. Como si no pudiera perder un solo segundo.
Ciao, ciao. Buongiorno, buongiorno. Entiendo menos acerca de Italia ahora de lo que entendía en noviembre. Igual entiendo menos acerca de Italia ahora de lo que entendía a los siete años, cuando coloreaba en un libro los contornos del Coliseo”.

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