Intensos

Días intensos estos del coronavirus.

De pronto lo que parecía una sospecha se convierte en una realidad. Y zasca. Y de qué manera…

No entraré a dejar aquí detalles. Solo oraciones. Bisogna pregare. Siempre. Tanto.

Silencioso

Hasta donde sé el evento no fue trending topic, ni ha saltado a las portadas de los grandes medios internacionales, ni tampoco ha suscitado una adhesión masiva ni la admiración global. La Bendición especial de ayer en la Plaza de San Pedro, la Urbi et Orbi con el Santísimo oficiada por el Papa, fue un acto solitario, íntimo y triste, envuelto en el silencio trémulo de la lluvia y solo roto por los graznidos de las gaviotas. Al mismo tiempo fue lo que tuvo que ser: una adoración desnuda de parafernalia, sin masas entusiastas, con el foco puesto en el único protagonista: Nuestro Señor bendiciéndonos a todos e irradiando su Gracia como una fuerza atómica, invisible pero poderosísima. Fue el estilo de Jesús: darse del todo sin ruido y sin espectáculo. Ese Calvary Style que vivimos en la huracanada Adoración de Cuatro Vientos y que se llevó todo lo accesorio y nos centró en lo único importante: adorar a Jesús.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.

Las consecuencias de lo que vivimos anoche desde nuestros hogares, conectados en directo con el Vaticano, tardarán en notarse. Pero se notarán. Los efectos de esta explosión silenciosa y opaca —ese pufff sordo— de la Eucaristía bendiciendo a todos los hombres llegarán como brotes de un mundo nuevo que sucederá a este que agoniza en prime time. Y los notaremos en el momento en que aprendamos la lección: somos criaturas necesitadas de nuestro Padre Dios. No somos autosuficientes. Este mundo cómodo y hedonista, previsible, bajo control aparente, son bambalinas de una sociedad de cartón pluma que creada a medida de nuestra mediocridad.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

Muchas son las imágenes que han corrido de móvil en móvil de esa plaza de san Pedro inmensa, vacía y oscura. Pero si he de escoger una, me quedo con la de la custodia sobre el altar instalado en el hito que conmemora el Concilio Vaticano II, en el atrio de la basílica. Será por deformación profesional, pero me ha parecido un enormemente simbólico que el acto de adoración haya tenido lugar sobre el monumento que conmemora el concilio que puso a la Iglesia en diálogo con el mundo moderno. Un mundo que ahora muere ante nuestros ojos. O al menos eso parece.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

Amén. Gracias, santo Padre.

Poca suerte

No estoy teniendo mucha suerte con mis lecturas de la cuarentena. No sé si es porque no he escogido bien los libros o porque la actualidad me tiene enervado, especialmente ahora que se pone en evidencia la ineptitud del Gobierno español. El caso es que no logro conectar con los libros. La crisis me pilló con todos ellos recién comenzados y quizá se me ha cerrado el “estómago” por culpa del trauma inicial: es retomar su lectura y asociarlos inmediatamente a nefastas sensaciones.

Los “desgraciados” son Historia de Roma de Indro Montanelli (totalmente atascado); Diplomático en el Madrid rojo (incapaz de digerir más traumas nacionales en estos momentos); Jonathan Strange y el Señor Norrell (me está resultando un ladrillaco tedioso, un Harry Potter para adultos aburridos); Tor, la montaña maldita (me lo vendieron como el A sangre fría del Truman Capote español y más bien es el a sangre (re)frita.

Les voy a dar veinticuatro horas más. Si no, a galeras a remar. Y a por otra cosa, mariposa.

Todo irá bien

Es uno de los mantras que más se repiten estos días de confinamiento: “Todo irá bien. Todo irá bien. Todo irá bien. Todo irá bien”. Nos lo dicen por activa y por pasiva por redes sociales, medios de comunicación y carteles con arcoiris y florecitas. “Todo irá bien. Todo irá bien. Todo irá bien. Todo irá bien”. A mí me cansa ya un poco el mensajito porque tiene un algo falso de fondo, de irreal, de que no va a ser así, de que no todo va ir bien…, que me tira para atrás de culo y cuesta abajo. ¿Cómo va a ir todo bien cuando en ese “todo” faltan ya 20.000 personas? ¿Cómo va a ir todo bien cuando se está destruyendo empleo a toda máquina, arruinando empresas, destrozando economías y enervando al personal?

Pero lo peor de todo es que no puedo estar más de acuerdo con la frasecita porque no puede ser más cierta en su esencia. “Todo irá bien”, efectivamente, porque todo confluye al bien de los que aman a Dios, o sea, que el Señor es el dueño del tiempo y de la historia y que resulta evidente que si Él permite esta prueba es porque saldrá algo bonísimo y grandioso. Y que todo irá bien porque es posible que volvamos a aprender que el dolor, la pobreza y la debilidad —nuestra miseria, en una palabra—, son nuestro mayor bien.

No pasarán…

Los italianos son propensos a incorporar neologismos extranjeros. En la adaptación cinematográfica de Il mio fratello rincorre i dinosauri, salen numerosas alusiones a movimientos estudiantiles adolescentes de izquierdas, saturados de tópicos tomados del Che Guevara —”¡Hasta la victoria!”, suelta uno de los protagonistas en un momento dado— y de la Guerra Civil española. Tras ver la peli (no merece una reseña) me acuerdo de este cartel visto en Nápoles las Navidades pasadas, cuando aún podíamos salir de casa.

Las corrientes de “izquierdas” tienen un don especial para generar marcas, iconos y eslóganes de éxito. Paradójicamente siguen las mismas técnicas con que la sociedad de consumo burguesa se promociona. De ahí que esos movimientos, supuestamente revolucionarios, sean solo simples promociones de logos y lemas a escala mundial que a nadie inquietan realmente; y que sus estrategias de marketing respondan a las de las grandes multinacionales como Coca-Cola, Nike o Apple.

Es algo efectivo y decepcionante al mismo tiempo. Pero considerado desde otro punto de vista tranquiliza mucho saber que idolillos como el Che Guevara hayan sido reducidos a una camiseta de diseño y que frasecillas del estilo “No pasaran” sean simples lemas para encabezar carteles que ganarían un concurso de diseño pero no la batalla de las ideas. Donde no hay mata no hay patata.

No. No pasarán.

Nada nuevo bajo el sol

Ha caído en mis manos el libro “Diplomático en el Madrid rojo”. El tal diplomático es Félix Schlayer, cónsul de Noruega en Madrid, al que la Guerra Civil le sorprendió en la capital española y con su jefe, el embajador, ausente del país. De la noche a la mañana se vio al frente de la  Sus páginas testimonian la brutal violencia que se desató en la zona republicana al inicio de la contienda y profundiza en las causas que empujaron a esta guerra fratricida. Llevo leídas una pequeña parte de sus recuerdos, pero ya en la introducción me engancha una anécdota que me lleva a comprender, un poco más, en las razones de porqué la izquierda populista que gobierna ahora España tiene tantos adeptos.

Para empezar, narraré un corto episodio que, a modo de «flash», revela algo de la tradicional sabiduría vital de la mayor parte de pueblo español. Hace de esto treinta y cinco años [1905]. En un día caluroso llegaba yo a Sevilla, capital de Andalucía, en tren («tren botijo») a primeras horas de la tarde. Esta era, entonces, una ciudad de escasa circulación. La estación estaba fuera de la ciudad, como a un kilómetro de distancia. No se veía un vehículo, ni tampoco aparecía ningún mozo de cuerda. Me di una vuelta, buscando por los alrededores de la estación; tumbado a la sombra de un árbol, descubrí, tendido todo lo largo que era, en la acera, a un pacífico durmiente. La gorra que llevaba delataba su condición de mozo de equipajes, ahora le servía para protegerle la cara del sol. Le toqué con el pie; entonces, cargado de sueño, movió la «gorra de servicio» lo suficiente como para mirarme, con un ojo, por debajo de la misma. Impresionado por la falta manifiesta de impulso activo de aquel hombre, me decidí a tentar su ambición: «te doy tres pesetas si me llevas la maleta a la ciudad». Venía a ser esto el cuádruple de la tarifa corriente. Respuesta: «esta semana ya me he ganado dos pesetas; hoy no hago nada más». Una vez dicho esto, se volvió a tapar los ojos con la gorra y siguió durmiendo.
¿Cómo hacerse con un pueblo así, al que «no hacer nada» le parece más tentador, que el bienestar adquirido mediante el trabajo? Presentándole, como señuelo, el «vivir bien» emparejado con el «no hacer nada». Tal era la consigna tentadora con la que, con habilidad, el comunismo seducía a la masa inculta, carente hasta el presente de ambiciones y hecha ya a la mezquindad de su vida, empujándola a actuaciones fanáticas con un seguimiento ciego: «quitadles todo a los que lo tienen y así podréis ser tan gandules y vivir tan bien como ellos ahora».

Puzzle

Justo a tiempo para la cuarentena llegó a mi casa un puzzle. Entre todos lo vamos ensamblando. Es muy divertido. Una pieza aquí. Otra allá. Esta en ese lado… No, un poco más allá. Eso es. Pero, en cambio, la achatada a la esquina inferior… No entra. ¿No? No. ¿Dónde, entonces? ¿Acá? Mmmm. Tampoco. A ver. Bueno… Mejor centrémonos en despachar primero las piezas de tonos neutros, la que conforman los fondos azules y naranjas. Son muchas. Si nos las quitamos de encima rapidito podremos centrarnos en esa mayoría de trazos ocres que conforman los girasoles.

La estrategia ha funcionado. Hemos podido avanzar mucho y somos conscientes de que es posible resolver el puzzle y, algo no menos importante, nos hemos llenado de optimismo para afrontar la parte mas dura, la más enmarañada, la que requerirá más atención, esfuerzo y sacrificio. Ahora podemos aislar unas piezas de otras, sabemos cómo clasificarlas y aplicar un plan de choque definitivo. No va a ser fácil, desde luego, pero, quién sabe, quizá ahora avanzamos más rápido. Quizá, en realidad, ya estamos saliendo de esta aunque no lo sepamos. Quizá, quizá hasta terminemos antes de tiempo y resulte que el puzzle nunca llegue a terminarse porque todos, por fin, volvemos a la calle, a la vida.

Ojalá que en este proceso a todos nos encajen de nuevo las piezas importantes.

It’s about oxytocin

Paul J. Zak es un neuroeconomista norteamericano que investiga las relaciones entre cerebro y economía. En concreto, le interesa saber qué mecanismos fisioneuronales determinan o intervienen en la actividad económica humana y social. En 2012 publicó un sorprendente ensayo titulado The Moral Molecule: The Source of Love and Prosperity, cuyas ideas sirven de punto de partida para el libro que ahora comentamos: Trust Factor. The Science of Creating High-Perfomance Companies.

Zak defiende que lo que nos distingue a los humanos de los animales es que somos los únicos que desarrollamos sentimientos morales. Los hombres vivimos obsesionados con la moral, con independencia de que tengamos o no fe en Dios. Partiendo de este axioma (cuya veracidad acepta sin necesidad de demostración) se pregunta como científico si esta “obsesión” tiene un fundamento biológico. Más en concreto le interesa descubrir si existe una química de la moralidad. Sus investigaciones, cuyos resultados aparecen diseminados a lo largo del libro que reseñamos, le llevan a concluir que sí, y que todo tiene que ver con la oxitocina, una hormona que se libera ante estímulos placenteros como, por ejemplo, dar abrazos, acariciar, o realizar acciones que nos hacen sentir bien. La liberación de la oxitocina en nuestra sangre hace que ganemos en confianza y que nos manifestemos más abiertos y amigables.

La conclusión que obtiene Zak es que la oxitocina es la sustancia que nos mueve a ser buenas personas, y no tanto unas ideas o creencias concretas. Es más, tal y como ha afirmado en otras ocasiones, el acto de rezar con confianza a Dios provoca la liberación de oxitocina en las personas de fe, lo cual les mueve a sentir placer en la oración y a realizar acciones audaces de generosidad y de entrega a los demás. Para este autor, somos seres morales porque segregamos oxitocina. Y, por el mismo motivo, somos inmorales porque carecemos de ella. La oxitocina es la sustancia que nos hace ser, simplemente, humanos.

Si se aplican estas conclusiones al campo de la empresa y de la economía nos encontramos con las tesis que Zak defiende en este libro: una empresa se predispone al éxito cuando todos los empleados gozan de buenos niveles de oxitocina. Por tanto, interesa mucho a los directivos el fomentar aquellos buenos hábitos empresariales que estimulen dicha hormona entre sus empleados, pues así estos tendrán más confianza, más empatía y más espíritu de cooperación, el negocio será más rentable y aumentarán los beneficios.

Zak, que sostiene “científicamente” todas estas aseveraciones, concluye que en aquellas empresas en las que se da un alto nivel de confianza, comparadas con las que tienen una confianza baja, sus empleados gozan de un 50% más de productividad, tienen un 106% más de energía, están un 76% más comprometidos y son más sociables con otros empleados en un 66%. Además, sufren de menos estrés en un 74% y trabajan con más alegría en un 36%. Estos resultados sumados a los conocimientos de los procesos hormonales derivados de la liberación de oxitocina muestran que fomentar la confianza puede resultar verdaderamente rentable, tanto para las personas que lideran equipos, como para los miembros de los equipos y para las empresas en términos de productividad y eficacia.

Todas estas mamarrachadas las he tenido que leer para preparar una reseña que me han pedido… Madre mía: dedicar toda una vida profesional e invertir tantas energías y dinero en investigaciones tan, tan, tan… ¿Qué podría decir? Mejor ya se lo dicen sus colegas neurocientíficos.

Hay gente para todo.

Otro pintor

Antes de que se nos cayera encima el bicho y nos encerrara a todos en nuestras casas, tenía pensado ir a visitar la capella Bombasi, en la iglesia de santa Caterina dei Funari, para ver de cerca el cuadro que preside el altar de esa capilla, que es una representación de santa Margarita pintada por Anibale Carracci. El interés se debe a que me dejó muy pillado una anécdota atribuida a Caravaggio, cuyo primer maestro, Francesco Albani, le dijo que si quería aprender a pintar de verdad debía visitar esa pintura sí o sí. En cuanto llegó a Roma, procedente de su Milán natal, se dirigió a la iglesia en la que se encuentra el cuadro, entro directo a la capilla Bombasi y, mirando el lienzo, exclamó una de sus famosas frases cargadas de modestia y humildad: “Me alegra que en mi tiempo haya al menos otro pintor”.

La primera iglesia en cerrar en Roma fue la de san Luis de los franceses, días antes de que el virus estallara. Ahí, en una capilla, se encuentran tres de las obras más impresionantes de Caravaggio. Otras tantas se encuentran en otras iglesias romanas. Ojalá pase pronto esta pesadilla.